sábado, 17 de diciembre de 2011

El ave fénix

La demostración pacífica que los seis puertorriqueños Luis Sánchez, José Rivera, María Rodríguez, Luis Enrique Romero, Ramón Díaz y Eugenia Pérez efectuaron en el hemiciclo de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, es el evento más significativo en torno a nuestra situación colonial que ha ocurrido desde las elecciones de noviembre de 2008. Su acto de desafío trae eco de eventos similares, acontecidos más de medio siglo antes.
El 1 de marzo de 1954, los nacionalistas Dolores “Lolita” Lebrón Sotomayor, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero, condujeron una demostración armada en ese mismo hemiciclo. Cinco representantes terminaron heridos. Como resultado, los nacionalistas fueron condenados a décadas de prisión. En cierto sentido, fue al momento de sus condenas que los nacionalistas comenzaron su verdadera lucha contra el gobierno colonial de los Estados Unidos sobre Puerto Rico. Vale la pena recordarlo.
El sistema penal estadounidense contiene mecanismos que contemplan en la mayoría de los casos la excarcelación de sus prisioneros antes de la extinción de la totalidad de la condena impuesta. Estos mecanismos de liberación temprana que el sistema le ofrece a los confinados, jurídicamente considerados como “privilegios”, parten de la noción de que los prisioneros “cooperarán” con las autoridades, aceptando sus reglas de juego en términos de mostrar buen comportamiento y arrepentimiento por su conducta pasada.
Los nacionalistas no siguieron las reglas del juego, al menos en lo que al arrepentimiento concierne. Su continuo desafío al sistema legal estadounidense se concretizó cuando, tras décadas de presidio, se negaron a solicitar la reducción de sus condenas carcelarias. Su negativa a mostrar arrepentimiento a cambio de su libertad, eventualmente causó una crisis que comenzó a manifestarse bajo la administración del presidente Gerald Ford (1974-1977) y que culminó bajo el gobierno de James Earl “Jimmy” Carter (1977-1981).
La lucha pasiva de los nacionalistas causó la intervención del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, primero bajo Ford y luego bajo Carter, para encontrar una solución a lo que se estaba convirtiendo en un creciente problema doméstico e internacional. Entidades dentro y fuera de los Estados Unidos – desde asociaciones comunitarias estadounidenses hasta la Organización de Países no Alineados – reclamaron la liberación incondicional de los nacionalistas. La llamada mayor democracia del mundo se encontró así en la embarazosa situación de negar que tuviese en sus cárceles a prisioneros políticos. Para escapar de la crisis, el gobierno estadounidense maniobró en 1979 para conmutar las condenas de los nacionalistas a lo hasta entonces cumplido, alegando razones puramente humanitarias. De paso, negoció secretamente con el gobierno de Cuba la liberación de prisioneros estadounidenses de las cárceles cubanas. Una de las muestras más extraordinarias de resistencia pacífica en el siglo 20, culminó con un intercambio de prisioneros entre los democráticos Estados Unidos y la comunista Cuba, confirmándose así que los nacionalistas eran, en efecto, prisioneros políticos.
Mientras los nacionalistas libraban su propia lucha en las entrañas del sistema jurídico y carcelario de los Estados Unidos, en Puerto Rico el independentismo, el movimiento descolonizador más poderoso durante las décadas de 1930 y 1940, comenzó a erosionarse a partir de la proclamación del actual modelo colonial que conocemos como el Estado Libre Asociado. Como discutimos en una columna anterior (“La mordaza”), desde la década de 1950 el independentismo como fuerza de liberación pasó por un vía crucis hasta su pasión y muerte en las elecciones de noviembre de 2008. Producto en principio de la persecución por el gobierno colonial que logró reducirlo a un pigmeo electoral, el independentismo de las últimas décadas se ha distinguido por luchas intestinas entre diversas facciones y su atrincheramiento en otras causas (la corrupción gubernamental; el medio ambiente) para intentar sobrevivir como fuerza política, electoral e ideológicamente. La soberanía nacional como meta pasó así a ser un actor secundario, si acaso.
Por el contrario, el aplastante retorno al poder del anexionismo tras las elecciones de noviembre de 2008, junto al simultáneo inicio de la era de Barack Hussein Obama en los Estados Unidos, parecieron sugerir el surgimiento de la mejor oportunidad jamás vista para convertir al territorio no incorporado de Puerto Rico en el estado 51 de la Unión. Los tradicionales obstáculos a la estadidad, después de todo, ya no lucen tan formidables como antes. El racismo y el uso obligatorio del idioma inglés, por ejemplo, parecen perder terreno ante la realidad de la elección de un presidente negro, y la transformación de la tradicional sociedad estadounidense (blanca, anglosajona y protestante) por motivo de las masivas migraciones de latinoamericanos hacia esa nación.
Contrario a lo que cabría esperar bajo esta coyuntura, sin embargo, el anexionismo está dando muestras de una actitud colonial. Sólo ello explica sus condenas a la mención de la situación de Puerto Rico durante la reciente reunión de países en Trinidad y Tobago (sosteniendo que se trata de un asunto “doméstico”) y a la demostración pacífica de los seis boricuas en Washington (argumentando que ello “entorpece” las negociaciones con los Estados Unidos).
Esta situación actual es lo que coloca en su justa perspectiva el dramático impacto de la reciente gesta de los humildes compatriotas en el Congreso estadounidense, emuladora de la de los boricuas de 1954. Como la ave mitológica griega que da título a esta columna, el independentismo como movimiento de liberación ha renacido de sus cenizas, con otra sencilla pero elocuente disposición al sacrificio personal mediante métodos pacíficos. Enhorabuena.

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