sábado, 17 de diciembre de 2011

Los himnos de Borinquen

¿Cuántos himnos tiene Puerto Rico? La pregunta, por extraña que parezca, está abierta a debate. Desde mi punto de vista, nuestro País posee seis himnos, cada uno de los cuales responde a las circunstancias que le ha tocado vivir a la nación boricua en los pasados dos siglos.
Los himnos, al igual que las banderas y los escudos, son los símbolos más visibles del orgullo patrio, a la vez que sirven de testimonio contemporáneo de las vivencias de la nación que los adopta. Dada la inusual trayectoria que nos ha tocado vivir como Pueblo, me atrevo a sugerir que hemos proclamado a lo largo de nuestra historia colectiva, diversos himnos que nos sirven como punto de referencia para marcar nuestra evolución como nación sin estado, pero nación al fin y a la postre. Veámoslos a continuación, en orden esencialmente cronológico, como corresponde a su ubicación histórica.
“La borinqueña” con letra revolucionaria atribuida a nuestra poeta Lola Rodríguez de Tió. Nuestro primer gran himno nacional nace, como en su día lo hicieron el estadounidense “The Star-Spangled Banner” y el francés “La Marseillaise”, al calor de un movimiento revolucionario de liberación nacional. En nuestro caso, se trata del Grito de Lares de 1868. La inexistencia al día de hoy de un estado soberano puertorriqueño ha impedido a esa “La borinqueña” ocupar el lugar que en derecho debió tener junto a los demás himnos nacionales del planeta. El aparato colonial español del Siglo 19, al igual que su equivalente estadounidense del Siglo 20, impidieron que un himno que aludía al levantamiento armado contra la metrópoli de turno fuese conocido, aprendido y cantado por nuestro Pueblo, dado su carácter “subversivo”. A pesar de todo ello, aún existe.
“La borinqueña”, de Manuel Fernández Juncos. El himno que todos conocemos, sirve a los propósitos de la criatura jurídica que lo consagró: el Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Su letra se dedica exclusivamente a resaltar la belleza geográfica de nuestro País, omitiendo referencia a cualquier acción heroica puertorriqueña. No obstante, pues, la calidez del lenguaje en su descripción de nuestra geografía, esa “La borinqueña” es mas bien un páramo en el cual el alma nacional puertorriqueña brilla, pero por su ausencia. De hecho, la única persona a la que alude lo es el descubridor genovés Cristóbal Colón. Nuestro “himno oficial” refleja a la perfección la realidad colonial del País.
“Lamento borincano”, de Rafael Hernández Marín. La peregrinación del jíbaro que sale “loco de contento con su cargamento para la ciudad”, retrata con sencillez al Puerto Rico de la extraordinaria década de 1930, cénit de la pobreza y de las políticas de represión del gobierno colonial de los Estados Unidos contra el movimiento nacionalista. Es el gran himno de denuncia al fracaso del régimen colonial estadounidense y, como otros ya anteriormente han señalado, nuestra primera canción de protesta.
“Preciosa”, de Rafael Hernández Marín. Lo que el “Lamento borincano” hace contra el colonialismo, “Preciosa”, también del genial Rafael Hernández, lo hace a favor de nuestra auto-estima como Pueblo. Es el primer gran himno de reafirmación nacional que ya en la década de 1930 proclama que “preciosa serás sin bandera sin lauros, ni glorias”. Su mensaje sigue siendo hoy en día tan potente que, sospecho, su interpretación por el cantante boricua Marc Anthony fue lo que le permitió a éste consagrarse como hijo predilecto de este País.
“Verde luz”, de Antonio Cabán Vale (“El Topo”). “Verde luz” marca el renacer de la libre expresión del orgullo nacional puertorriqueño en la década de 1970, tras su cruenta represión y posterior persecución por el régimen colonial. Es la canción que al reclamar “Libre tu cielo, sola tu estrella”, enamora con su belleza incluso a aquellos puertorriqueños que no simpatizaban con la independencia. Su nacimiento coincide con las confrontaciones armadas que acontecen en Puerto Rico en pleno auge de la Guerra Fría, y que alcanza su culminación con los asesinatos en Cerro Maravilla en 1979 y la destrucción de los aviones de guerra estadounidenses en la base Muñiz en 1981. En medio de esta muerte y destrucción, “Verde luz” logró adentrarse en un alma puertorriqueña enseñada a temer su propia soberanía.
“Boricua en la luna”, de Juan Antonio Corretjer Montes. El último de los himnos objeto de esta columna es además mi favorito, y el más emotivo. En la voz de artistas como Roy Brown y el grupo “Fiel a la Vega”, “Boricua en la luna” añade a la colección de nuestros himnos un elemento contemporáneo fundamental: la persistencia de la personalidad puertorriqueña, más allá de su territorio nacional y del enorme poder de asimilación de la sociedad estadounidense. En efecto, este es el himno que proclama la cultura como el elemento motor fundamental que nos ha permitido sobrevivir como entidad nacional propia, a pesar de la continuidad del sistema colonial y la ausencia, como resultado, de un estado soberano puertorriqueño.
Esta lista que propongo, arbitraria como es y constreñida en su espacio, está por supuesto abierta a la consideración de otros himnos potenciales (“Oubao-Moin”, del propio Corretjer, viene de inmediato a la mente). Lo que distingue a los aquí nombrados, como antes expliqué, es que son tal vez los más puros reflejos del tránsito boricua, desde el año 1868 hasta nuestros días. Son los que permiten explicar que aún hoy en día, podamos afirmar “Y así le grito al villano: yo sería borincano aunque naciera en la luna”.

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