lunes, 21 de julio de 2008

Recomposición colonial y la lucha por los símbolos (II)

Como recordarán de mi columna anterior, la misma comenzó narrando el incidente histórico de 1932 de la marcha de Pedro Albizu Campos y sus seguidores hacia el Capitolio, para prevenir que la bandera monoestrellada pasara a ser el símbolo del régimen colonial. El enfrentamiento culminó en un motín en el que murió el nacionalista Manuel Suárez Díaz, pero logró abortar la intentona legislativa. Veinte años después, al crearse el Estado Libre Asociado, se aprobó la legislación que hizo de la bandera monoestrellada, la que desde su origen había personificado la lucha por la soberanía boricua, el símbolo principal del nuevo régimen fundado en 1952.

Los símbolos apelan a nuestras emociones más intensas y la bandera puertorriqueña, como suele ocurrir con los demás pueblos del orbe, es uno de los símbolos más potentes y patentes de identidad y orgullo nacional. Por ello, no es de extrañarse que el gobierno de Luis Muñoz Marín y el Partido Popular, procurase hacer de la bandera nacionalista el símbolo más evidente del nuevo Estado Libre Asociado. Al hacer suya la insignia de la nacionalidad puertorriqueña, se legitimaba el nuevo régimen colonial.

A lo largo de su existencia, el E.L.A. se ha nutrido de otras expresiones culturales para mantener su reclamo de ser un régimen adecuado para el País, presentándose ante los ojos del Pueblo puertorriqueño como la imagen frente al espejo. Con ello ha perseguido demostrar que Puerto Rico puede ser lo que siempre ha aspirado a ser, dentro del régimen colonial: “lo mejor de dos mundos”. Así, los boricuas hemos vivido bajo un sistema que en la década de 1950 funda el Instituto de Cultural Puertorriqueña, y en 1960 gestiona el voto presidencial. La cultura nacionalista y una aspiración anexionista se convirtieron en símbolos que los gobiernos del Partido Popular procuraron hacer suyos, con miras a sostener la siempre cuestionada legitimidad del E.L.A.

Los adversarios del sistema, pero muy en especial el anexionismo, comenzaron a partir de los años 60 a retar el control sobre símbolos en poder del Partido Popular. Con su concepto de “estadidad jíbara”, Luis A. Ferré Aguayo le propuso al País que, como parte de los Estados Unidos, podríamos conservar nuestra personalidad colectiva: ser tan jíbaros como lo éramos bajo el E.L.A. y en la bandera roja y blanca del Partido Popular. El reto anexionista continuó con “la estadidad es para los pobres” de Carlos Romero Barceló, procurando erosionar el control del Partido Popular sobre el mensaje de que el símbolo del progreso económico era provincia exclusiva del sistema vigente.

Las administraciones de Rafael Hernández Colón de 1984 y 1988, dieron paso a la lucha por otros símbolos de identidad nacional para intentar detener el avance descolonizador del reto anexionista. El idioma español se convirtió en el nuevo campo de batalla. El sistema colonial criollo le planteó al País que podíamos quedarnos como estábamos y mantener el idioma español, ganar el premio Príncipe de Asturias en su defensa, recibir la visita de los reyes de España, y tener nuestro propio pabellón en Sevilla.

La llegada al ruedo político de Pedro Rosselló González, renovó el reto anexionista y la batalla por los símbolos, incluyendo la bandera puertorriqueña ondeando sola en su campaña electoral y su afirmación de que el idioma español no sería negociado para lograr la estadidad. Bajo su administración, incluso los símbolos de “estado”, “libre” y “asociado” dejaron de ser parte de nuestra identificación, convirtiéndose meramente en “Gobierno de Puerto Rico”.

La crisis en la relación colonial provocada por la muerte de David Sanes Rodríguez en abril de 1999, puso en manos del anexionismo un nuevo símbolo de lucha que, hasta entonces, había sido provincia casi exclusiva del independentismo: Vieques. En efecto, la inserción del anexionismo en la lucha contra la Marina de Guerra de los Estados Unidos por Vieques, mediante el fomento de la desobediencia civil al negarse el gobierno de Rosselló González a intervenir con los desobedientes civiles en la Isla Nena, hizo de su liberación un símbolo de lucha compartida del anexionismo y el independentismo, contra el régimen colonial.

La vuelta al poder del Partido Popular en el 2000, marcó la adopción por esa colectividad de un nuevo símbolo para recomponer el sistema colonial: la llamada “ciudadanía puertorriqueña”. Un examen de la opinión mayoritaria de noviembre de 1997 del Tribunal Supremo en el caso del licenciado Juan Mari Bras, deja al descubierto la fuente que dicho foro utilizó como base de esa ciudadanía: el E.L.A. Ello explica por qué el Departamento de Estado ofrece “certificados de ciudadanía puertorriqueña” a quien lo solicite. El sistema bajo el que hemos vivido por más de medio siglo posee flexibilidad, lo mismo para aspirar al voto presidencial, que para consagrar el idioma español, que para ofrecer su propia ciudadanía puertorriqueña. Al adoptar los símbolos del estado incorporado a los Estados Unidos, al igual que los de la república separada, el E.L.A. demuestra su asombrosa elasticidad para la supervivencia.

Al observar, pues, este historial, me disculparán si miro con escepticismo los actuales reclamos de soberanía del oficialista Partido Popular, al mismo tiempo que tolera y fomenta en nuestro País la celebración de la primaria presidencial del Partido Demócrata de los Estados Unidos. Mediante los símbolos, la colonia se recompone.

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