domingo, 26 de octubre de 2008

El charco de sangre

Es la historia de la que casi nadie habla, a pesar de que está ahí; aún fresca. Los independentistas de todas las tendencias no la conmemoran con el mismo despliegue que el Grito de Lares, a pesar de haber sido una gesta tan o más libertadora que la vivida en tiempos de España. Su aniversario se acerca, pero no será conmemorado, como sí se hace con el 14 de julio en Francia, con el 16 de septiembre en México, o con el 4 de julio en los Estados Unidos. Es lo más cercano que hemos estado a una guerra civil. Su aniversario número 58 se acerca, siendo uno de los sucesos más importantes en la historia de Puerto Rico. Es la Insurrección Nacionalista de 30 de octubre de 1950.

Es imposible cubrir en una columna todos los aspectos sobresalientes de la Insurrección Nacionalista. Para ello, es necesario referirse a las importantes contribuciones de las historiadoras Marisa Rosado y Miñi Seijo Bruno, de cuyos libros sobre el tema expondré algunos detalles.

No puede comprenderse la Insurrección Nacionalista sin a su vez entender los sucesos dramáticos que se registraban en el Puerto Rico de las décadas de 1930 y 1940, gobernado por los Estados Unidos. El Partido Nacionalista de Puerto Rico, bajo la carismática dirección de Pedro Albizu Campos, representaba una seria amenaza al régimen de miseria que imperaba en el País. El auge del nacionalismo boricua se nutrió en aquellos años de la espantosa pobreza y analfabetismo que se ensañaban contra la masa poblacional. La colaboración del oficialista Partido Popular Democrático bajo Luis Muñoz Marín con el gobierno de los Estados Unidos para la creación del Estado Libre Asociado, gatilló los actos de violencia que alcanzaron su plenitud ese 30 de octubre de 1950.

En efecto, y durante unos días dramáticos, combates entre nacionalistas, por un lado, y la Policía y la llamada “Guardia Nacional”, por el otro, tuvieron lugar en Ponce, San Juan, Arecibo, Aibonito, Utuado, Naranjito, Peñuelas y Mayagüez, entre otros pueblos. Fue en Jayuya, sin embargo, donde se daría el epicentro de la lucha. Allí, la nacionalista Blanca Canales Torresola hizó la bandera monoestrallada para proclamar la Segunda República de Puerto Rico. En un acto sin precedentes, la Guardia Nacional, compuesta por puertorriqueños, bombardeó con sus aviones a Jayuya. Testimonios de supervivientes indican que la Policía y la Guardia Nacional tenían órdenes de masacrar a los insurrectos. Un comando nacionalista asaltó La Fortaleza, muriendo allí casi todos sus integrantes, al enfrentarse a tiros con la Policía. La cruenta represión de la Insurrección Nacionalista por el “gobierno insular”, trajo como resultado la muerte de decenas de puertorriqueños, alrededor de cincuenta heridos, y el procesamiento e ingreso a presidio de más de mil, estos últimos por el sólo hecho de ser sospechosos de simpatizar con la independencia para el País.

Siguiendo la norma de que la Historia la escriben los vencedores, el presidente estadounidense Harry S. Truman se refirió al suceso como una mera “pelea entre puertorriqueños”. El gobierno colonial presidido por el PPD, consciente del poder de nombrar las cosas, bautizó oficialmente lo ocurrido como una “revuelta”, degradante y despreciable mote que, aún hoy en día, de vez en cuando se nos escapa de los labios. Quizás, el hallazgo más significativo de los trabajos de Rosado y Seijo Bruno reside en que fue el gobierno del PPD quien hizo detonar la Insurrección el 30 de octubre, mediante arrestos e intervenciones ejecutados por la Policía días antes, contra nacionalistas de Santurce y Ponce.

La Insurrección Nacionalista de octubre de 1950, junto con las masacres de Río Piedras y Ponce de 1935 y 1937 por un lado, y los asesinatos en el Cerro Maravilla de 1979 y de Filiberto Ojeda Ríos en el 2005 por el otro, forman ese gran charco de sangre que marca el período de confrontación armada entre Puerto Rico y los Estados Unidos, y entre nosotros mismos, en el Siglo 20. Está ahí, en nuestro suelo colectivo. Sabemos que está ahí, pero preferimos evadirlo e ignorarlo cuando lo encontramos en nuestro camino. Hemos optado por conmemorar como Pueblo la gesta de Lares de 1868, como si el charco de sangre no estuviera ahí, clamando por nuestra atención colectiva.

El fin de la Guerra Fría y la derrota de la Marina de Guerra estadounidense en Vieques han dado paso a métodos de lucha que, afortunadamente, hacen innecesaria la violencia física como vehículo de liberación. Miedos colectivos nacidos al calor de la cruenta represión del nacionalismo boricua, tales como el meramente izar la bandera puertorriqueña, han cedido ante el paso del tiempo. Pero el reconocimiento y conmemoración de aquellos que no hicieron sino emular las acciones de un George Washington o un Simón Bolívar, todavía espera.

En estos tiempos presentes, es llegada la hora de que todo el Pueblo puertorriqueño, y no sólo un tímido independentismo, reconozcamos y valoremos a aquellos que sacrificaron su vida, hacienda y libertad por hacer lo que otras naciones, los Estados Unidos inclusive, honran con los suyos. No debemos esperar a que, como ocurrió con el Grito de Lares de 1868, cese el régimen colonial de turno para entonces, y sólo entonces, brindar el debido homenaje. La memoria de los caídos, los sobrevivientes, y nuestra propia conciencia colectiva, así lo requieren.

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