lunes, 21 de julio de 2008

¿Quién fue Miguel Enríquez?

Eugenio María de Hostos. Luis Muñoz Rivera. Ramón Emeterio Betances. Todo puertorriqueño, mal que bien, conoce algo o ha oído hablar de estas y otras grandes figuras patrias, aunque sea por transitar por alguna avenida o carretera que lleve su nombre. Pero, ¿y Miguel Enríquez? ¿Es algún cantante? ¿Por qué dedicarle una columna?

Hace ya más de diez años, el doctor Ángel López Cantos, profesor de la Universidad de Sevilla y especialista en la Historia de América, publicó un libro en torno a este fascinante personaje, quien nació en el San Juan de Puerto Rico de 1674, muriendo allí mismo en 1743. Conforme al profesor López Cantos, Miguel Enríquez es “el hombre más importante que dio Puerto Rico en el período hispánico, sin ningún género de dudas”. ¿Exageración? Examinemos someramente parte de la prueba que aporta el profesor López Cantos.

La madre de Miguel Enríquez, Graciana, fue una ex-esclava. Su padre, cuya identidad no se conoció con precisión, era un hombre blanco vinculado a los altos estamentos de la sociedad sanjuanera de la época. Dada su condición de mulato, Miguel Enríquez pasó sus años de juventud como un zapatero, un ciudadano más, sin importancia, en el Puerto Rico colonial de la época. No obstante, y aparte de su inteligencia natural, contó con una ventaja invaluable para esa época: aprendió a leer y a escribir. Una coyuntura histórica, que él supo aprovechar gracias a la conexiones que cultivó en el gobierno colonial español y a su talento innato, le abrieron las puertas a la grandeza.

La España de la época de Miguel Enríquez era ya una nación en plena decadencia. El poderío español en el Caribe se encontraba en proceso de erosión, ante su incapacidad para impedir que otras potencias europeas, tales como Inglaterra, Francia y Holanda, se apoderasen de las Antillas menores e incluso de otras más grandes, como Jamaica y Trinidad. El asedio de los enemigos de España contra las restantes colonias hispánicas en el Caribe, Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, obligó al gobierno español a depender de los llamados corsarios o guardacostas, que no eran otra cosa que ciudadanos privados que ponían sus embarcaciones al servicio de la Corona, prestando vigilancia y apresando buques enemigos en las aguas caribeñas, para luego repartirse las ganancias con el gobierno. Miguel Enríquez fue uso de esos que se hicieron corsarios.

Lo que distinguió a Miguel Enríquez de otros corsarios puertorriqueños, sin embargo, es que él supo aprovechar las oportunidades que se le presentaron para convertirse en el hombre más poderoso en todo Puerto Rico, por encima de obispos e, incluso, gobernadores. Los hombres bajo el mando del corsario Miguel Enríquez sembraron a tal punto el terror entre sus adversarios en el Caribe, que los ingleses lo apodaron “El Gran Archivillano”. Sus hazañas en el Caribe fueron objeto de continuas quejas por parte del gobierno británico. Sus embarcaciones rescataron a la isla de Vieques de las garras inglesas, evitando así que la Isla Nena pasara a ser una más de las Islas Vírgenes. Podría decirse que él hizo del Puerto Rico de finales del Siglo 17 y principios del 18, la Gran Potencia del Caribe.

Este hombre de origen humilde llegó a tener tanto poder, que incluso la Misa de los domingos no podía comenzar hasta que Ana Muriel, amante del corsario, llegara a la iglesia. En reconocimiento a sus logros como corsario, el propio rey de España le otorgó el grado honorífico de “Caballero de la Real Efigie”. Obispos y otros personajes importantes pernoctaban en su hacienda “El Plantío”, en Toa Baja. Controlaba todo el comercio en una de las principales calles de San Juan. En una época en que los más ricos sanjuaneros sólo tenían uno puñado de esclavos, Miguel Enríquez llegó a tener cientos. Era ciertamente un hombre producto de sus circunstancias, con sus defectos y virtudes.

Una mejoría en la situación militar española en el Caribe, marcó el principio del final de la era de Miguel Enríquez. El gobernador español de turno comenzó a intrigar y maquinar en su contra, allá para 1732. Comenzaron a sacarle en cara su condición de “mulato espurio”. El hombre que por sí solo dominó más de treinta años de la Historia de Puerto Rico, terminó despojado de sus bienes y refugiado en un convento de San Juan, a pesar de sus reclamos de justicia ante la Corona. Allí murió tras cinco años de encierro, enfermo, solo y arruinado, sus restos depositados en una fosa común dentro del mismo convento.

Gracias a los esfuerzos de los historiadores Salvador Brau y Arturo Morales Carrión y el escritor José Luis González, quienes rescataron del olvido a Miguel Enríquez, y al profesor López Cantos, quien nos expuso al corsario en toda su dimensión, hoy sabemos que Puerto Rico no nació a la existencia a partir del Siglo 19. Estamos en presencia de un verdadero gigante de nuestra Historia nacional que bien ha merecido ser el personaje central de una novela de Enrique Laguerre, y cuya fascinante trayectoria debería ser el centro de un proyecto cinematográfico.

Conozcamos, y reconozcamos, a Miguel Enríquez.

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