sábado, 17 de diciembre de 2011

El complejo inglés

“Guaynabo City”. “San Juan City Police”. Ahora, “Downtown Guayama”. Si usted pasó por el Viejo San Juan allá para septiembre de 2008, quizás habrá notado que el recién remodelado Teatro Tapia, bautizado así en honor de una de las más grandes figuras que ha dado este País, exhibía un anuncio que rezaba “Opening October 2008”. Prepárense. Está de vuelta el complejo inglés.
Uno de los primeros encontronazos de Puerto Rico con el complejo inglés ocurrió en 1824, cuando unos doscientos soldados de la marina de guerra de los Estados Unidos, comandados por el comodoro David Porter, invadieron a Puerto Rico por el Este, tomando el pueblo de Fajardo y exigiendo una disculpa de las autoridades coloniales españolas por el apresamiento de un militar estadounidense. Este acto de agresión resultó en un escándalo internacional que vino a ser conocido como “the Foxardo affair”. En efecto, y por no poder o querer aprender a pronunciar “Fajardo”, los estadounidenses optaron por llamarlo “Foxardo”.
El acto de agresión que resultó ser el “incidente Foxardo”, ha cobrado luz histórica de la mano del historiador y periodista Jesús Dávila. El suceso redundó en un proceso de corte marcial contra el comodoro Porter, quien sin embargo disfrutó de un amplio apoyo de la prensa estadounidense, la cual alabó su “gesto galante” de haber defendido la dignidad de los Estado Unidos al hacer pagar a las autoridades españolas en “Foxardo, Porto Rico”.
“Porto Rico”, por supuesto, es otro caso del complejo inglés que ya fue tratado en un par de columnas anteriores (“Porto Rico y la americanización”; “De Porto Rico a Puerto Rico”). En términos simples, la ascensión de los Estados Unidos como nuevo poder colonial sobre nuestro País trajo como resultado que desde 1900 y hasta 1932, se nos denominara en el Continente como “Porto Rico”. Uno de los resultados de ese cambio de nombre lo fue la fundación por un grupo de puertorriqueños de un diario escrito en inglés y titulado “Porto Rico Progress”, dando así inicio a una modalidad criolla del complejo inglés que, al igual que hoy, identifica el progreso material con el idioma anglo-sajón.
Gran defensor del movimiento de “americanización” que los Estados Unidos impuso sobre Puerto Rico, el “Porto Rico Progress” llegó al extremo de proponer el uso de la violencia contra los opositores a ese proceso que pretendía sustituir el idioma español y los valores puertorriqueños, por los de la nueva metrópoli. En su edición de marzo de 1915, ese diario expresó que no sería de sorprenderse si el “Tío Sam” se decidiera “en favor del uso del látigo, en lugar de la persuasión moral, para americanizar la Isla”. Afirmó además que era necesario que el Congreso de los Estados Unidos le confiriese al Comisionado de Instrucción (que era estadounidense), poderes absolutos para prevenir los “disturbios” que atentaban contra la americanización del País.
Al lamentarse en mayo de 1932 del restablecimiento de nuestro nombre, el “Porto Rico Progress” aseguró que era “dudoso” que ese cambio tuviese inmediata aceptación en nuestro País. Expresó ademas que “Porto Rico está tan acendrado en la mente de los usuarios del nombre de la Isla, que ellos tendrán dificultad en usar la pronunciación restaurada”. “Además,” continuó afirmando, “la pronunciación americanizada forma parte de nombres corporativos, de títulos y expedientes a tal punto que nunca será cambiado o erradicado por completo”. Un lector, de nombre J. M. Toro Nazario, llegó incluso a sostener en junio de 1932 en una carta al “Porto Rico Progress” que “es bastante seguro afirmar que en cierta medida es Puerto Rico la forma corrupta de nuestro nombre”. Como todos sabemos, la Historia se encargó de borrar esas predicciones y lamentos. El Pueblo de Puerto Rico sobrevivió el régimen de americanización, y “Porto Rico” quedó atrás en el olvido.
La nueva generación de expresiones en el idioma inglés que ahora observamos responde a motivaciones similares a las de los ejemplos históricos aquí discutidos. Para este complejo inglés en su vertiente criolla, el idioma español es un obstáculo, tanto para que los estadounidenses nos entiendan, como para el nuevo fomento de la americanización del País. Debemos entenderlo como la preferencia nuevamente por el toro blanco americano, por encima de nuestro negro Josco. Es como “mejorar la raza”, en términos culturales, en tanto el inglés facilita, y el español estorba.
El sesgo irónico detrás de todo esto, por supuesto, es que los Estados Unidos evolucionan hacia un uso cada vez más extendido del idioma español en sus espacios públicos. El movimiento del “English Only” en ese país no nace por mera casualidad, sino como reacción de alarma ante una sociedad cambiante, en la cual los hispano hablantes son cada vez más. Ello hace evidente lo obtuso del resurgimiento del complejo inglés criollo el cual, si no se detiene, podría terminar proponiendo que volvamos al “Porto Rico” de antaño o, mejor aun, “Pororico”, para facilitar su pronunciación y entendimiento a nuestros conciudadanos del Norte. La ciudad del Este se convertiría finalmente en “Foxardo”, y la Sultana del Oeste sería rebautizada como “Mayawest”.

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