lunes, 10 de noviembre de 2008

Post mortem

En agosto de este año 2008 ("Puerto Rico, año 2009"), discutimos cómo el ciclo electoral 2004-2008 se asemejaba al de 1980-1984, planteando así un claro triunfo para el anexionista Partido Nuevo Progresista y su candidato a gobernador, Luis Fortuño Burset. Tras los resultados electorales de este pasado martes y habiendo fallecido el proceso electoral de 2008, desacreditadas las encuestas que auguraban un “final cerrado” y despejados los espejismos de las fotos aéreas comparativas de cierres de campaña, procederemos a evaluar algunas de sus connotaciones históricas.
Para comenzar, los resultados confirman la tendencia histórica que coloca al PNP como el movimiento político dominante en Puerto Rico, y el correspondiente agotamiento del Partido Popular Democrático. Un vistazo a los resultados electorales a partir de las elecciones generales de 1972 permite observar que los triunfos del movimiento anexionista son más amplios que los obtenidos por el PPD durante el mismo período. El margen de victoria logrado por el PNP en la candidatura a la gobernación es sólo comparable a los grandes triunfos del PPD de Luis Muñoz Marín, cuarenta años atrás. Lo más parecido en tiempos recientes es el triunfo, precisamente, del PNP en las elecciones de 1996. En esas elecciones, valga apuntar, el PNP bajo Pedro Rosselló González iba para una re-elección, coyuntura en que tradicionalmente el partido oficialista tiende a perder fuerza electoral por razón de desgaste en el ejercicio del poder.
La aplastante derrota infligida al PPD pone de manifiesto que las acusaciones federales contra el gobernador Aníbal Acevedo Vilá, aunque fuesen políticamente dañinas, no fueron un factor decisivo. Simple y sencillamente, Acevedo Vilá se encontró al mando del País con un PPD en rápido desgaste tras los cuatro años de la gobernadora Sila Calderón Serra (2001-2004). Añádase a ello la existencia de una crisis económica igual o peor que la confrontada por el gobernador Rafael Hernández Colón (1973-1976), y tienen ustedes una fórmula para el desastre.
Para colmo, la mejor esperanza del PPD, que era enfrentar nuevamente a Rosselló González como candidato oficial del PNP, no se materializó ante la derrota primarista de éste a manos de Fortuño Burset. Si bien considero que esa derrota del ex gobernador fue el clavo final en el ataúd popular, sospecho que Acevedo Vilá habría perdido incluso ante Rosselló González, aunque ciertamente de forma mucho más apretada.
Por otro lado, la barrida novoprogesista se extendió a los distritos senatoriales y representativos. Ello evidencia, al igual que ocurrió en 1984, la enorme insatisfacción del electorado con el llamado “gobierno compartido”. Este tsunami electoral no se extendió a la papeleta municipal, sin embargo, donde el PPD logró vencer en alrededor de 30 alcaldías. Ello tiende a sugerir que el elector ha separado definitivamente la carrera por la gobernación de la municipal, limitando así el control que los partidos pueden ejercer sobre los resultados para las alcaldías, no obstante la demostración de fuerza electoral desplegada por el PNP.
Estas elecciones también dejaron demostrado lo difícil, por no decir casi imposible, que resulta para un candidato sobrevivir fuera de las estructuras partidistas, aunque se trate de un incumbente, como fue el caso de Orlando Parga Figueroa. Por el contrario, permanecer dentro del PNP le ha valido a Jorge de Castro Font la histórica gesta de ser, hasta donde conozco, el primer político que lograr salvar su carrera a pesar de ser acusado por las autoridades federales estadounidenses en plena campaña electoral. Como ya discutimos en una columna previa (“El efecto Medusa”), De Castro Font se encontraba luchando por su vida política, donde otros antes que él vieron petrificarse sus carreras electorales. Podemos suponer que De Castro Font fue salvado por la ola anti-gobierno compartido que desató el electorado. No obstante, y asumiendo que el nuevo Senado novoprogesista no lo expulse del cuerpo, la supervivencia política de De Castro Font al “efecto Medusa” no le permitirá en el futuro inmediato ser algo más que un mero soldado de fila dentro de la infantería anexionista.
Finalmente, cabe comentar el trágico desenlace sufrido por el Partido Independentista Puertorriqueño. Trágico, pero ciertamente no sorpresivo.
Las décadas más recientes de la política puertorriqueña han sido testigos de un partido pro independencia que plantea ser una institución de avanzada y progresista en el ámbito económico, político y social. No obstante su liderato, en comparación con el de los dos partidos principales, ha probado con el correr de los años ser el más estático y hostil en términos de su renovación y apertura, hacia aquellos que no sean hombres blancos con altas credenciales académicas, y en el cual el ascenso de grupos tales como el de las mujeres parece mas bien un desarrollo tardío y forzado por dinámicas similares acontecidas previamente en el PNP y el PPD, e incluso en el Partido Puertorriqueños por Puerto Rico.
A corto plazo, el fracaso electoral pipiolo parece residir en su prédica de partido del Siglo 21, en contraste con su comportamiento de partido del Siglo 19. Colocar ese fracaso en los hombros del electorado es cerrar los ojos a la realidad de que los partidos políticos existen, precisamente, para competir por el voto. Las razones que, a largo plazo, explican la pasión y muerte del principal instrumento de lucha en pro de la soberanía nacional puertorriqueña, serán objeto de la siguiente columna.

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