lunes, 21 de julio de 2008

¡Vendepatria!

En nuestro País, nunca ha sido fácil ser independentista. Desde que el separatismo comenzó a tomar forma y sentido en tiempos de España, y como movimiento anti-colonialista que siempre ha sido, el mismo ha sufrido todo tipo de persecución. Esa tónica no cambió a partir de que los Estados Unidos se hicieran con el dominio sobre Puerto Rico en 1898.

Imputaciones de terrorismo, comunismo y subversión armada, han sido utilizados tanto por las autoridades estadounidenses como por los administradores coloniales locales de turno para, por así decirlo, “definir” a los independentistas. Éstos, en virtud de una prédica simplista pero efectiva, han sido presentados por años ante los ojos del Pueblo de Puerto Rico como seres peligrosos y lunáticos y, por ende, castigables, incluso con la muerte.

¿Y qué con los anexionistas? Tal vez la “definición” del anexionismo en Puerto Rico no produzca los niveles de persecución y violencia física que martirizaron por décadas al independentismo bajo el imperio de los Estados Unidos. Pero un vistazo a nuestra Historia permite concluir que, para los anexionistas criollos, la vida tampoco ha sido sencilla. A éstos se les ha asociado con entreguismo, barriguismo y traición. Se les ha definido como cómplices de la amenaza de destrucción de nuestra personalidad como país. Una pegatina que en ocasiones se ve en los autos, les invita en un tono no muy cortés a largarse a cualquiera de los 50 estados de la Unión, de una vez. Un epíteto emblemático de todo lo anterior le da su título a esta columna.

Es por eso que un libro de reciente publicación, “Posesión del ayer: La nacionalidad cultural en la estadidad”, de Mario Ramos Méndez, presenta una propuesta refrescante que debe llevarnos a todos a replantearnos cómo nos vemos a nosotros mismos. En términos breves, la teoría de Mario Ramos consiste en que el anexionismo puertorriqueño, aun desde antes de 1898, ha sido un movimiento culturalmente nacionalista que ve en la anexión a los Estados Unidos una solución política al problema del colonialismo, pero sin ceder un ápice de nuestra cultura y personalidad puertorriqueñas.

En “Posesión del ayer”, el autor nos ofrece las expresiones y acciones públicas de los líderes anexionistas, para ilustrar una premisa fundamental: la de que ese movimiento no es otra cosa que una manifestación del autonomismo que en su momento unió a José Celso Barbosa con Luis Muñoz Rivera bajo el palio del Partido Autonomista Puertorriqueño de finales del Siglo 19. Conforme a la tesis de Mario Ramos, las raíces del anexionismo de Barbosa y sus seguidores no se ubican en un deseo de asimilar a nuestro País a los Estados Unidos, sino en hacerlo formar parte de lo que ellos entonces concebían como una “federación de repúblicas”, en la cual nuestra “Patria Regional” mantendría intactas sus costumbres, idioma y tradiciones. La “americanización” que estos líderes vislumbraban no era la de la enseñanza por la fuerza en inglés en las escuelas, que era como lo veían los estadounidenses, sino la adopción de las tradiciones políticas y cívicas de la nueva metrópoli.

A lo largo de su obra, Mario Ramos nos ofrece argumentos persuasivos de que esa corriente nacionalista, o sea, la que reconocía en Puerto Rico un pueblo distinto al de los Estados Unidos y no estaba dispuesta a sacrificar la personalidad puertorriqueña, fue una constante dentro del liderato anexionista, hasta nuestros días. Aquí, la “estadidad jíbara” de Luis A. Ferré Aguayo encuentra su razón de ser. Incluso, la política de los Estados Unidos hacia Puerto Rico parece sugerir un reconocimiento de que aun los puertorriqueños anexionistas poseen una idiosincrasia particular que los distingue de los estadounidenses, lo cual tal vez explique, por ejemplo, por qué la inmensa mayoría de los funcionarios que laboran en el Tribunal federal en Puerto Rico, incluso jueces y fiscales, son puertorriqueños.

Una de las principales aportaciones de “Posesión del ayer”, a mi modo de ver, lo es su propuesta de redefinir el anexionismo puertorriqueño como un movimiento anti-colonialista enraizado, al igual que el independentismo, en la defensa de la nacionalidad puertorriqueña. Ejemplos relativamente recientes brindan apoyo a su propuesta, tales como la afirmación de Carlos Romero Barceló de que aceptaría la independencia si no le ofrecían la estadidad, y el uso por Pedro Rosselló González de la bandera puertorriqueña ondeando sola en sus campañas proselitistas.

Aún en el caso de Rosselló González, quien llegó a señalar que la nación puertorriqueña nunca ha existido, se podría deducir que esa expresión no contradice el carácter puertorriqueñista de su ideología. De hecho, ello produjo respuestas enérgicas de afirmación boricua, ejemplificadas por la “Nación en marcha” del verano de 1996. Se trata del tipo de efervescencia nacionalista que no se observa cuando gobierna el Partido Popular Democrático, y que sospecho fue provocada por Rosselló González con toda intención.

La persuasiva tesis que nos propone Mario Ramos puede llevar al planteamiento de que, en sus coincidencias, es ya hora de que el anexionismo y el independentismo puertorriqueños dejen de lado sus arcaicas rencillas que sólo generan un resultado: la perpetuación de un régimen colonial por un sector minoritario de la política puertorriqueña, por encima del sentimiento mayoritariamente anti-colonialista que rige al País. Un sentimiento tan poderoso que, cuando se conjugan sus sectores independentista y anexionista, resquebraja los pilares del régimen colonial. Si no me creen, pregúntenle a la Marina de Guerra estadounidense.

No es vendepatria, sino compatriota.

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