jueves, 6 de diciembre de 2007

Yo soy boricua (y por eso escribo)

Como parte de mis estudios a nivel de escuela elemental, recuerdo que una de las lecciones que recibí giraba en torno al origen del nombre del pueblo donde nací: Aibonito. Me enseñaron entonces que, de acuerdo a una “leyenda”, el nombre se debía a un soldado español que – en algún momento entre los siglos 18 y 19 – escaló la meseta donde eventualmente se fundaría el pueblo y, extasiado por la belleza del paisaje, exclamo: “ay, que bonito”. No miento.

Años después – ya con mi adultez a cuestas y la inocencia extraviada – me percaté que esa “leyenda” no podía ser otra cosa que eso mismo. No me tomó mucho más tiempo percatarme que el nombre taíno “Jatibonuco”, se antojaba una explicación más razonable. Me resultó aparente que alguien – cuya identidad se debe haber perdido con la “leyenda” – inyectó ese “dato” para que formara parte de nuestro consciente colectivo como una verdad aparente. Podría seguir dando ejemplos de este tipo, pero creo que ya he probado mi punto y no estoy aquí para abrumar.

La Historia de Puerto Rico es una obra en progreso. Me refiero a la verdadera historia. La historia que no se nos enseñó en el salón de clases. La que nuestra clase política no perpetúa con su continuo nombramiento de edificios, avenidas y otras obras públicas con nombres de próceres nativos y extranjeros.

Mi pasión por la fascinante historia de mi País – en feliz conjunción con mi no menos intensa obsesión con la tecnología – explica este espacio que inauguro dentro de la red mundial de computadoras. La tecnología nos permite abrir nuevos senderos de transmisión del conocimiento nunca antes soñados. Tenemos las herramientas para compartir, discutir, desmitificar, aprender. Las voy a aprovechar.

Lo que usted encontrará aquí, son una serie de columnas sobre temas de Historia de Puerto Rico y el Caribe, previamente publicadas en días viernes alternos en el periódico El Vocero de Puerto Rico. Las mismas no necesariamente llevan una secuencia cronológica o analítica de la historia. Son más bien el fruto de un modesto esfuerzo por provocar la discusión de temas históricos, políticos, jurídicos y antropológicos, más allá de los espacios académicos. No son textos para citar ni mucho menos; pero son un esfuerzo.

El paso de los años no debe ser óbice para la rectificación y la iluminación del entendimiento opacado por el barniz de la leyenda.

Gracias por su lectura.

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