domingo, 25 de diciembre de 2011

En torno a la cafrería de un boricua apodado “Sunshine”

A principios del siglo 16, una barcaza negrera atracó en el improvisado y primitivo puerto que suplía de abastos a la isla de San Juan Bautista. Debido a la creciente escasez de mano de obra taína y los llacimientos de oro en la isla de San Juan, la corona española autorizó la importación a dicha colonia de los primeros esclavos africanos. Fue así como, en los mismos inicios de la colonización por España de la isla de San Juan, llegaron a nuestras costas los jelofes.
Para esta columna, dependeremos esencialmente de la importante contribución de los historiadores Jalis Sued Babillo y Ángel López Cantos, “Puerto Rico negro”. Conforme a sus hallazgos, los primeros esclavos africanos que arribaron a nuestras costas durante la primera década del 1500 fueron los “ladinos”, llamados así por haber pasado su esclavitud inicial en España, donde aprendieron castellano y profesaban el catolicismo. Entre esos primeros ladinos que llegaron a la isla de San Juan figuraban, como antes dicho, los llamados jelofes. Los jelofes (o wolofes) eran un pueblo procedente de lo que hoy en día se conoce como Senegal, donde por influencia árabe se habían convertido al islam.
Aparte de sus creencias religiosas, los jelofes eran un pueblo sofisticado, con una cultura compleja que los distinguía de otras etnias africanas. Eran además un pueblo guerrero, como los colonos españoles de las islas de San Juan y Santo Domingo pronto descubrieron cuando, en 1514 y 1522 respectivamente, los jelofes ladinos protagonizaron los primeros alzamientos de esclavos en la historia americana. Fray Bernardino de Manzanedo, un fraile promotor de la esclavitud en las Antillas, argumentó en contra de seguir enviando esclavos ladinos a esas tierras, sosteniendo que no se podía contar con los “criados en Castilla, porque salen muy bellacos”. Para intentar prevenir rebeliones futuras, el imperio español optó por suplir sus colonias antillanas con esclavos importados directamente de África, conocidos como “bozales”.
Mas la apuesta de España a favor de suplir esclavos bozales a las Antillas probó ser fallida pues, al igual que en el caso de los ladinos, los traficantes esclavistas suplieron a los colonos españoles con jelofes. Estos esclavos bozales que comenzaron a llegar a principios del siglo 16, tenían la misión de reforzar la producción de oro de la isla de San Juan la cual, para aquellos tiempos, era la principal productora para España en todo América. Al igual que en la rebelión de 1514, los jelofes bozales pronto demostraron ser una amenaza real al régimen colonial. En 1527 ya habían reportes de “muchos indios y negros alzados”, presagio ominoso de la gran rebelión de esclavos que se desataría en o alrededor del año 1531, bajo la gobernación de Francisco Manuel de Lando. Una sucesión de tormentas tropicales devastaron la isla de San Juan, creando el caos necesario para propiciar una rebelión encabezada por los jelofes, quienes sembraron la muerte entre los colonos españoles. El gobernador De Lando suprimió el alzamiento con sangrienta eficiencia.
No le tomó mucho más a las autoridades coloniales para percatarse de la amenaza de los jelofes, a quienes llamaron “gente belicosa y mala de domar”. Ya en 1532, de la isla de San Juan llegaron solicitudes a la corona española para “que de esta nación no se consienta entrar negros en la isla por razón de ser gente belicosa y de mal sosiego”. La real orden de septiembre de 1532, específicamente dirigida a la isla de San Juan, tomó nota de que los jelofes “diz que son muy belicosos, soberbios, inobedientes y revolvedores e incorregibles”, imputándoles “que los que están pacíficos y son de otras tierras y de buenas costumbres los atraen a sí a sus malas maneras de vivir de que Dios nuestro señor es deservido y nuestras rentas reciben daño”. En 1534 el Cabildo de San Juan llegó al extremo de proponer el cese total de importación de esclavos, sosteniendo los colonos preferir a los indios caribes “caníbales” que a los “bulliciosos” y “belicosos” jelofes. Esta rebelión impactó agudamente la sociedad colonial de la época.
Sucede que los jelofes también eran conocidos como los “cafres”, que en árabe significa infiel. El vocablo “cafre” ha, pues, persistido en nuestra conciencia colectiva durante cinco siglos para referirse a quienes nos causan desagrado por su conducta o sus gustos. Esto fue así, al menos, hasta que en nuestros medios de comunicación irrumpió uno de los comediantes más geniales que la isla antiguamente conocida como San Juan ha parido: Emmanuel “Sunshine” Logroño. Conforme a los datos biográficos suministrados por Clarissa Santiago Toro en los archivos de la Fundación Nacional para la Cultura Popular en la Internet, en 1988 “Sunshine” Logroño estrenó un programa que muchos recordamos: “Sunshine’s Café”. Con el grito de guerra “!soy cafre, y qué!”, “Sunshine Logroño introdujo en nuestros medios un humor agudo y crítico tan bullicioso y belicoso como nuestros antepasados jelofes.
A pesar del éxito comercial del fenómeno cultural que fue “Sunshine’s Café”, su espacio en el aire tuvo que ceder ante los ataques por franquicias religiosas que eran objeto de su potente cafrería. El paso ya estaba dado, sin embargo, y la expresión “cafre” ha recuperado su verdadero significado: rebelde. Que no se nos olvide de nuevo.

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