domingo, 25 de diciembre de 2011

“Chief Justice” Aaron Cecil Snyder

El viernes 25 de febrero de 2011 y de la autoría del profesor de Derecho Luis Rafael Rivera, se presentó uno de los libros más interesantes y envolventes que se hayan escrito en torno al auge y sofocación del movimiento nacionalista de Pedro Albizu Campos. El escenario es el Puerto Rico en crisis de las décadas de 1930, 40 y 50. El personaje principal, un estadounidense que llegó a nuestras costas como acusador y terminó como acusado. Se llamaba Aaron Cecil Snyder y esta es su historia.
Nacido en la ciudad de Baltimore en una familia de inmigrantes judíos, y como tantos otros norteamericanos que llegaron a probar suerte y fortuna a nuestras costas tras la Guerra de 1898, el abogado Aaron Cecil Snyder arribó a Puerto Rico en 1933 con el objetivo de labrar su camino hacia un puesto de altas esferas. Su mentor lo fue el notorio senador federal Millard Tydings, quien laboró para hacer de Puerto Rico una finca privada en beneficio de los grandes intereses económicos que representaba. Para ello, Tydings se ocupó de lograr que gente de su confianza pasara a ocupar puestos claves dentro de la administración colonial, tales como el coronel Francis Riggs a cargo de la Policía “insular”, y Blanton Winship, militar retirado, gobernador colonial de Puerto Rico entre 1934 y 1939, y responsable directo de la masacre del Domingo de Ramos de 1937, en Ponce.
Gracias a los buenos oficios de Tydings, Snyder obtuvo el puesto de fiscal federal de los Estados Unidos en Puerto Rico. En contubernio con el juez federal estadounidense Robert Cooper, Snyder procesó en dos oportunidades al liderato del Partido Nacionalista y al propio Albizu Campos. En el primer juicio, un jurado compuesto por puertorriqueños absolvió a los nacionalistas en 1936. En un segundo proceso – en el cual el jurado quedó compuesto en su inmensa mayoría por estadounidenses – el binomio Snyder-Cooper logró la condena de Albizu Campos y sus más cercanos colaboradores en en el mismo año. Como resultado, el Partido Nacionalista quedó huérfano de liderato significativo por una década, mientras Albizu Campos era recluido y aislado en las frías mazmorras de una cárcel federal localizada en la ciudad de Atlanta.
Snyder, como símbolo del poder colonial de los Estados Unidos sobre Puerto Rico, no estaba exento de contradicciones. Por un lado, condenaba la persecución de los judíos en las tierras de sus ancestros y la Alemania Nazi, mientras por el otro perseguía a los nacionalistas. No obstante promover la consolidación del régimen colonial sobre nuestro País, Snyder pretendió echar raíces aquí, adquiriendo una residencia, codeándose con sectores sociales y culturales boricuas, y expresándose en español. Por sus servicios en la represión del nacionalismo, Snyder logró desarrollar fuertes lazos con figuras coloniales de poder que eventualmente llenaron el vacío del senador Tydings. Entre éstos, cabe destacar a Rexford Guy Tugwell (último gobernador colonial estadounidense de Puerto Rico), a Abe Fortas (figura clave dentro del gobierno federal para la creación de un Estado Libre Asociado “en la naturaleza de un pacto” entre Puerto Rico y los Estados Unidos), y a Luis Muñoz Marín, quien para la década de 1940 se había convertido en un estrecho colaborador y beneficiario de los oficios del fiscal federal.
Como juez asociado del Tribunal Supremo, Snyder puso algo más que un grano de arena para facilitar la implantación del programa de gobierno del Partido Popular Democrático, camino a la fundación del ELA en 1952. Tras convertirse en el primer gobernador electo por el Pueblo de Puerto Rico, y con la nueva facultad de nombrar a los jueces del Tribunal Supremo, Muñoz Marín se dispuso a elevar a Snyder a la presidencia del Alto Foro en 1953. Es aquí interesante notar que, como el profesor Rivera logra establecer, el hecho de que Muñoz Marín se encontrase en la cúspide de su poder no supuso un camino expedito para el encumbramiento de Snyder como juez presidente. Sucede que las actuaciones del otrora fiscal federal y su condición de estadounidense, militaban en contra de sus aspiraciones a presidir nuestro Alto Foro, al extremo de que Muñoz Marín se vio precisado a mercadear a Snyder como “Cecilio” ante la opinión pública para lograr su confirmación por el Senado.
El podio de prestigio y poder con el que Snyder tanto había soñado, comenzó a desmoronarse casi de inmediato. Diversos sectores de la sociedad puertorriqueña, pero muy en especial dentro de la abogacía, comenzaron a elaborar una campaña de presión contra el juez presidente que, finalmente, lo forzó a presentar su renuncia en 1957, alegando “razones familiares” como motivo. Apenas dos años después, con 52 de edad y en circunstancias poco usuales, Cecil Snyder fue encontrado muerto en su residencia y sus restos fueron regresados de inmediato a los Estados Unidos. Por estas y otras razones, su trayectoria y papel en nuestra historia reciente bien vale la pena conocerla.

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