domingo, 18 de diciembre de 2011

La persistencia de la memoria

Esta columna se inspira en mi reciente visita a Washington, DC, Estados Unidos de América.   Lo que allí presencié me lleva a reflexionar en torno al manejo de la memoria colectiva desde la que cariñosamente llamo “la capital imperial”.
El título de esta columna se inspira en una pintura en particular del famoso artista del surrealismo, Salvador Dalí.  Su obra nos presenta unos relojes que parecen derretirse, pero que aún así persisten en marcar sus respectivas horas.  Interpreto la intención del artista como una convicción de que el paso del tiempo no puede borrar lo vivido con el correr de los años.  En este sentido, los Estados Unidos han realizado un encomiable esfuerzo por preservar su memoria colectiva como nación.  Basta para ello con visitar Washington, DC.
Contrario a otras naciones, la que colectivamente componen los Estados Unidos no se basa tanto en factores étnicos (como sería el caso de los eslavos en Rusia), históricos (como España), o incluso religiosos (como Irán).  Se ha señalado por los historiadores que los Estados Unidos es mas bien una nación cívica, fundada y mantenida así por sus principios democráticos contenidos en la Constitución federal.  Unos principios tan fundamentales e importantes que justifican, a los ojos de los estadounidenses, incluso matar por ellos.  La guerra entre los estados de 1861 a 1865 (también conocida, incorrectamente a mi modo de ver, como la Guerra Civil), confirmó esa realidad “cívica”.
Washington, DC es una ciudad repleta de monumentos, museos y fuentes de información que se ocupan, una y otra vez, de recordarles a sus habitantes y visitantes las razones morales e históricas que explican y justificaron en su día el nacimiento de la nación, así como de homenajear y perpetuar en el subconsciente colectivo el recuerdo de sus fundadores.  Allí, la guerra encuentra justificación histórica, junto a otros métodos no violentos, como una vía inevitable y necesaria para asegurar los principios cívicos que sus habitantes hoy disfrutan.
Con ello, junto con la presencia evidente y omnipresente de la bandera nacional, los Estados Unidos logran fomentar el orgullo patrio y su sentido de cohesión como un ente unitario, más allá de las diferencias étnicas, culturales, religiosas y de otra índole que puedan diferenciar a sus habitantes.  Este esfuerzo por preservar la memoria colectiva no se limita, por supuesto, a la capital federal, sino que se extiende a todo espacio, evento o persona que pueda servir de punto de referencia o recordatorio sobre la fundación de esa nación.  En otras palabras, todo aquello que posea relevancia histórica.  Esa política se extiende, como cabe suponer, a los llamados “territorios no incorporados” bajo dominio y control de los Estados Unidos.
En el caso de Puerto Rico, su condición colonial de más de 500 años ha conllevado que su memoria colectiva quede en manos de la metrópoli de turno, trátese de España o de los Estados Unidos.  Por ende, todos aquellos eventos que para los españoles y estadounidenses son motivo de orgullo y celebración, tales como sus respectivas guerras de independencia, pasaron a ser parte de nuestra “memoria colectiva” como si las hubiésemos vivido y fuésemos protagonistas y beneficiaros de esas gestas que otros pueblos realizaron.  
Como resultado, nuestra memoria colectiva en torno a las gestas de nuestros hombres y mujeres destacados, lo mismo se relega al olvido que se modifica para eliminar aquellos elementos que el régimen colonial considere “controversiales”.  A principios del régimen colonial bajo los Estados Unidos un académico estadounidense de nombre Paul Miller escribió y publicó en 1922 su Historia de Puerto Rico, un texto ampliamente criticado en la actualidad, tanto por restarle toda importancia a los eventos sobresalientes de nuestro País bajo el dominio español, como por realzar y justificar el proceso de americanización que la nueva metrópoli impulsaba por vía del sistema público de educación.
Los efectos de este proceso de amnesia colectiva inducida que fomentaron hombres como Miller, los vemos aún hoy en día.  Vasta con observar una página electrónica del municipio de Cabo Rojo, en la cual se nombra al doctor Ramón Emeterio Betances como uno de los hijos ilustres de ese pueblo.  Allí se destaca al Dr. Betances por su condición de médico y abolicionista, mas las luchas por lograr la liberación del País por quien muchos consideran el Padre de la Patria puertorriqueña, ni tan siquiera se mencionan.  ¿Y cuál es la fuente (la única, por cierto) que se cita para despojar al Dr. Betances de una de sus mayores fuentes de relevancia histórica?  La obra casi centenaria de Paul Miller.
A pesar de los esfuerzos coloniales, relativamente exitosos, por borrar o reducir aquellas gestas y personas que llenan nuestra Historia como Pueblo, la persistencia de la memoria colectiva puertorriqueña de alguna forma o manera se cuela entre las grietas de una cortina de hierro que nos ha aprisionado desde nuestra misma creación.  Los mecanismos para recuperar, preservar y divulgar la totalidad de nuestra memoria colectiva, están en nuestras manos.  Sólo sabiendo quiénes realmente somos y lo que hemos hecho en el pasado, sabremos hacia donde vamos.

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