domingo, 9 de diciembre de 2007

“Porto Rico” y la americanización

En mi columna anterior, traje a la atención de los lectores cómo el nombrar o nominar a una cosa, una persona o a toda una nación, conlleva el ejercicio de, o al menos el intento de ejercer, un dominio o control sobre el o lo que ese nombrado o nominado. Aludí además a que tocaría el caso de Puerto Rico en un trabajo futuro, a los fines de discutir cómo nuestro país no ha escapado de este tipo de dominio y cómo en tiempos recientes ha respondido a ello.

Llamada Borikén por sus habitantes originales, los indios taínos, nuestra tierra fue conocida al momento del inicio de la conquista y colonización española como la Isla de San Juan Bautista. Sería con el correr de los años que el País sería conocido como Puerto Rico, conservando nuestra ciudad capital el nombre de San Juan. Esta es historia, he de suponer, más o menos conocida por el público en general. Ahora bien, ¿sabía usted que a nuestro País se le conoció además, al menos ante los ojos de los Estados Unidos y de algunos puertorriqueños, como “Porto Rico”, y que tal fue el “nombre oficial” de nuestro país por más de 30 años?

Efectivamente, uno de los cambios que trajo la Ley Orgánica Foraker de 1900, en su versión oficial en inglés, lo fue la adopción del nombre “Porto Rico” para referirse a nuestro País tras el cambio de soberanía. La Ley Foraker no sólo había oficializado el cambio de nombre, sino que además creó la figura del Comisionado de Educación, el cual era nombrado directamente por el Presidente de los Estados Unidos. Con ello, se dio inicio a un proceso que se conoce históricamente como la “americanización”, que no era otra cosa que la introducción forzosa de los puertorriqueños a los valores y puntos de vista de los Estados Unidos. Gracias a los esfuerzos de historiadores tales como Aida Negrón de Montilla y Olga Jiménez de Wagenheim, hoy podemos contar y rememorar esta etapa de nuestra fascinante historia.

A partir de la aprobación de la Ley Foraker, el idioma inglés fue exigido crecientemente como vehículo principal, cuando no exclusivo, de la enseñanza. Las escuelas fueron nombradas en honor de próceres norteamericanos y los días feriados ya no eran a la usanza del Día de Reyes, sino a la del 4 de julio y el natalicio de George Washington, a los fines de estimular la lealtad que nos haría un cien por ciento estadounidenses. Los “estímulos” al profesorado iban desde el meramente monetario, hasta la amenaza de quedar sin empleo. A los estudiantes se les alentaba o instruía a estudiar en los Estados Unidos, cartearse con estudiantes puertorriqueños que estudiaban allá, y, en pleno apogeo de este proceso de americanización en 1916, a hablar en inglés aún fuera del salón de clases.

Este esfuerzo de asimilación habría de confrontarse con un fenómeno de resistencia popular, en ocasiones sutil, en otras manifiesto, contra la enseñanza forzosa en inglés. Uno de los indicadores más evidentes de ello se encuentra en las sucesivamente más draconianas medidas adoptadas por los comisionados de Educación durante los primeros treinta años de predominio norteamericano, para inculcar en las generaciones jóvenes el uso del idioma inglés y la lealtad a los símbolos institucionales estadounidenses. Diversos sectores liberales de la prensa puertorriqueña, como por ejemplo el periódico “La Democracia”, encabezaron pronunciamientos editoriales contra la política oficial de americanización. Existían quejas de parte de los propios administradores educativos norteamericanos sobre la escasez de profesores y la falta de disposición de los estudiantes a practicar el inglés fuera del salón de clases. Ya para el año 1907, el entonces Comisionado Edwing G. Dexter reconocía la inutilidad de esperar la asistencia del alumnado en el Día de Reyes. Un periódico, llamado apropiadamente “Porto Rico Progress”, llegó a proponer en marzo de 1915, el uso de la violencia como método para forzar la americanización del País, en reacción a las “huelgas escolares” que se suscitaban, en protesta por los métodos coercitivos empleados por los comisionados de Educación que sucedieron a Mr. Dexter en esa jefatura.
Sin embargo, reza un sabio refrán que “no hay peor cuña que la del mismo palo”. Manifestando que “nuestras escuelas son agencias de americanismo,” y que las mismas “[d]eben inculcar el espíritu de América en el corazón de nuestros niños[,]” Juan B. Huyke ocupó en 1921 el cargo de Comisionado de Educación, siendo el primer puertorriqueño en ocupar dicha posición. Contrario a lo que cabría pensar, bajo la incumbencia de Huyke se inició la más enérgica campaña en el esfuerzo por americanizar al País. Memorandos instruyendo a que se hablase en inglés en público; advertencias de despido a maestros que no impartieran sus clases en inglés; el uso obligatorio de textos y publicaciones en ese idioma; el requerir el uso de una pequeña bandera norteamericana en la solapa de la ropa por los maestros, tales fueron algunas de las medidas implantadas por el Comisionado, entre 1921 y 1930.
Menos de dos años más tarde, en mayo de 1932, los Estados Unidos le “devolvieron” a nuestro País el nombre por el que desde hace siglos lo conocemos: Puerto Rico. Qué eventos llevaron a este resultado, muestra indiscutible del fracaso de la política de americanización impulsada por los Estados Unidos, los exploraremos en nuestra próxima columna.

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