sábado, 17 de diciembre de 2011

Las migraciones en la isla que se repite

El incidente con el que me propongo comenzar esta columna, lo presencié hace unos años atrás, en un centro comercial del este de Puerto Rico. El mismo debe servir para reflexionar sobre ese entorno geográfico dentro del cual nos originamos como pueblo: el Caribe.

Dos damas se encontraban discutiendo a gritos en el estacionamiento del centro comercial. Aparentemente, una de ellas había estado a punto de golpear el carro de la otra. Típico de las discusiones de esta índole, cada una se iba alejando de la otra, mientras seguían gritándose improperios. Ya al final de la discusión, la que aparentaba imputarle a la otra el origen del incidente, le gritó una última palabra: “¡dominicana!” La otra mujer, reaccionando como si se hubiese insultado, le gritó a su vez: “¡yo no soy dominicana; yo soy de aquí!”

Las migraciones en el área del Caribe son un fenómeno histórico que precede la llegada de los europeos en el siglo 15. Miles de años antes de que las tres calaveras bajo el mando del genovés Cristóbal Colón tocaran tierras de lo que eventualmente se conocería como América, pueblos indígenas ya se habían establecido en las Antillas caribeñas, mediante sucesivas oleadas migratorias procedentes mayormente de la América del Sur. La isla que nuestros antepasados indígenas bautizaron Borinken, era parte de esa constante dinámica migratoria. Por su ubicación geográfica, la población de Borinken era la mejor preparada militarmente entre las Antillas taínas pues era, a la llegada de los europeos, la isla que mantenía a raya la ola migratoria de los indios caribes que amenazaban desde las llamadas Antillas menores.

La colonización española de América no supuso el fin del fenómeno migratorio que, en un momento dado durante el siglo 16, estuvo a punto de dejar a Puerto Rico despoblado. Los ataques de indios caribes y piratas, por un lado, el agotamiento de los yacimientos de oro aquí y el inicio de la explotación minera en México y el Perú, por el otro, provocaron la fuga de la de por sí escasa población europea, en búsqueda de mejores oportunidades en el continente. La consiguiente disminución de la población taína trajo como resultado una escasez de mano de obra que daría paso a otro tipo de migración hacia Puerto Rico: el de trabajadores africanos, producto del infame sistema esclavista.

Con la llegada del siglo 19, los procesos de independencia en América Latina y el Caribe, y la Real Cédula de Gracias de 1815, estimularon nuevas oleadas de migración masiva, esta vez en dirección a Puerto Rico, creando el famoso “segundo piso” del que nos habló José Luis González. Décadas más tarde, comenzó el proceso migratorio de nuestros compatriotas hacia otros puntos del Caribe, América Latina y los Estados Unidos, motivado tanto por la persecución del gobierno colonial español contra todo aquél que pareciese separatista, como por el deseo de combatir los remanentes de ese imperio en otras regiones del Caribe. Ramón Emeterio Betances Alacán (de ascendencia dominicana por la línea paterna), Segundo Ruiz Belvis, Juan Rius Rivera, Francisco Gonzalo “Pachín” Marín y Eugenio María de Hostos, entre muchos otros, optaron por exiliarse y hasta en ocasiones morir en otras tierras mientras combatían, cada cual a su manera, el gobierno metropolitano de Madrid.

El cambio de soberanía no supuso el cese del fenómeno migratorio caribeño y boricua. Dos decisiones del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, González vs. Williams, en 1904, y Balzac vs. Porto Rico, en 1922, abrieron las puertas y fomentaron las grandes migraciones puertorriqueñas del siglo 20 hacia la América del Norte, cuyo fruto más notable en estos días lo es el ascenso de la juez Sonia Sotomayor a ese mismo foro. Aparte de aliviarle al gobierno del Partido Popular el problema del desempleo, las grandes migraciones de las décadas de 1940 y 1950 le ofrecieron a los Estados Unidos la fuerza laboral que necesitaban para tareas que el estadounidense promedio ya no interesaba realizar.

A su vez, la transformación de la sociedad puertorriqueña de una agrícola y rural a otra urbana e industrial, creó las condiciones para la migración cubana de la década de 1960, y la dominicana de épocas más recientes. Al igual que las migraciones que como pueblos caribeños hemos vivido desde tiempos pre-colombinos, las actuales están motivadas por las respectivas necesidades de las gentes que migran para mejorar su existencia, y las de los pueblos que los reciben para saciar la demanda de mano de obra para las tareas que sus ciudadanos ya no pueden, o no quieren, acometer.

Este vaivén migratorio es parte de ese complejo mundo que conocemos como el Caribe. Un mundo que el intelectual de origen cubano Antonio Benítez Rojo llamó “La isla que se repite”, y que postula que pese a las diferencias culturales y lingüísticas que distinguen a los pueblos caribeños, existe un hilo conductor que nos convierte a todos en “una isla” con una sola identidad que se “repite” a sí misma: una sola nación en la que las aguas del mar no son un obstáculo o frontera, sino un camino.

Las comunidades caribeñas que hoy comparten con nosotros en Puerto Rico no son una molestia, un motivo de chiste y mucho menos de insulto. Son parte de esa perenne dinámica que como hijos e hijas del mar Caribe hemos vivido desde siempre, y que evidencia que todos somos, de una u otra forma, migrantes.

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