domingo, 18 de diciembre de 2011

Los “estados 51”

El día 10 de enero, el presidente de los Estados Unidos remitió al Congreso el acuerdo para la anexión como territorio incorporado del país caribeño.  “La ratificación de este acuerdo traerá gloria a ambos países”, vaticinó el presidente.  El Senado estadounidense, sin embargo, derrotó el 30 de junio el acuerdo mediante una votación empate, rechazando así la estadidad para el país caribeño.  El año no es 2010, sino 1870, y el país caribeño no es Puerto Rico, sino la República Dominicana.
Desde que en 1898 los Estados Unidos adquirieron la soberanía sobre Borinquen, nuestra clase política ha vivido obsesionada, lo mismo a favor que en contra, con la idea de que Puerto Rico pudiese ser algún día admitido (o convertido) en un estado de la Unión.  Componiéndose la federación norteamericana actualmente de 50 estados, el debate se desarrolla en torno a si Puerto Rico podría convertirse en el “estado 51” de esa nación.  El historial de la formación de los Estados Unidos, sin embargo, permite colegir que nuestra presente condición colonial (también conocida como “unión permanente”), no necesariamente milita a favor (o en contra) de esa condición política.  Las circunstancias históricas del momento han probado ser más importantes a la hora de que un país o territorio se transforme en un “estado 51”.
Comencemos, tomando como ejemplo, el hoy estado de Tejas.  Como tal vez usted sepa, el territorio tejano nació originalmente como un estado de la república de México, que en 1836 alcanzó su independencia.  Dentro de la nueva república dos fuerzas políticas, una favorable a su existencia y la otra a su anexión a los Estados Unidos, debatían su futuro.  Eventualmente, el bando anexionista triunfó en 1845, motivado en gran parte por dos factores que coincidieron para la época.  El primero, el ascenso en 1844 a la presidencia estadounidense del expansionista James K. Polk (1845-1849).  El segundo, la debilidad de la república tejana frente a un México que insistía en reincorporarla como parte de su territorio.
El ejemplo de Tejas nos enseña que no todos los estados de la Unión llegaron a serlo tras un período como “territorio incorporado”.  Contrario al caso tejano, otros territorios no pasaron de la aspiración de ser el próximo estado admitido, como ocurrió con otro territorio mexicano: Yucatán.  Para la década de 1840, el territorio de Yucatán se encontraba en constante conflicto con el gobierno central mexicano, al punto de declarar su independencia en varias ocasiones durante dicho turbulento período.  Ante el acoso mexicano por un lado y una insurrección interna de los indios mayas, el gobierno de la república de Yucatán peticionó la anexión al presidente Polk en 1848.  A pesar del interés de Polk, la propuesta de estadidad para Yucatán no pasó de un debate en el Congreso.  Al final de 1848, Yucatán regresó a formar parte de México.
El ejemplo histórico más interesante de un frustrado “estado 51” lo sigue siendo, sin embargo, el de la República Dominicana.  Al igual que en los ejemplos anteriores, la coincidencia de corrientes históricas es vital.
El final de la guerra entre los estados en 1865 y la muerte del presidente Abraham Lincoln (1861-1865), trajo a la presidencia de los Estados Unidos al hasta entonces vicepresidente, Andrew Jonhson (1865-1869).  Al igual que Polk, Jonhson aspiraba a que los Estados Unidos continuaran en expansión.  A tales fines, durante su administración se fijó como meta la adquisición de territorio en el área del mar Caribe, para el establecimiento de una base naval.  Los ojos estadounidenses se posaron entonces sobre la bahía dominicana de Samaná, lo cual condujo a negociaciones entre los Estados Unidos y la República Dominicana a partir de 1867.  Esas negociaciones, con sus altas y sus bajas, fueron ampliándose para no sólo incluir el área de Samaná, sino además contemplar el ingreso dominicano como estado de la Unión, bajo la administración del presidente Ulysses S. Grant (1869-1877).
El presidente Grant hizo de la estadidad para la República Dominicana uno de los asuntos centrales de su administración.  Varios factores explican esta dinámica.  Por un lado, sectores comerciales interesaban explotar los recursos naturales del potencial nuevo estado.  Otros ambicionaban las ventajas militares en el área del Caribe.  El propio presidente Grant visualizaba en la estadidad dominicana una solución para las relaciones raciales en los Estados Unidos, contemplando que miles de estadounidenses negros se mudarían a residir en el Caribe.  Por su parte, el liderato dominicano favorable a la estadidad veía en la misma una solución a sus conflictos con el vecino Haití.  No obstante los esfuerzos del presidente Grant, el tratado de anexión de la República Dominicana fue derrotado en el Senado, 28 votos a favor contra 28 en contra.
Al igual que antes Tejas y Yucatán, el movimiento hacia la estadidad de la República Dominicana respondió en gran medida a sus debilidades internas y conflictos externos, mas bien que a sus fortalezas.  Por su parte, los Estados Unidos sopesaron las ventajas y desventajas que el nuevo estado les representaba, por encima de cualquier otra consideración.  A la hora de la verdad, es el Congreso estadounidense el que ha tenido la última palabra.
Por eso, la próxima vez que un candidato a la presidencia de los Estados Unidos venga a ofrecerle a usted “estadidad ahora”, tome su promesa con una pizca de sal.  Las palabras, al igual que los “estados 51”, se los lleva el viento.

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