domingo, 9 de diciembre de 2007

Descubriendo a América y al poder de nombrar

“Formó, pues, Jehová Dios de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y trájolas á Adam, para que viese cómo les había de llamar; y todo lo que Adam llamó á los animales vivientes, ese es su nombre.” (La Biblia, Capítulo 2, Versículo 19).

El pasaje bíblico aquí citado no lleva el fin de proponer una interpretación religiosa a la dinámica de la historia. Su propósito es ilustrar salvando, por supuesto, las distancias, que la nominación es una forma de poder ejercido por quien lo nombra o nomina. “Nominar”, palabra tan utilizada para fines de proponer a alguien para una candidatura, significa en su primera acepción “Dar nombre a alguien o algo.” Es el equivalente de “nombrar”, palabra que también es mas bien utilizada para referirse al acto de designar o asignar a una persona para un puesto o encomendarle una responsabilidad.

Y es que cuando le asignamos un nombre a alguien, una cosa, o a un acto, en efecto estamos ejerciendo o tratando de ejercer un poder sobre ese alguien, cosa o acto. Porque con la nominación le estamos asignando unas características inherentes a la cosa nombrada, que pueden ser positivas o negativas, sin que necesariamente lo nombrado sea en verdad lo que su nombre asignado sugiere o establece. Por lo tanto, no se trata solamente de tener el poder de nombrar algo, como Dios se lo confirió a Adam, sino que el nombrar algo conlleva, en efecto, ejercer poder sobre lo que se nombra.

El llamado “Descubrimiento de América”, que sirve de marco a esta columna, es ejemplo elocuente del poder de nominar. Al llamarle un “descubrimiento” al acto de arribar las tres carabelas al mando de Cristóbal Colón, en efecto los europeos le asociaron a estas tierras americanas una imagen de algo que estaba “perdido”, desde su punto de vista como centro del mundo y del conocimiento. No es en balde que, al acercarse el 500 aniversario del suceso, surgieron reacciones alternativas o contestatarias que condujesen a la más “políticamente correcta” frase de “El encuentro de dos mundos”, con la imagen de igualdad que ello sugiere.

El nombre “América”, por supuesto, no escapa a esta dinámica de asignarle un nombre de origen europeo (Américo Vespucio) a unas tierras que no lo eran, a despecho de la o las nominaciones que los pueblos indígenas (nótese de nuevo la nominación de “indios”) de la llamada “América” le hubiesen asignado a las tierras por ellos habitadas. Al nombrarlas “América”, se sugiere una sensación de propiedad, pues el sentido común nos dice que sólo nombramos las cosas que están bajo nuestro cuidado o responsabilidad, como a nuestros hijos o a nuestras mascotas. Pero hay más.

Cuando pensamos en un “americano”, no nos viene a la mente un uruguayo, un panameño, un haitiano, o tan siguiera un puertorriqueño. En lo que pensamos de inmediato es en un habitante y ciudadano de los Estados Unidos de América. El resto de los habitantes del también llamado “Nuevo mundo” hemos pasado a ser o “suramericanos” o “latinoamericanos” o “caribeños”, pero no “americanos”.

¿Y esto a qué se debe? Nuevamente, amigo lector, al ejercicio del poder en su vertiente de nominación. Los Estados Unidos han sido una potencia dominante por décadas en el mundo en general, y en América en particular. ¿Y qué forma más elocuente de exhibir el poder que nombrarse a sí mismos como “América”? Dado que no existe un gentilicio en inglés para autodenominarse (¿“united stateians”?), los estadounidenses (el gentilicio sí existe en español) se nombraron a sí mismos “americanos”. A su vez, y según ellos, nosotros (los no “americanos”) pasamos a ser “suramericanos” o “latinoamericanos”. En efecto, una “subdivisión americana”, un segundo plano, con el grado de inferioridad que ello conlleva.

Por ende, el nombrar algo, o alguien, es crear una mística o un paradigma sobre lo nombrado. Es asignarle una carga o un papel que predetermina la forma en que lo veremos, nuevamente bajo una luz positiva o una negativa. Esto no se limita a los nombres propiamente, sino que puede apreciarse además en palabras que se le asignan a una persona, un grupo o un movimiento político. El tiempo también juega su papel. Hace ya décadas atrás, por ejemplo, nombrar a una persona “comunista” le significaba al nombrado vivir bajo la sombra de la sospecha y la represión. Hoy en día, carece de la connotación de hostilidad que la palabra “terrorista” posee.
En fin, el “Descubrimiento de América” que año tras año conmemoramos nos viene nombrado de forma positiva, con la promesa de algo nuevo y desconocido: una frontera por traspasar. Al menos, eso pensaron los europeos cuando arribaron a estas tierras. Para los habitantes originales de la América que todos vivimos, el nombre muy probablemente habría sido otro, y ciertamente no sería muy festivo que digamos ni mucho menos motivo de celebración. Pero como en los ámbitos del poder, el nombre hace a la cosa, es la visión positiva europea la que impone su criterio valorativo para la conmemoración.

¿Y qué con Puerto Rico? Eso lo veremos en una próxima ocasión.

No hay comentarios: