domingo, 25 de diciembre de 2011

El “relajo” de la “Comay”

Allá para el año 2005, el analista político Luis Dávila Colón publicó desde estas mismas páginas una columna titulada “El poder de la Comay”. Un lustro más tarde, me propongo explicar la longevidad de ese poder.
El personaje de la “Comay”, figura central del programa “SuperXclusivo” que produce y anima su creador Antulio “Kobbo” Santarrosa, lleva años ocupando primeros lugares, cuando no el primero, en la televisión puertorriqueña. Tratándose de un programa con más de una década transmitiéndose en horario estelar de lunes a viernes, su durabilidad en el tope de las preferencias debe parecer asombrosa, especialmente si se tiene en cuenta que en su horario ha competido y compite con noticiarios y hasta con programas de temática similar.
Si la imitación es la muestra más sincera de admiración, entonces la creación de Kobbo Santarrosa es admirada casi universalmente en Puerto Rico. Lo mismo competidores, que periodistas, que adversarios, han adoptado expresiones y refranes de la famosa muñeca. Usted puede incluso escuchar a policías, periodistas y abogados condicionar lo que van a expresar con la muletilla del “aparente y alegadamente”. Pero donde hay admiradores, también hay enemigos, incluyendo una página en la red social cibernética “Facebook” que hace un llamado a formar un frente unido contra la “Comay”, sin mucho éxito, por cierto.
Conforme a Dávila Colón, grandes sectores de la prensa aborrecen igualmente a la “Comay”, tanto por la competencia que les representa, como porque parece gozar de mayor credibilidad ante la opinión pública. Según el citado analista, “Lograr que un show de esa naturaleza se convierta en el primer programa del país, produciendo sumas millonarias de ingresos, es además un poema que habla toneladas sobre nuestra gente, nuestra cultura y nuestros tiempos”. Para explorar esta expresión, es necesario que retrocedamos someramente... tres siglos atrás.
De acuerdo a los estudios de historiadores como el español Ángel López Cantos, el aún poco conocido Puerto Rico del siglo 18 era un asentamiento colonial profundamente dividido en términos sociales, económicos, y raciales. Una minoría blanca y refinada (o que al menos pretendía serlo) y de origen esencialmente español, luchaba por mantener a raya y bloquear el ascenso social de la creciente mayoría de hombre y mujeres pardos que ya se sentían puertorriqueños. El abismo social permitió a esa clase minoritaria pero dominante controlar un aspecto fundamental de la situación colonial existente: los medios de comunicación. Aparte de que el gobierno poseía o censuraba los pocos medios de prensa escrita existentes hasta finales del siglo 19, para colmo sólo las personas de alta sociedad, del gobierno o del clero sabían leer y escribir.
Un vistazo a los medios informativos del Puerto Rico de finales del siglo 19 y la primera mitad del 20, revela una prensa escrita muy distinta a la que hoy en día conocemos. La misma estaba controlada por, y dirigida a, las llamadas “personas de bien”, de “alta cultura” y de “buenas costumbres”. La masa pobre – la inmensa mayoría del País para aquella época, carecía lo mismo de medios económicos para adquirir los periódicos (principal vehículo informativo de esa época), que de la educación mínima necesaria para leerlos y, por ende, contribuir a la formación de la opinión pública.
El asentamiento del poder colonial estadounidense, muy en particular a partir de la década de 1940 que marcó el inicio de la era de Luis Muñoz Marín, cambió radicalmente este panorama. En un período relativamente corto de tiempo y gracias al proceso de industrialización y a una política agresiva de alfabetización, el Puerto Rico de la segunda mitad del siglo 20 se transformó en el que conocemos hoy en día: una sociedad mucho más igualitaria que la de antaño, con una gran clase media e incluso una clase pobre educada y con un poder adquisitivo como sus antecesores jamás soñaron disfrutar. La entrada en escena de esas clases media y pobre, alteraron a su vez dramáticamente la naturaleza y función de los medios informativos.
Conforme al historiador boricua Fernando Picó, una de las características culturales que han distinguido esas masas pobres de antaño que conforman al presente la nación puertorriqueña, lo es el uso del relajo. De acuerdo a Picó, el relajo es una forma de resistencia individual y comunal que nuestros antepasados crearon y cultivaron como arma contra la autoridad, a los fines de ridiculizar y desprestigiar a las figuras de poder incluyendo, por supuesto, a las “personas de bien”. El historiador sostiene que en nuestra formación cultural presente, el relajo es un sentimiento y un arma igualitaria, que se especializa en caricaturizar el esnobismo de las clases altas.
Con la transformación de la sociedad puertorriqueña, formas de ser de nuestras clases populares como el relajo se han insertado en nuestros medios informativos. Éstos ya no son el monopolio de las clases altas, en la medida en que nuestro presente nos permite a todos leer y escribir, lo mismo que escuchar la radio o ver la televisión. Es este ascenso de las masas populares (y su creciente poder adquisitivo) lo que ha transformado nuestros espacios informativos y explica cómo una muñeca como la “Comay”, de facciones poco finas, gestos estridentes y que toca temas polémicos, ha dejado sin respiración a los ofrecimientos “culturales” y de “buen gusto” que apenas sobreviven en las emisoras gubernamentales.
Por eso, el relajo, el gufeo y la cafrería, llegaron a nuestros medios para quedarse, nos caiga bien la “Comay”, o no.

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