domingo, 18 de diciembre de 2011

La colonia, en los tiempos de Obama

Los resultados de las elecciones de 2008 para la presidencia de los Estados Unidos y la gobernación de Puerto Rico, parecieron marcar el comienzo de una nueva era en las relaciones entre el país dominante y el subordinado.  Pero algo parece que anda mal o que, al menos, no anda.  La respuesta la podemos encontrar en el monumental libro del escritor Ronald Fernández “The Disenchanted Island”, obra a la cual ya dedicamos una columna.
La llegada al poder del primer presidente estadounidense no blanco en la persona de Barack Hussein Obama, ciertamente marcó un hito histórico y transcendental para la Unión Americana.  Más allá de su color de piel, no obstante, fue la expectativa (o mas bien la esperanza) de un cambio para mejor lo que propulsó al joven candidato del Partido Demócrata estadounidense hacia la presidencia de la primera potencia mundial.
En lo que a Puerto Rico concierne, pero muy en especial para el sector anexionista, el ascenso de Obama parecía, al menos en teoría, una oportunidad de lograr la igualdad que la estadidad supone.  Después de todo, el nuevo presidente provenía, al menos en términos raciales, de un sector tradicionalmente marginado y discriminado dentro del conglomerado estadounidense.  Se trataba de alguien que podría “entender” la situación puertorriqueña e “identificarse” con su aspiración a dejar atrás la condición de territorio no incorporado que padecemos hace más de un siglo.
Como si con lo anterior no fuese suficiente, el crecimiento poblacional de los llamados “hispanos” haría parecer más aceptable para los Estados Unidos la incorporación de un estado de habla española.  Por último, el ejemplo de la Unión Europea podía servir como argumento de que es posible para dos o más naciones convivir bajo un estado supra-nacional, eliminando así el obstáculo que para la anexión parecía ser la innegable diferencia entre los seres estadounidense y puertorriqueño.  Para colmo, el aplastante triunfo anexionista de 2008 abría paso al argumento de la “elección plebiscitaria”, en el sentido de que el resultado electoral equivalía a un mandato ampliamente mayoritario a favor de la estadidad.
Apenas un año más tarde del cambio de gobierno en ambos países, sin embargo, el anexionismo está virtualmente en guerra contra Obama y no tan sólo porque las circunstancias antes apuntadas parecen no haber favorecido ni en un ápice al ideal de estadidad, sino además porque en términos tales como el del plan de salud universal que el presidente propulsa, Puerto Rico está sujeto a ser tan discriminado como en el pasado.  Ese pasado que nos permite ubicar a Obama junto a aquel presidente a quien más se parece: John Fitzgerald Kennedy (1961-1963).
Al igual que con Obama, la elección de Kennedy en 1960 se proyectó como un suceso trascendental.  Se trataba del primer presidente católico, el primero de ascendencia irlandesa, y el primero nacido en el siglo 20.  El gobernador Luis Muñoz Marín (1949-1964) fijó sus esperanzas en el nuevo y joven presidente para lograr cambios al Estado Libre Asociado.  Conforme nos relata Fernández, para 1960 el gobierno del entonces todopoderoso Partido Popular Democrático se encontraba en un callejón sin salida.  A pesar de los logros económicos alcanzados, el liderato del PPD estaba experimentando la frustración de que, presidente tras presidente, los Estados Unidos permanecían inmóviles en términos de conceder “mejoras” al ELA que lo sacaran de su condición colonial.  Al igual que el anexionismo del 2008 con Obama, el estadolibrismo y Muñoz Marín confiaban en que Kennedy y el Partido Demócrata ayudarían a Puerto Rico a lidiar con la situación de sumisión.  Al igual que Obama, Kennedy prometió que lo haría.
Por el contrario, el despertar popular a la realidad política estadounidense fue tan brutal como el que hoy sufre el anexionismo con Obama.  Fue durante los años bajo Kennedy que la Marina de Guerra estadounidense impulsó, casi exitosamente, el macabro plan de desalojo de los habitantes de Vieques y Culebra, incluyendo a sus muertos, para bombardear ambas islas en su totalidad.  Eso ya lo vimos en una columna anterior (“El ‘plan drácula’: 1958-1964”).  Dentro de esa crisis, Kennedy sostuvo varias reuniones con Muñoz Marín, con miras a impulsar la celebración de un plebiscito que permitiese el “crecimiento” del ELA.
Pensando que tenía a Kennedy de su lado, Muñoz Marín acudió a vistas ante el Congreso con miras a lograr los cambios que interesaba a la relación entre ambos países.  Allí, sin embargo, el gobernador no sólo descubrió que el presidente había renegado de su palabra, sino que fue sujeto de expresiones degradantes de parte de congresistas que le recordaron, una y otra vez, que el Puerto Rico que en 1952 llegó a un entendido “con la naturaleza de un convenio” con los Estados Unidos, seguía en la misma condición de sumisión colonial establecida mediante las leyes orgánicas Foraker de 1900 y Jones de 1917.  La humillación sufrida por Muñoz Marín fue de tal magnitud que su liderato comenzó a ser cuestionado dentro del propio PPD.  El más poderoso de todos los gobernadores electos por los puertorriqueños anunció su decisión de no correr para ese puesto en las elecciones de 1964.
En la novela “El amor en los tiempos del cólera” del inmortal Gabriel García Márquez, los protagonistas esperaron por más de cinco décadas para poder culminar su amor.  En las casi cinco que han transcurrido entre las eras de Kennedy y Obama, el sistema colonial ha demostrado similar perduración, al punto de confirmar que, cuando de buscar al Salvador se trata, la Casa Blanca no es el lugar para encontrarlo.

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