domingo, 14 de septiembre de 2008

Romero Barceló y el Cerro Maravilla

Treinta años después de su ocurrencia, los asesinatos de Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví en el Cerro Maravilla, todavía son objeto del intenso recuerdo del Pueblo puertorriqueño. La asociación histórica de ese evento al ex Gobernador Carlos Romero Barceló (1977-1984), resulta igualmente inevitable. Para bien o para mal, la vinculación de Romero Barceló a ese suceso ha estado matizada por la lucha político-partidista que ha procurado, por un lado, desvincular al ex Gobernador de los hechos y, por el otro, hacerlo directamente responsable por los mismos.
No cabe duda de que, dentro del independentismo puertorriqueño, Romero Barceló resulta ser una figura particularmente adversativa. Durante los 8 años de lo que vino a conocerse como “el Romerato”, el entonces Gobernador desarrolló una política de confrontación contra sus adversarios ideológicos como nunca antes se había visto en el País. El nivel de su retórica y sus acciones desde la Fortaleza fueron de tal amplitud, que no resultaba difícil imaginarle impartiendo una orden de escarmiento contra el independentismo. Ello no obstante, el examen desde una perspectiva histórica de una figura tan compleja como Romero Barceló requiere que nos apartemos del enfoque político-partidista que, por su propia naturaleza, tiende a la simplificación de sus protagonistas. Con 30 años de por medio y el beneficio de la experiencia vivida como Pueblo, en este corto espacio, exploraremos el tema dentro de su contexto histórico.
Como en todo análisis histórico, el marco en que actúan los protagonistas y las circunstancias que les rodean, resulta vital. Al asumir la gobernación de Puerto Rico, Romero Barceló se diferenció de inmediato en el trato a sus adversarios políticos, al compararlo con sus antecesores en la gobernación. A sus características como político y gobernante, debe añadírsele las circunstancias en que le tocó desenvolverse como tal. El Puerto Rico que le tocó gobernar no es el que hoy conocemos, sino aquel en que nuestro País era un escenario de confrontación entre los Estados Unidos, por un lado, y la hoy extinta Unión Soviética y Cuba, por el otro: la llamada Guerra Fría.
La Guerra Fría es, sin duda, uno de los eventos más influyentes en la historia de Puerto Rico, con una duración de 5 décadas. En nuestro caso, supuso la existencia de lo que se ha llamado un “conflicto de baja intensidad”, durante el cual los organismos de inteligencia de los Estados Unidos (la CIA, el FBI, la Inteligencia Naval, etc.), en alianza con elementos derechistas del exilio cubano se enfrentaron, en ocasiones de manera violenta, a fuerzas independentistas boricuas auxiliadas por la Cuba de Fidel Castro Rus. Una buena fuente para explorar esta conflictiva época lo es el libro (y testimonio personal) “La séptima guerra”, de Juan Manuel García Passalacqua. Conforme al relato de García Passalacqua, el Puerto Rico de las décadas de 1970 y 1980 fue escenario de conspiraciones, sabotajes, actos de espionaje y asesinatos políticos, todo ello como resultado de la lucha que los adversarios de la Guerra Fría libraron en nuestro suelo y a espaldas del Pueblo puertorriqueño. Los asesinatos del Cerro Maravilla forman parte de esa guerra no declarada, al igual que las muertes de Santiago Mari Pesquera y Carlos Muñiz Varela, entre otros.
El Gobernador Romero Barceló que enfrentó a la Marina de Guerra estadounidense por sus abusos en Vieques y Culebra, fue el mismo que se alió incondicionalmente a las políticas belicosas de los Estados Unidos durante la Guerra Fría. Al abrazar incondicionalmente la retórica inflamatoria de los juegos de guerra que las dos superpotencias libraban en suelos ajenos, la administración del segundo gobernante anexionista elegido por el Pueblo de Puerto Rico creó las condiciones para que tragedias como la del 25 de julio de 1978 en el Cerro Maravilla tuviesen lugar. Se trató de juegos de “indios y vaqueros”, como con mortal y certera eficiencia lo describiera -si mal no recuerdo- el oficial policíaco que custodiaba al empleado de la estación Rikavisión, Miguel Marte Ruiz, mientras se escuchaba la segunda ráfaga de disparos que en el corazón de Puerto Rico apagaba las vidas de los dos jóvenes independentistas.
¿Es, pues, Romero Barceló personalmente responsable por lo ocurrido en el Cerro Maravilla? Estimo que no. Pero en términos históricos y administrativos, ciertamente lo es. Al dirigir al País por los discursos belicosos de la Guerra Fría, el Gobernador asumió las consecuencias del peligroso juego que sectores de derecha e izquierda, internos y externos, protagonizaron en las críticas décadas de 1960, 1970 y 1980. Más importante, su administración incurrió en la falta del encubrimiento, como las investigaciones posteriores dejaron demostrado.
En este sentido, sin embargo, la responsabilidad por el encubrimiento debe ser igualmente vista desde una perspectiva histórica que vaya más allá de las pasiones partidistas. Nuestra propia experiencia como Pueblo, especialmente durante los 110 años de dominio estadounidense, es que el encubrimiento es un fenómeno histórico persistente. Sucesos tales como Watergate, Irán-Contras y el que involucró a Monica Lewinsky, en los Estados Unidos, son ejemplos consecuentes de que para todo gobierno, siempre existe la tentación de encubrir aquellos eventos de su autoría que puedan tener consecuencias nefastas para su sostenimiento en el poder. Lo ocurrido el 25 de julio en el Cerro Maravilla, no es distinto.

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