lunes, 21 de julio de 2008

“Aníbal Romero Vilá”

El Gobernador y Presidente del partido se dirige desde la tarima en el coliseo a sus enardecidos seguidores, quienes enarbolan banderas al aire, sin cesar. Detrás del Gobernador, la plana mayor del partido permanece sentada con aire de solemnidad o haciendo gestos de triunfo. Entre el público, activistas del partido se mueven para animar a las masas. Finalmente, el Gobernador lanza un reto-invitación a la masa para que valide su liderato y su disposición para correr nuevamente a la gobernación. Cerca de él, su máximo rival para esa candidatura le observa con un sentido de impotencia, pues sabe que ante la masa enardecida que allí aclama al Gobernador, sus oportunidades de retarle son nulas, por no decir suicidas, política y físicamente.

Y lo más significativo es que la gente pensante dentro del partido sabe, y lo comenta por lo bajo, que el correligionario y rival del actual Gobernador tiene mejores posibilidades que éste de llevarlos al triunfo. Pero nada hacen. El Gobernador se impone. Todos lo felicitan y proclaman unidad. El partido, sin embargo, no es el Popular Democrático, sino el Nuevo Progresista. La fecha no es abril de 2008, sino noviembre de 1982. El líder no es Aníbal Acevedo Vilá, sino Carlos Romero Barceló. Con distintos actores y escenarios, la trama actual es la misma de hace 26 años. Recordemos.

Para el año 1982, el Partido Nuevo Progresista bajo Romero Barceló se encontraba en su segundo término a cargo de la gobernación de Puerto Rico. Se trataba, sin embargo, de un partido disminuido en su poder, tras haber revalidado para la gobernación en las elecciones previas por apenas alrededor de tres mil votos; poco más o menos la misma ventaja que obtuvo el Popular Democrático en las elecciones de 2004. En las elecciones de 1980, teñidas por imputaciones de fraude en el edificio Valencia, el Partido Nuevo Progresista caminó al borde del precipicio, reteniendo apenas la gobernación y la comisaría en Washington, mientras su principal adversario lograba el control de la Asamblea Legislativa y recuperaba numerosos municipios. Surgieron los “pavazos”. En una inversión de papeles, el Partido Popular Democrático experimentó en las elecciones de 2004 una situación similar con Acevedo Vilá logrando apretadamente la gobernación, al mismo tiempo que su colectividad perdía el control de la Asamblea Legislativa. Surgieron los “pivazos”.

A consecuencia del apretado triunfo (“¿qué victoria?”) de 1980, Romero Barceló quedó debilitado en su liderato dentro del partido y en sus aspiraciones a un nuevo término como Gobernador en las próximas elecciones. El caso del Cerro Maravilla; su oposición a la liberación de los presos políticos nacionalistas; el asomo de la corrupción como tema de campaña; el famoso abucheo durante la inauguración de los Juegos Panamericanos en 1979; la entonces aún existente crisis económica y la conversión del llamado Fuerte Allen en un campo de concentración para migrantes haitianos, fueron todos factores que minaron la confianza pública en el entonces Gobernador.

Como resultado, la atención pública se centró alrededor del triunfante Alcalde de San Juan, Hernán Padilla, quien había logrado revalidar cómodamente dentro de la debacle novoprogresista de 1980. Miembros del partido comenzaron a presionar, en público y en privado, al Gobernador para que cediera su aspiración al Alcalde de San Juan.

Regresemos al presente. Dentro y fuera del Partido Popular Democrático, ha sido un secreto a voces que el ex Secretario del Departamento de Asuntos del Consumidor, Alejandro García Padilla, y el Alcalde de Caguas, William Miranda Marín, aspiraron a reemplazar a Acevedo Vilá en la candidatura a la gobernación. La desilusión pública con la gobernación de Sila María Calderón Serra la cual, irónicamente, llevó a Acevedo Vila a ese puesto, colocó a éste en una situación de precariedad muy similar a la del Romero Barceló de 1980. Complicándole la situación al actual Gobernador, tenemos que el País se encuentra en otra crisis económica, y que vivimos en la era de Youtube (“un alivio contributivo sin precedentes”; “Rubén... yo no voy a imponer un sales tax”). El golpe de gracia que hizo tambalear su liderato, por supuesto, es la ofensiva sin precedentes del gobierno de los Estados Unidos, en forma de cargos criminales.

Al igual que el Padilla de 1982, el García Padilla y el Miranda Marín de 2008 poseen algo con lo que ni el Romero Barceló de 1982 ni el Acevedo Vilá de 2008 pueden contar: una imagen pública lozana sin laceraciones por el desgaste, que es el fruto obligado de las luchas electorales por la gobernación de Puerto Rico.

Conocedores de sus debilidades electorales, Romero Barceló en 1982 y Acevedo Vilá en 2008, trajeron el asunto públicamente ante las masas activistas, en lugar de dilucidar los retos a su liderato en los espacios privados de las juntas de gobierno de sus colectividades. Para dichos fines los coliseos, como en los tiempos de la Antigua Roma, se transforman en el escenario ideal para que el mollero de las masas imponga su parecer por encima, incluso, del Emperador. Romero Barceló aplastó a Padilla en el Coliseo Pachín Vicéns de Ponce en noviembre de 1982. Acevedo Vilá hizo lo propio con García Padilla y Miranda Marín en el Coliseo José Miguel Agrelot de San Juan, en abril de 2008.

¿Las lecciones? Que la historia se puede repetir, parcial pero no absolutamente, y que los políticos, al igual que los gladiadores romanos, se valen de las masas enardecidas para triunfar, o morir.

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