sábado, 17 de diciembre de 2011

Auge y caída de las grandes potencias

Como norma general, esta columna se dedica a temas históricos íntimamente relacionados con Puerto Rico. En esta ocasión, haremos un desvío para concentrarnos en otro sujeto: los Estados Unidos de la América del Norte.
En 1987, el historiador británico Paul Kennedy publicó uno de los libros más influyentes en tiempos recientes, cuyo título inspira el de esta columna: “The Rise and Fall of the Great Powers”. En muy apretada síntesis, la obra de Kennedy formula un estudio comparativo de varios imperios, tales como el de España durante los siglos 16 y 17, el Británico entre los siglos 19 y 20, y el de la hoy desaparecida Unión Soviética. Los Estados Unidos figuran igualmente en su obra, como un imperio más.
Conforme a su estudio, Kennedy afirmó que el principal denominador común entre las respectivas decadencias de las potencias imperiales lo era su “natural” tendencia a la sobre-extensión, o sea, proyectarse o avanzar en términos culturales y, sobre todo, militares, más allá de lo que su capacidad económica permitía. En otras palabras, en su empeño por mantener su supremacía, las potencias imperiales pretenden abarcar más allá de lo que sus respectivos recursos productivos aguantan, resultando ello en su eventual decadencia y desplome. El análisis de Kennedy fue tan certero que le permitió predecir, con varios años de anticipación, la desintegración de la Unión Soviética en 1991.
Kennedy postuló además que la decadencia de la Unión Soviética, evidenciada por la constante reducción de su capacidad productiva, a consecuencia en gran parte de su competencia armamentista con los Estados Unidos, fue el producto final de contradicciones internas nunca resueltas por el gobierno soviético. Esas contradicciones, provocadas por la estructura totalitaria de su forma de gobernase a sí misma, limitó la capacidad soviética de producción económica al punto de ocasionar su eventual colapso.
Al igual que la Unión Soviética, Kennedy postuló que los Estados Unidos incurrieron en el ciclo de sobre-extensión que hoy en día ha causado lo que él llamó una “decadencia relativa”. Al igual que la España imperial de alrededor de 1600 y el Imperio Británico alrededor de 1900, Kennedy explicó que los Estados Unidos heredaron una vasta red de compromisos estratégicos internacionales a principios del siglo 20, cuando el poder estadounidense parecía asegurado, y que les condujo al mismo peligro de sobre-extensión imperial que potencias pasadas confrontaron. Como ejemplo de ello, expone que ya para la década de 1980, el Pentágono advertía de un serio desbalance entre los compromisos militares estadounidenses y su capacidad militar para atenderlos. En efecto, la Unión Soviética no fue la única víctima de la carrera armamentista desatada por la Guerra Fría, aunque sí la más inmediata.
Contrario a la Unión Soviética, sin embargo, los Estados Unidos son una sociedad de control relajado (“laissez-faire”) que le permite un margen de maniobra mucho mayor que el de su antiguo rival. Su sistema democrático y abierto le facilita un nivel de adaptación y evolución que el modelo soviético nunca pudo igualar. Ello no obstante, el sistema de separación de poderes que tanto distingue a los Estados Unidos está diseñado para la época en que ese país vivía aislado del resto del planeta. Ese aislamiento del que disfrutó desde su fundación y hasta finales del siglo 19, brindaba tiempo para que las ramas de gobierno se pusieran de acuerdo sobre la política a implementar. Esto podría servir para explicar eventos históricos tales como el famoso escándalo “Irán-Contras” bajo la presidencia de Ronald Reagan, y los más recientes de George Walker Bush en torno a los llamados “enemigos combatientes” y la “guerra contra el terrorismo”. Todos ellos ejemplos en que la Rama Ejecutiva de gobierno violó los límites impuestos por su propia constitución.
A lo anterior, es necesario añadir las rivalidades internacionales que enfrentan los Estados Unidos. Europa, aunque es un aliado militar estadounidense representa, al igual que Japón y las potencias emergentes de China, Brasil e India, rivales económicos que van reduciendo la porción de participación de los Estados Unidos en la economía mundial, al mismo tiempo que los compromisos militares estadounidenses permanecen al mismo nivel. Todo lo anterior ha traído como resultado que ese país haya pasado de ser el mayor acreedor mundial, a ser el mayor deudor en apenas unos años.
A nivel militar, y no obstante lo impresionante que aún resulta su máquina de guerra y su éxito en internacionalizar sus nociones de capitalismo y democracia, los Estados Unidos no están al nivel que les llevó a ser los grandes vencedores en la Segunda Guerra Mundial. La constante estrechez de sus mermantes recursos es lo que explica su cada vez mayor dependencia de coaliciones para imponerse militarmente en sectores remotos del planeta. Es lo que explica también porqué no pueden concentrarse en Afganistán sin a la vez reducir su presencia en Irak.
Por último, este proceso lento pero constante explica los esfuerzos de la nueva administración de Barack Hussein Obama por conducir a los Estados Unidos por un nuevo camino de entendimiento con otros países y, además, los cambios sutiles pero significativos que Puerto Rico ha experimentado en las últimas décadas en su relación con el llamado Coloso del Norte. La paulatina retirada de la presencia militar estadounidense de nuestro suelo, y las discusiones en torno a la solución de nuestra situación colonial, entre otros temas, son indicios de que la gran potencia que nos tomó como botín de guerra en 1898 siente el peso de los años y la necesidad de buscar soluciones permanentes que mitiguen sus dolencias. La definición se acerca.

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