sábado, 17 de diciembre de 2011

El cadáver, y la crisálida

El nuevo y aplastante ascenso al poder del anexionismo en Puerto Rico, en unión a un cambio en el mapa político en los Estados Unidos que parece favorecer la estadidad como opción descolonizadora, han colocado al Partido Popular Democrático en una encrucijada que decidirá su futuro como agrupación política. Hablemos de ese futuro, reflexionando sobre el pasado.
Entre los partidos políticos hoy en día existentes en Puerto Rico, el PPD es el más antiguo. Fundado en 1938 y con una orientación originalmente independentista, el PPD se convirtió a partir de las elecciones de 1944 en la fuerza política dominante. Ya para ese mismo período, el partido fundado por Luis Muñoz Marín, bajo el lema de levantar al País de la pobreza extrema en que yacía, había comenzado su tránsito de instrumento de liberación nacional, a defensor de la situación de sumisión colonial que aún hoy en día padecemos.
Durante las décadas de 1950 y 1960, el absoluto dominio electoral del PPD promovió la industrialización de Puerto Rico. Nuestra población migró del campo a los centros urbanos del País, o a los Estados Unidos. En lo que ha sido llamado certeramente como un proceso de “industrialización por invitación”, el PPD dependió del establecimiento en nuestro suelo de empresas manufactureras estadounidenses, atraídas por la política de incentivos económicos en forma de exenciones contributivas y otras facilidades de infraestructura.
Pero por sobre todo, el PPD ha cumplido el papel de guardián y asegurador del sistema colonial que, “con el carácter de un convenio”, se transformó en el Estado Libre Asociado a partir de 1952. Heredero de las políticas represivas que introdujeron los gobernadores estadounidenses, la llamada agrupación autonomista trabajó a favor de la estabilización de la situación interna puertorriqueña, con miras no tan sólo en procurar un mayor bienestar económico para la población en general, sino además en beneficio que esa misma estabilidad suponía para las empresas industriales y comerciales metropolitanas y, muy especialmente, el estamento militar estadounidense.
En su clásica obra “El Príncipe”, el filósofo italiano Nicolás Maquiavelo razonó que, para mantener el poder, era preferible para el gobernante ser mas bien temido que amado por su pueblo. El miedo, nos explica Maquiavelo, es un sentimiento mucho más poderoso y duradero que el afecto de los gobernados y es, por consiguiente, una herramienta harto más efectiva para asegurar la fidelidad ciudadana al gobernante, que cualquier muestra de agradecimiento o afecto.
De esa misma manera, y para cumplir su ingrata misión de preservar nuestro estado de sumisión colonial, el PPD ha dependido históricamente del miedo, más que de ninguna otra herramienta. A la cruenta represión del independentismo con la llamada “Ley de la mordaza”, le han seguido discursos que hacen hincapié en el miedo, para desalentar la preferencia de nuestro Pueblo por fórmulas descolonizadoras. Así, se nos enseñó a temer la independencia, porque la misma traería hambre, miseria, anarquía y comunismo. Se nos enseñó a temer la anexión, porque ésta traería la desaparición de nuestra cultura y nuestro idioma, por no hablar de la llegada de las contribuciones federales.
A su vez, el PPD nos presentó al ELA como “lo mejor de dos mundos”, lema con el cual triunfó en la consulta plebiscitaria de 1993. Conforme vimos en dos columnas previas (“Recomposición colonial y la lucha por los símbolos”, partes I y II), la supervivencia del régimen colonial ha dependido además, y cada vez con mayor necesidad, de presentarse ante el Pueblo puertorriqueño como la fórmula mágica que nos permite ser algo que no somos. Podemos jugar a la república, sin serlo, con nuestros certificados de ciudadanía boricua, nuestro equipo olímpico, nuestras reinas de belleza. Podemos igualmente jugar a ser un estado norteamericano, sin serlo, con nuestra ciudadanía estadounidense y los fondos federales de subsistencia.
Dependiendo de hacia donde soplen los vientos, el PPD ha remado en la dirección contraria para preservar el estado de sumisión colonial. Ello explica la búsqueda del voto presidencial bajo la gobernación de Luis Muñoz Marín (1949-1964), la hispanofilia de la administración de Rafael Hernández Colón (1985-1992), las políticas de apaciguamiento a la Marina de Guerra estadounidense durante el gobierno de Sila María Calderón Serra (2001-2004), y la política de “indiferencia-amor-odio”, bajo la administración de Aníbal Acevedo Vilá (2005-2008) (veto al proyecto legislativo para exigir la descolonización del País – colaboración con el FBI en el martirio de Filiberto Ojeda Ríos – reclamo de soberanía a raíz de las acusaciones criminales del gobierno estadounidense).
Es con esta pesada carga que, el movimiento que dice ser continuador del gran Román Baldorioty de Castro, debe hoy enfrentar la realidad de una relación colonial que se termina. El ELA es el gran cadáver insepulto, desprovisto de los pilares que en su día justificaron su existencia (“defensa” y “mercado” comunes). Sólo le queda el miedo. El miedo, ese potente sentimiento que, de tanto promocionarlo, el PPD ahora tendrá que superar, so pena de compartir eventualmente la sepultura. Y para lograrlo, tendrá que abandonar el cadáver, como la mariposa se desprende de la crisálida.

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