sábado, 17 de diciembre de 2011

“...¡Guaybanex, un cuerpo!...”

Retornamos, de nuevo, a la mitología griega como punto de referencia. Dentro de la misma existían, por un lado, los dioses, y del otro, los llamados héroes. Esta columna es un breve homenaje a los héroes de la Historia puertorriqueña, a través de la recordación de varios eventos heroicos recientes.
Conforme a la mitología griega, los dioses regían el mundo desde las alturas del monte Olimpo, siendo una de sus características más importantes su inmortalidad. En el universo boricua, su equivalente serían nuestros próceres: seres humanos de antaño cuyos nombres adornan edificaciones y monumentos públicos, y de los cuales sólo conocemos algunas virtudes magnificadas y ningún defecto. De ahí, su reclamo de inmortalidad. El héroe mitológico griego, por el contrario, era aquel ser humano que dotado de coraje y valentía, realizaba hazañas que eran motivo de admiración y orgullo para sus congéneres.
En nuestro universo, los héroes boricuas son aquéllos entre nosotros que, sin importar su humilde condición, se destacan por sus logros, obtenidos a base de su esfuerzo, su talento y su valentía. Sus gestas individuales las hacemos nuestras, provocando así el orgullo del colectivo nacional puertorriqueño. El deporte es, tal vez, el campo en que más héroes nacionales hemos tenido. No obstante, y salvo contadas excepciones como Roberto Clemente, nuestro colectivo tiende a relegarlos al olvido, una vez transcurrida la emoción del momento. Sirva esta ocasión para rememorar tres de los momentos y personajes más memorables y heróicos que el que escribe recuerda, por haberlos vivido personalmente.
Febrero de 1979. Rimini, Italia. Con su rostro desfigurado y ensangrentado, un todavía desafiante Alfredo “El Salsero” Escalera sale a enfrentar en los asaltos finales a otra leyenda del boxeo, el nicaragüense Alexis Argüello. Para aquellos que vimos la pelea en vivo, resulta imposible olvidar lo que para el que escribe resultó ser la muestra más grande de coraje y valentía que haya podido ofrecer un compatriota en el campo deportivo. Aun cuando perdió esa memorable contienda, la mirada de El Salsero hacia su oponente, impresionante y precisa a pesar de los moretones y la sangre que cubrían su rostro, sigue viva en mi memoria treinta años después.
Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1982. La Habana, Cuba. Una joven boricua de piel negra y conocida simplemente como Angelita Lind, carga virtualmente sobre sus hombros al País entero, nada más y nada menos que en el propio “gallinero” de la gran potencia deportiva de América Central y el Caribe, Cuba. Aparte de las medallas doradas y marcas nacionales y regionales logradas por la también conocida como “el Ángel de Puerto Rico” en esa y otras competencias, su momento más memorable lo sigue siendo su colisión y caída junto con las dos formidables gacelas cubanas justo en la meta de la carrera de los 800 metros. La caída, provocada por las rivales cubanas o no, le costó la presea dorada a Angelita Lind, pero cimentó su nombre como la más grande atleta que haya dado el País, volcando la opinión pública a favor del Comité Olímpico de Puerto Rico en su confrontación con el gobernador Carlos Romero Barceló (1977-1984). La hazaña de Angelita Lind, no obstante, va aun más allá. De cuna humilde y sin los recursos adecuados para entrenar, “el Ángel de Puerto Rico” ha contribuido al merecido sitial de la mujer negra puertorriqueña y al orgullo nacional boricua, como pocos. Sus servicios al País justificarían que aeropuertos internacionales, autopistas principales y modernos coliseos llevaran su nombre.
El último episodio que intereso rememorar, como el título de esta columna tal vez ya sugirió a algunos, es el hipismo. Por décadas, el hipismo ha sido el “patito feo” del deporte boricua. Su práctica en el País se ha asociado con las apuestas, ocasionales imputaciones de manejos turbios y hasta recientemente con crueldad hacia los animales. Sin embargo, cabe destacar que, junto a las peleas de gallos, el hipismo es uno de los deportes de mayor antigüedad y tradición en nuestro País. Su práctica, documentada desde al menos el Siglo XIX, hace del béisbol y el baloncesto deportes de relativo reciente cuño. Pero el hipismo, especialmente desde la creación por iniciativa puertorriqueña del Clásico Internacional del Caribe en la década de 1960, ha servido al País para mantener un contacto con los pueblos hermanos de América Latina y el Caribe, año tras año desde 1966. Aparte del triunfo del caballo boricua Wiso G. en 1968, sin embargo, el Clásico del Caribe era un evento dominado por ejemplares panameños, venezolanos y, especialmente, mexicanos.
En efecto, y a pesar de haberlo promovido, los ejemplares de Puerto Rico jugaban, a lo sumo, un papel secundario en el clásico. Fue así como en diciembre de 1982, el mismo año de consagración para Angelita Lind, un caballo boricua de nombre con sabor taíno le dio a Puerto Rico lo que para este servidor representa uno de nuestros grandes triunfos internacionales. Con la monta de otro héroe olvidado, Juan Antonio “Chiqui” Santiago, el triunfo de Guaybanex en 1982 rompió con el sentido de inferioridad que 13 años sin victorias habían creado. El momento culminante de esa carrera, en la voz del mejor narrador que ha dado América Latina y el Caribe, el puertorriqueño Norman H. Dávila, le da título a esta columna. A partir de ese logro transcendental, los caballos puertorriqueños han competido en sentido de igualdad con los de los otros países. Su contribución al orgullo patrio no debe menospreciarse, ni olvidarse.
Recordemos y honremos, pues, a nuestros héroes puertorriqueños.

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