domingo, 18 de diciembre de 2011

El gobernador pasmado

En agosto de 2008, vaticiné desde este espacio el arrollador triunfo del Partido Nuevo Progresista en las elecciones generales de ese año (“Puerto Rico, año 2009 (I)”).  Mi columna siguiente (“Puerto Rico, año 2009 (II)”) ha fallado, hasta ahora, en su vaticinio de que Luis Fortuño Burset se convertiría en el gobernador más poderoso desde los tiempos de Luis Muñoz Marín.  Veamos por qué.
El triunfo electoral obtenido en el 2008 por el PNP de la mano de Fortuño Burset sólo es comparable a los logrados por el Partido Popular Democrático de Muñoz Marín a mediados del Siglo 20.  Su gestión en la gobernación, sin embargo, ha sido hasta ahora frustrante, tanto para el gobernante como para los gobernados. La gestión del incumbente actual se percibe como una atascada en medio de una crisis económica seria.  La diferencia con la era de Muñoz, que yo no tomé en cuenta, estriba en que la dinámica de la política puertorriqueña no es la misma de décadas atrás.  Lo que estamos presenciando es la “calderonización” de la administración de Fortuño Burset.
Si hacemos memoria colectiva de hace apenas unos años atrás, encontraremos que la entonces gobernadora Sila M. Calderón Serra (2001-2004) enfrentó una situación muy similar a la que hoy confronta el incumbente de la Real Fortaleza de Santa Catalina.  La crisis económica que hoy enfrenta Fortuño Burset desde los inicios de su administración, tuvo su equivalente en la de Calderón Serra: la lucha contra la Marina de Guerra en Vieques.  Ambos gobernantes primerizos se encontraron con situaciones heredadas y de carácter extraordinario, capaces de robar la atención y energía de la nueva administración.  Una situación similar, si rememoramos un poco más atrás, le tocó enfrentar a un joven Rafael Hernández Colón (1973-1976) a raíz del embargo petrolero de 1973.
La semejanza más importante entre las administraciones de Calderón Serra y Fortuño Burset, y que explica por qué la de este último está siendo “calderonizada”, estriba en que ambos gobernantes vieron y ven su liderato y capital político en proceso de rápida erosión, no por la fiscalización de la oposición política, sino por la de sus propios partidos.  La llegada al poder de Calderón Serra en el 2000 estuvo precedida de un álgido proceso primarista por la candidatura a la comisaría residente que enfrentó a la futura gobernadora con Hernández Colón; el último gran caudillo político del Siglo 20.
Aunque victoriosa en el proceso primarista y en la elección general, Calderón Serra llegó a la gobernación con un PPD comprometido por luchas internas que rápidamente minaron su viabilidad para revalidar en las elecciones del 2004.  Su administración dio síntomas de colapso prácticamente desde el principio, debido a sus dificultades para llenar las plazas de su gabinete y las constantes renuncias de sus funcionarios.  El episodio emblemático del debilitamiento de la gobernadora lo sería el fracaso de la nominación del abogado Ferdinand Mercado Ramos a la presidencia del Tribunal Supremo, a manos de Hernández Colón.  Ni siquiera el retorno político de Pedro Rosselló González (“que vergüenza para el Pueblo de Puerto Rico”) fue suficiente para detener la debacle electoral que sus encuestas internas le deben haber anticipado y que las elecciones del 2004 virtualmente confirmaron.  Por primera vez en la historia electoral puertorriqueña, una gobernante anunció al País en el 2003 su renuncia a buscar la reelección para un segundo término.
El camino seguido por Fortuño Burset a la gobernación, como sabemos, conllevó un igualmente doloroso proceso primarista con Rosselló González.  Su asunción al poder fue, pues, precedida por el surgimiento de un PNP más poderoso, electoralmente hablando, que nunca antes, pero menos comprometido con seguir los dictados de su líder principal una vez alcanzado el poder.  Si se observa con detenimiento la dinámica política actual, se advertirá que los señalamientos e insinuaciones más genuinamente dañinos a la imagen de Fortuño Burset provienen del propio PNP, mientras el PPD se limita a jugar un papel mas bien de segunda voz, tanto por su maltrecho estado electoral tras los comicios de 2008, como por esperar beneficiarse de las luchas de poder dentro del partido oficialista.  La oposición partidista es casi inexistente; lo que prevalece es la oposición intra-partidista.
Lo que distingue la lucha intra-partidista de la tradicional confrontación entre partidos a la que hemos estado acostumbrados, es que consiste en el ataque indirecto, la insinuación, el inuendo, en lo que popularmente conocemos como “la puya”, “el cuchillo de palo” y “la peleíta monga”.  Todo ello dirigido a desangrar poco a poco la figura del incumbente de turno, a la vez que se evitan las imputaciones de divisionismo interno, con miras a frustrar así sus aspiraciones a un segundo término.
La gran lección del proceso histórico que estamos viviendo, es que el período del caudillismo político que Puerto Rico vivió desde finales del Siglo 19 con Luis Muñoz Rivera y José Celso Barbosa, murió con el retiro de Hernández Colón de la política activa.  La democratización interna del PPD y el PNP que son las primarias, ha fortalecido a ambas agrupaciones en términos electorales, a costa de la imagen del llamado “líder máximo”.  La nueva política puertorriqueña parece así inclinarse a que los partidos controlen el gobierno durante dos cuatrienios, pero con gobernadores distintos para cada uno.
Es todavía posible que el gobernador Fortuño Burset sobreviva las circunstancias extraordinarias en que le ha tocado dirigir el País, evitando así la “calderonización” de su mandato que haga de él el próximo gobernador pasmado.  Pero no será fácil, y no será hasta probablemente el 2011 que sepamos si el proceso de sangrado por el que pasa tendrá éxito, o no.

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