martes, 25 de diciembre de 2007

El Tratado de París de 1898

La relación colonial entre los Estados Unidos y Puerto Rico está predicada sobre varias bases, originadas en el cambio de soberanía mediante el cual nuestro País pasó de manos españolas a estadounidenses, tras la llamada Guerra Hispanoamericana de 1898. Éstas son: el Tratado de París de 1898, la llamada Cláusula Territorial de la Constitución de los Estados Unidos, y los llamados Casos Insulares, que son una serie de decisiones del Tribunal Supremo de los Estados Unidos que van de 1901 a 1922. En esta primera columna, intentaré explicar en términos prácticos qué consecuencias tuvo cada uno de esos eventos en la formación de la relación entre los Estados Unidos y Puerto Rico, y cómo los mismos se manifiestan hoy en día. Por orden cronológico, debemos comenzar por el Tratado de París.

La guerra de 1898 dio paso a las negociaciones entre los representantes de España y los Estados Unidos para la firma de un armisticio, a partir del 1ro de octubre de ese mismo año, en la ciudad de París. El contenido de las negociaciones que condujeron al tratado, aparecen recogidas en una compilación llamada “Documentos presentados a las Cortes en la legislatura de 1898 por el Ministerio de Estado, (Conferencia de París y tratado de paz de 10 de diciembre de 1898)”, comúnmente conocida como el “Libro Rojo”. Gracias a esa valiosa compilación, podemos retroceder en tiempo y espacio hasta el París de 1898, para presenciar las negociaciones que condujeron al cambio de la soberanía sobre Puerto Rico, a manos de los Estados Unidos.

Las negociaciones para la paz en 1898 no resultaron menos escabrosas para España que la guerra misma. Derrotada decisivamente y en evidente inferioridad militar ante la potencia que ya eran los Estados Unidos, los delegados españoles efectuaron continuos esfuerzos por frenar el apetito territorial estadounidense por las últimas posesiones del imperio español. En el caso de Cuba, para la cual los Estados Unidos había prometido su independencia, la preocupación de España radicaba mas bien en garantizar el bienestar de los grandes intereses económicos propiedad de españoles. De hecho, España le hizo saber a los Estados Unidos que prefería que éstos se anexaran a Cuba “porque mejor garantiza la seguridad de vidas y haciendas de los españoles allí establecidos o fincados.” Ambos países coincidían “en cuanto a la incapacidad natural de aquella sociedad para constituir un Estado político independiente.” Pero contrario a las preferencias españolas con respecto al destino para Cuba, los Estados Unidos descartaron renegar de su promesa de independencia, si bien su Secretario de Estado William Day afirmó con respecto a Cuba “reconocer el hecho de que dada la precaria condición de la isla, ayuda y tutelaje serán necesarios, y estamos dispuestos a dárselos”.

Puerto Rico era otro cantar. Alegando que “él no podía ignorar las pérdidas y gastos incurridos por los Estados Unidos durante la guerra ni los reclamos de nuestros ciudadanos por los daños sufridos en sus personas y propiedades”, el Presidente estadounidense William McKinley “pidió” la cesión de Puerto Rico. España se propuso defender su soberanía sobre nuestro País. Ofreció la sustitución de Puerto Rico por otros territorios como compensación, dado que nuestro País poseía “un precio de afección especialísimo” para España. A manera de respuesta, los estadounidenses minimizaron el valor de los territorios conquistados. Afirmaron que “Puerto Rico, Guam y las Filipinas ocasionaron pérdidas, así como beneficios, y consideradas simplemente como indemnización, están muy lejos de compensar a los Estados Unidos, del mero coste de la guerra”. A España no le quedó otro remedio que ceder a Puerto Rico como botín de guerra.

El trámite de ceder a Puerto Rico provocó uno de los tranques más serios entre los negociadores del tratado. Por un lado, los estadounidenses se referían meramente en sus propuestas a la cesión de la Isla de Puerto Rico. Por el otro, los españoles insistían en que la cesión requería no sólo considerar el territorio, sino también a los habitantes de Puerto Rico. La inserción del tema de los habitantes de Puerto Rico provocó uno de los choques más serios entre los negociadores, particularmente en lo relacionado a la ciudadanía que detentarían dichos habitantes. Estas diferencias hicieron crisis el 9 de diciembre de 1898, cuando los negociadores españoles presentaron su protesta contra la pretensión estadounidense de no reconocerle a los habitantes de Puerto Rico el derecho a retener su ciudadanía española.

Los estadounidenses replicaron que los residentes de Puerto Rico nacidos en España, tendrían un año para escoger su ciudadanía, pero que los “naturales” de la Isla no tendrían esa opción. “Su condición y sus derechos civiles”, afirmaron, “se reservan al Congreso, quien hará las leyes para gobernar los territorios cedidos”. Fue así como el 10 de diciembre de 1898 los representantes de ambos países suscribieron el Tratado de París, disponiendo en la última oración del Artículo IX de ese tratado que “los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos a los Estados Unidos se determinarán por el Congreso”.

En esa frase lapidaria, amigo lector, está la raíz de la relación colonial de más de un siglo entre Puerto Rico y los Estados Unidos. Téngala en mente, para ahora, y para el futuro. El Tratado de París continúa vigente.

2 comentarios:

Germanicus Iulius Caesar dijo...

España deberia dar las mismas posibilidades de conseguir su ciudadania a los puertorriqueñps que se dan a los sefarditas. En muchos aspectos continua una intensa conexión entre los boricuas y los peninsulares. Nos iria mejor la economia con la nacionalidad española y de las Comunidades Europeas que con la USA su ley de cabotaje y demas limitaciones..

Victor Fernandez-Ardois dijo...

Reconsidere, señor Germanicus a la luz de los reciente eventos en la UE y la precaria situación de España: Económica y Política.