domingo, 18 de diciembre de 2011

La sombra de Cuba (I)

¿Qué tanto conocemos realmente de Cuba?  ¿Es realmente una futura amenaza a Puerto Rico en términos de competitividad en el mercado turístico y manufacturero?  En esta primera de dos columnas, exploraremos potenciales respuestas a estas interrogantes.
La realidad que nos enseña nuestra historia en común como pueblos caribeños, es que la más grande y la más pequeña de las Antillas mayores han sostenido una continua competencia entre sí en el ámbito económico, sin que ello implique el más mínimo resentimiento en el ámbito cultural.  Desde tiempos tempranos en la conquista y colonización española, Cuba y Puerto Rico se constituyeron en bastiones defensivos, desarrollándose en ellas algunas de las fortificaciones más impresionantes que existen de ese pasado colonial español.  Ambos países tienen sus respectivos castillos del Morro, acompañados de murallas e instalaciones adicionales para la defensa.  El ámbito amigable de la rivalidad cubano-boricua se extiende incluso al área cultural, como lo demuestra la amigable competencia por atribuirse el origen del ritmo musical de la Salsa.
La dinámica con la metrópoli española en los siglos 17, 18 y 19 era otro cantar.  El establecimiento de enclaves coloniales no españoles en las Antillas menores y en Jamaica, conllevó el eventual desarrollo de una animada actividad comercial, alimentada en buena parte por la necesidad, el contrabando, y las acciones de piratas y corsarios.  De la mano del corsario Miguel Enríquez, Puerto Rico se convirtió en eje y protagonista de esta nueva dinámica, al desarrollar durante finales del Siglo 17 y principios del 18, una política de mercadeo y piratería que sembró el terror en el Caribe que no hablaba castellano, a la vez que abastecía a Borinquen de víveres y artículos que las propias autoridades españolas no eran capaces de proveer.
Los roces más serios entre las hermanas Antillas de Cuba y Puerto Rico, se comenzaron a desarrollar a partir de la pérdida del imperio español en la América del Sur y la América Central, a principios del Siglo 19.  Ambas islas comenzaron a perder, al menos en parte, su valor como posesiones militares, habida cuenta de que ya no existía un imperio que proteger.  Por ende, el renglón de la productividad agrícola y comercial pasó a ocupar un papel primordial.  Ello es lo que explica, entre otras acciones de la metrópoli española, la implementación por España de fundamentales medidas de desarrollo como la Real Cédula de Gracias de 1815.
Las reformas económicas implantadas por España beneficiaron a Puerto Rico, a la vez que potenciaron el desarrollo de la economía cubana durante el Siglo 19.  La producción agrícola se convirtió así en el factor predominante en las relaciones antillanas.  El desarrollo de grandes haciendas cañeras en Cuba fue de tal magnitud que permitió a La Habana controlar el precio mundial del azúcar durante ese siglo.  El nuevo énfasis español en la producción agrícola por encima del control del tráfico comercial que había promovido la metrópoli en los siglos previos, colocó a Puerto Rico en una situación de desventaja con respecto a Cuba.  El ascenso productivo de Cuba resultó, junto a la pérdida de las otras colonias americanas en que España desarrollara una política de consistente discrimen contra Puerto Rico en favor de la Antilla mayor.  Por ende, Puerto Rico quedó constreñido por España en formas que no afectaban a Cuba , y que limitaron su desarrollo.
A pesar del hecho de que Cuba y Puerto Rico competían por el mercado azucarero entonces existente, Cuba recibía el beneficio de un trato preferente por parte de España y en detrimento de Borinquen. Ello explica que la proporción de esclavos en Puerto Rico fuera la menor en todo el Caribe durante el siglo 19.  Ello podría también explicar el desarrollo boricua de una preferencia por el cultivo del café y del tabaco, en sustitución de la producción de azúcar.  El tratamiento diferenciado a ambas colonias se hizo también evidente en que, ya para 1897, España había cesado de tratar a Cuba y a Puerto Rico como una sola unidad, en términos de la legislación que se aprobaba en Madrid para la administración de las Antillas.
Ya para la segunda mitad del Siglo 19, los Estados Unidos comenzaron a dejar sentir su presencia en el mercado azucarero caribeño.  Ello, en unión al desarrollo de la azúcar de remolacha en Europa durante el último tercio del siglo XIX y el sistema económico proteccionista imperante en el Viejo Mundo, significó la pérdida de dicho mercado para los azúcares de las Antillas españolas.  Como consecuencia, el único mercado disponible para el producto azucarero antillano eran los Estados Unidos.  Esta nueva dinámica comercial llevó al Congreso estadounidense a promulgar en 1871 el llamado “Sugar Act”, pieza de legislación que el reconocido historiador cubano Manuel Moreno Fraginals ha catalogado como “la primera herramienta jurídica de dominio neocolonial dictada en Estados Unidos... con el objeto de someter económicamente a Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo”.
En efecto, décadas antes de la Guerra de 1898 que arrebató a España sus últimas posesiones coloniales las Antillas, pero muy en especial Cuba por su capacidad de producción, se habían convertido en dependencias comerciales estadounidenses.  Esto creó crecientes tensiones entre los Estados Unidos y España que desembocaron en ese conflicto, producto del cual Puerto Rico pasó a manos norteamericanas.  En la segunda parte de esta columna, veremos cómo la presencia de Cuba continuó influyendo sobre la relación colonial que los Estados Unidos establecieron con Puerto Rico, y cómo esa influencia se manifiesta al día de hoy, y lo hará en el futuro.

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