domingo, 18 de diciembre de 2011

“La isla desencantada”

En 1992, se publicó uno de los libros más polémicos e interesantes en torno a la Historia de Puerto Rico bajo el dominio de los Estados Unidos.  Aunque no coincido con su autor en su totalidad, el escritor Ronald Fernández le brindó a nuestro País un trabajo cuya lectura está al alcance lo mismo de académicos que de legos: The Disenchanted Island.
En esencia, el libro de Fernández nos propone una definición de la relación colonial entre Puerto Rico y los Estados Unidos, como una lucha del Pueblo puertorriqueño por hacer valer sus derechos y su dignidad contra un poder metropolitano egoísta y concentrado exclusivamente en sus intereses imperiales.  De una economía basada en buena medida en la producción del café bajo el dominio español, el autor nos relata cómo las políticas económicas del presidente estadounidense William McKinley devastaron la agricultura puertorriqueña.
Los efectos de la política monetaria de la nueva metrópoli redundaron en pocos años en que la producción de café se redujese de un 65.8% a un 6%.  La eliminación de un crédito agrícola entonces existente, fomentó el acaparamiento de tierra por estadounidenses tales como John Luce, quien adquirió y comenzó a desarrollar lo que ha pasado a conocerse en nuestra Historia como la Central Aguirre.  En efecto, el azúcar pasó a ser “el rey” de una economía agrícola que virtualmente eliminó la producción de otros frutos, al punto de crear un desastre económico que fue incluso reconocido por el entonces Secretario de la Guerra, Elihu Root.
Conforme a Fernández, tres factores definieron la relación entre los Estados Unidos y Puerto Rico, desde sus orígenes.  En primer lugar, el debate en torno a qué hacer con las Islas Filipinas, las cuales habían sido igualmente adquiridas como botín de guerra durante el conflicto de 1898 con España.  En segundo lugar, e íntimamente relacionado con el primero, estaba la cuestión racial que hacía de Puerto Rico, ante los ojos de la nueva metrópoli, una sociedad extraña en la cual la mezcla de razas y el predominio de la negritud eran la norma.  En tercer lugar, Fernández destaca lo que podríamos llamar “el toque de Midas”, que no es otra cosa que la convicción de los colonizadores de que todo lo que tocasen, se convertía en oro.
Esta visión de mundo creó una relación en la cual las consultas a los puertorriqueños sobre cualquier asunto que les concerniese, eran un mero “obsequio” de parte de la metrópoli, no un derecho reconocido.  Dicho de otra manera, el autor nos provee una visión de una relación colonial en la cual los puertorriqueños éramos invisibles a los ojos de las instituciones de gobierno de los Estados Unidos o, a lo sumo, considerados como niños malagradecidos que poníamos en duda la eficacia del aludido “toque de Midas”.  A esa visión, se antepuso la de un Pueblo puertorriqueño que casi desde sus mismos inicios hizo saber su insatisfacción con la situación colonial.
Es esta dinámica lo que explicaría la evolución de la relación entre ambos países, sin que tal proceso pierda un ápice de su condición netamente colonial.  Una condición que llevaba a los Estados Unidos a auto-negarse a reconocer su naturaleza de potencia colonial, y que a la vez justificó el menosprecio y la persecución del nacionalismo de Pedro Albizu Campos, cuya militancia era atribuida a  un complejo de inferioridad, pero no a la situación colonial que padecía Puerto Rico.  Los huracanes, la sobre-población y la falta de recursos naturales se usaron para explicar la situación económica puertorriqueña.
La obra de Fernández pasa entonces a discutir el tránsito de la relación colonial a partir de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, a partir de la década de 1950.  Se trata de la época de máximo apogeo electoral del Partido Popular Democrático de Luis Muñoz Marín, y de los esfuerzos de esa agrupación política por mejorar las condiciones de vida de nuestra población, a la vez que reprimía al nacionalismo y al independentismo como fuerzas descolonizadoras.  Un aspecto particularmente interesante del análisis del autor lo es su propuesta de que, ya para 1960, el PPD se encontraba en un callejón sin salida, pues no conseguía reformas económicas de parte del Congreso, a la vez que se negaba a considerar las opciones de estadidad e independencia como fuentes de crecimiento auto-sostenido.
En otras palabras, Fernández ubica el agotamiento del ELA como fórmula de desarrollo, a menos de diez años de su nacimiento.  Un agotamiento que a su vez explicaría el retiro de Muñoz Marín de la gobernación, ante la frustración de numerosas promesas incumplidas por parte del Partido Demócrata estadounidense para desarrollar el ELA.  Una etapa fundamental que, ante la destrucción del sector independentista, explica el nuevo auge del anexionismo con el nacimiento y posterior triunfo del emergente Partido Nuevo Progresista en las elecciones de 1968.
Como el lector podrá observar, el fascinante y aún vigente trabajo de Ronald Fernández es imposible de condensar en los apretados espacios de esta columna. La lectura del libro es un ejercicio obligatorio para todo aquel que interese conocer una descripción de la relación entre nuestro País y los Estados Unidos, como pocas veces ha sido contada.  Una descripción que ubica a Gerard Ford como el único presidente estadounidense que hizo un esfuerzo genuino por romper el tranque colonial y ofrecer a nuestro País opciones soberanistas en forma de estadidad e independencia.  Su vigencia continúa.

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