domingo, 25 de diciembre de 2011

El ELA que se nos va... (Parte III): El “Skeleton Crew” y la soberanía

Como hemos intimado en columnas previas, el independentismo como opción descolonizadora está probablemente en su peor momento desde que en septiembre de 1868 el gobierno español suprimió el alzamiento nacionalista conocido como Grito de Lares. Hacia dónde se dirige, está por verse.
El deterioro del independentismo en tiempos modernos comenzó, por supuesto, con su persecución y represión sistemática durante la hegemonía virtualmente absoluta del Partido Popular Democrático (1944-1968), en colaboración con el Negociado Federal de Investigaciones (mejor conocido como el FBI) y la Inteligencia Naval de la Marina de Guerra estadounidenses. Ese constante declinar, sin embargo, no se detuvo con el paulatino ascenso del anexionismo. No obstante incidentes tales como la ejecución de Arnaldo Darío Rosado y Carlos Soto Arriví en el Cerro Maravilla en 1979, lo cierto es que el independentismo ha tenido sus mejores oportunidades de recuperación bajo los gobiernos del Partido Nuevo Progresista, muy en especial durante los años en el poder de Pedro Rosselló González (1992-2000).
El gobierno de Rosselló González hizo florecer, como nunca antes, el debate y final reconocimiento de Puerto Rico como una nación. Vio además la rehabilitación histórica del independentismo por nuestro Tribunal Supremo (mediante el conocido “caso de las carpetas”) y el retorno del liderato del Partido Independentista Puertorriqueño, muy en especial de su presidente Rubén Berríos Martínez, a su infancia y juventud de luchas durante la extraordinaria gesta contra la Marina de Guerra en Vieques (1999-2001).
No cabe duda de que la estrategia histórica del PIP bajo Berríos Martínez durante las décadas de 1970 y 1980 (guerra sin cuartel al PPD como principal promotor del régimen colonial, por un lado, combinado con el argumento de que el racismo en la sociedad estadounidense hacía imposible la estadidad, por el otro) fue la correcta para dicho período. Mas la evolución de las sociedades puertorriqueña y estadounidense y del ordenamiento mundial en general a partir de la década de 1990, comenzó a desgastar y a hacer obsoleta la estrategia pipiola. Su primer gran indicio tuvo lugar en los desastrosos resultados (para la independencia como opción) del plebiscito de 1998. A su vez, la fragmentación del independentismo y su explotación electoral por su viejo pero todavía poderoso enemigo, el PPD (“melones”, “pivazos”), convirtieron al PIP – en palabras que tomo prestadas del ex juez asociado del Tribunal Supremo Jorge Díaz Cruz – en “un pájaro prehistórico desvelado ante una ecología transformada”.
Al día de hoy el estado del independentismo como opción política es tan ruinoso, que incluso sus analistas o representantes son despedidos de programas de análisis radiales, o no son tan siquiera considerados en la creación de programas radiales nuevos. En efecto, el circo de tres pistas ahora se corre con dos. Las menguantes fuerzas de pipiolos y otros grupos independentistas no alcanzan ya para impulsar movimientos huelguistas de masas. Como sal en una herida abierta, el FBI dio muerte a Filiberto Ojeda Ríos en plena conmemoración del Grito de Lares en 2005. El pitiyanquismo cunde en los municipios controlados por el anexionismo, al punto de olvidar oficialmente el alzamiento de 23 de septiembre de 1868 y convertir a Lares en una ciudad “de cielos abiertos”.
La irrelevancia amenaza con tragarse a un independentismo que, como las partidas en el 2010 de Lolita Lebrón y Juan Mari Bras ilustran, carece de relevos generacionales en su liderato. A falta de una expresión más descriptiva en español, el PIP ha perdido paulatinamente su masa electoral, quedándose apenas con un skeleton crew empeñado en atenerse al discurso obsoleto de una independencia que ya no es asequible, ante la nueva ecología mundial de países interdependientes.
Conforme al pensamiento del conocido sociólogo estadounidense Immanuel Wallerstein, la visión del mundo en términos políticos ha cedido a una en que la cultura es un eje central en las relaciones internacionales. Por ende, en un planeta en que, en términos estrictamente económicos, los Estados Unidos depende del financiamiento chino y en el que China depende de las materias primas que le provee Brasil (por dar un ejemplo sencillo), el independentismo necesita dejar atrás su propia denominación para adaptarse al escenario mundial que nos presenta el siglo 21, de manera que podamos como pueblo preservar nuestra identidad cultural.
Para lograr ese objetivo, la expresión clave ya no es independencia; es soberanía.

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