domingo, 18 de diciembre de 2011

“Dejad que los niños vengan a mí...”

La saga que por años han vivido William Elías Rodríguez y su familia volvió a salir a la luz pública en días recientes.  Su paso por nuestra Historia es un reflejo de lo que anda mal, no necesariamente en esa familia, sino en la sociedad puertorriqueña.
La familia de William Elías, como presumo todos sabemos, no es la “típica” unidad familiar puertorriqueña.  Él convive con tres damas, con cada una de las cuales ha procreado varios hijos.  La peculiaridad de este arreglo hogareño lo catapultó a la atención pública hace años atrás.  Cada vez que este grupo familiar confronta un nuevo conflicto legal, como lo es el reciente en torno a su potencial desahucio de la casa que habitan, se gatilla la atención de la prensa.
En su celo informativo, la prensa puertorriqueña no ha tenido misericordia con William Elías.  Ante el ojo público se ha destacado lo mismo la composición de su familia, sus ideas religiosas y sus problemas legales, incluyendo la muerte de dos de sus hijos.  Por ser diferente, la familia de William Elías despertó los apetitos informativos más voraces y morbosos de nuestra prensa, la cual llegó a referirse a él, en una extraña mezcla de burla y envidia, como “el padrote”.  El gobierno respondió en ocasiones a esa cobertura noticiosa con histeria.  El Departamento de la Familia se interpuso entre la relación de padres e hijos.  Al así comportarnos como sociedad, pasamos por alto que nuestro historial como pueblo en defensa de la institución familiar no es, precisamente, el que debiera ser.
Al menos desde el siglo 19, el Pueblo de Puerto Rico ha tenido que confrontarse a sí mismo con crisis en las relaciones inter-familiares que persisten al día de hoy.  Aquel Puerto Rico, que muchas veces recordamos con nostalgia colectiva, era un país agrario y rural en el que el principal capital era la producción agrícola.  Era la época de las grandes familias extendidas que incluían frecuentemente parejas con más de una decena de hijos, por no hablar de otros parientes cercanos.  Muchos de esos niños no llegaron tan siquiera a la adolescencia.  Los que sí llegaban, pasaban desde temprano a trabajar junto a sus padres y parientes en las labores agrícolas para su subsistencia.  La desnutrición, los parásitos, la temible tisis, y hasta en ocasiones el abuso o el abandono de los padres, mantenían a la muerte cebada de juventud malograda.
A la mujer puertorriqueña de la época no le iba mucho mejor, como lo atestiguó con su obra literaria el gran escritor Manuel Zeno Gandía.  Citada con aprobación como testimonio de la época por el propio Tribunal Supremo de Puerto Rico, La charca puso al descubierto el trato abusivo hacia las mujeres por parte de sus parejas.
El Puerto Rico de la segunda mitad del siglo 20 y principios del 21 ha logrado superar en gran medida las limitaciones de salubridad que tronchaban las vidas de nuestros niños.  Pero otros problemas, como el maltrato a los niños y la violencia doméstica, todavía medran y perduran como productos de esas visiones de antaño que ven a la mujer, o al hombre, como una propiedad de la cual se puede disponer, y a los hijos nacidos como una responsabilidad que se debe evadir.  La diferencia fundamental entre aquel Puerto Rico del siglo 19 y el que conocemos hoy en día, es que estas tragedias familiares ya no pasan por desapercibidas o hasta justificadas.  Atrás quedó la gran regla de que “de eso no se habla”.
Basta con examinar las estadísticas para corroborar la enorme cantidad de niños desprovistos de manutención por padres y madres que los abandonan, por no hablar de aquellos que resultan víctimas de abusos de toda índole.  Día tras día, en los tribunales de nuestro País se ventilan decenas de casos en que los niños son víctimas de sus propios padres, ya sea por no pagarles la pensión alimentaria correspondiente, o porque se les usa como armas con las cuales herir o destruir al ex-cónyuge.  Día tras día, se ventilan por igual situaciones de violencia doméstica que, en ocasiones, culminan con una muerte, usualmente, la de una mujer.
Es por este bagaje que como sociedad cargamos que resulta chocante el juicio moral que sobre la familia de William Elías Rodríguez hemos dejado caer.  Sin que implique en momento alguno que los adultos que componen ese núcleo familiar estén libres de responsabilidad por otros actos, no deja de ser significativo que su carácter “noticioso” se derive de que tres mujeres y un hombre puedan compartir una relación matrimonial, sin que medien los consabidos y cotidianos rituales de celos, violencia doméstica y muerte a los que nos hemos acostumbrado como pueblo.
En una sociedad en que el abandono y maltrato de nuestros niños es cosa horripilantemente común, resulta ser una suprema ironía el que se estigmatice a aquél que se hace responsable y cría a más de una decena de hijos.  Aparte de que el Estado no ha podido justificar el privar a William Elías y a sus compañeras de la custodia de sus hijos, basta con rememorar aquella inolvidable escena de esos niños saltando de alegría al recibir de vuelta en casa a su padre tras la intervención de las autoridades que los habían separado.
Si aspiramos a un Puerto Rico mejor, quizás esta “familia diferente” puede ofrecernos algunas lecciones sobre cómo lograrlo, rompiendo así con moldes culturales que por siglos nos han aprisionado.  Al fin y a la postre, todos hemos sido niños y a ellos pertenece, y se merecen, el Reino de los Cielos.

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