domingo, 18 de diciembre de 2011

Haití, heroico

La reciente tragedia sufrida por el Pueblo de Haití vuelve a colocarlo ante la atención pública mundial.  Tan cerca geográficamente de nosotros, sólo calamidades como el terremoto que ha demolido la capital de Puerto Príncipe nos hace volver la mirada, tan fijada hacia el norte, hacia el oeste caribeño del cual somos parte.  La nación que comparte junto a la República Dominicana la isla de La Española, es mucho más que la extrema pobreza y el vudú, al punto de que su convulso nacimiento como nación independiente ejerció enorme y decisiva influencia no tan sólo en la Historia de ese Caribe al cual pertenecemos, sino además en toda América y hasta en Europa.
A finales del siglo 17, una declinante España le cedió a la emergente Francia el tercio oriental de la isla La Española.  Los franceses bautizaron su nueva colonia Saint-Domingue.  Contrario a la visión española de sus colonias, las cuales eran explotadas por sus yacimientos de metales preciosos y para recibir la migración de españoles que estimuló la mezcla de razas, Saint-Domingue fue concebida como una colonia de explotación agrícola en la cual la mano de obra esclava jugó un papel fundamental.  Tanto así, que durante su apogeo los colonos franceses de Saint-Domingue compraron entre un tercio y la mitad de los esclavos que se importaban a América.
Ya para el siglo 18, Saint-Domingue se había convertido en la colonia más rica del mundo.  Con una población de 500,000 almas, de los cuales el 80% eran esclavos, ese tercio francés de La Española producía el 60% del consumo de frutos tropicales y un tercio del total de exportaciones de Francia.  Saint-Domingue se había convertido en la joya de la corona del imperio colonial francés.  En ese ambiente de fastuosa riqueza colonial en el que coexistían 400,000 esclavos negros con apenas cien mil ciudadanos libres entre negros libertos, mulatos y blancos, se cuajó un caldo de cultivo social donde las diferencias y las tensiones raciales eran superiores a cualquier otra colonia del Caribe.
El estallido de la Revolución Francesa de 1789, con su lema de “libertad, igualdad y confraternidad”, gatilló a su vez la Revolución Haitiana de 1791.  Un esclavo de nombre Toussaint L’Ouverture se convirtió en el dirigente máximo en esa guerra de liberación que se extendería por largos y cruentos años, hasta culminar con la derrota del ejército francés en 1804.
Es imposible resumir aquí todas las complejidades y consecuencias del exitoso levantamiento de esclavos del antiguo Saint-Domingue que desembocó en la república de Haití, nombre que, valga señalar, es de origen taíno (“tierra de montañas”).
Destacados historiadores como el jamaiquino Franklin W. Knight señalan que, contrario a la Revolución Francesa que desembocó en una guerra civil, la haitiana se trató de un conflicto racial que tuvo su etapa más sangrienta en la forma de una guerra de resistencia y aniquilación contra Napoleón Bonaparte entre 1802 y 1804.  Esa guerra destruyó no tan sólo a miles de seres humanos, sino además las bases sociales, agrícolas y de infraestructura que habían convertido a Saint-Domingue en el emporio de riquezas que una vez fue.  Al tener que sacrificar su bienestar económico para derrotar a una Francia que se resistía a perder su más valiosa posesión, el conflicto sembró las semillas del futuro que le deparaba a Haití.
La independencia haitiana de 1804 supuso el nacimiento de la segunda república de América, tras los Estados Unidos.  Por primera vez en la Historia, un alzamiento de esclavos culminaba en una revolución exitosa y la fundación de la primera república negra.  Este evento trascendental tuvo eco en todo el Caribe.  La historiadora puertorriqueña Ivonne Acosta Lespier nos señala que la Revolución Haitiana sirvió de inspiración para los esclavos de otras partes del Caribe incluyendo, por supuesto, a Puerto Rico. Emisarios haitianos recorrieron el Caribe pregonando el fin de la esclavitud en las restantes colonias europeas, estimulando con ello las fugas de esclavos y privando a la abominable institución de la esclavitud de su justificación de ser una forma benevolente de salvar a los africanos de su propia existencia.
Más allá de desprestigiar la esclavitud, el sacrificio haitiano frustró las aspiraciones francesas de un imperio americano, dando así paso a que Napoleón vendiera el inmenso territorio de Louisiana a los emergentes Estados Unidos.  Irónicamente, no sería sino hasta 1862 que los Estados Unidos reconocerían la soberanía haitiana.  España comenzó a su vez una política de “blanquemiento” en Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, con miras a evitar los horrores de “otro Haití”.  Nace allí el llamado “cuco” a la república que aún permea nuestro actitud hacia la soberanía.
El precio que pagó Haití por su libertad fue alto.  La destrucción de sus bases productoras de riquezas (para unos pocos propietarios blancos) dio paso a una economía de pequeñas fincas de subsistencia campesina que resultó ineficaz para levantar la economía nacional.  Ello, unido a factores tales como el pago de una “indemnización” a Francia por las “pérdidas” que le ocasionó, tornaron la antigua colonia más rica del mundo en el país más pobre del hemisferio occidental.  Una sucesión de gobiernos despóticos contribuyó su empobrecimiento a lo largo del siglo 19, declinar que culminó con su ocupación por los Estados Unidos entre 1915 y 1947, y la dictadura de los Duvalier durante la segunda mitad del siglo 20.
Resulta muy cómodo atribuir la situación haitiana pasada y presente a factores raciales o religiosos, relegando a la ignorancia las enormes complejidades y trágicas circunstancias que marcaron, a sangre y a fuego, su nacimiento como nación independiente entre los siglos 18 y 19.  Con la verdad histórica de frente, demos pues la mano y el corazón a ese Haití, heroico.

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