domingo, 18 de diciembre de 2011

Madres de la Patria

La expresión “Padre de la Patria”, es una que suele reservarse para una figura histórica, a cuyas heroicas acciones se atribuye el establecimiento, nacimiento o reconocimiento de una identidad nacional.  Hoy veremos el reverso de la moneda.
Usualmente, el Padre de la Patria es alguien que se convierte en figura clave en la obtención de la soberanía nacional, como sería el caso de Simón Bolívar en Venezuela, George Washington para los Estados Unidos y el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla para México.  En nuestro caso, la ausencia de soberanía, tras más de 500 años de coloniaje, no ha impedido el reconocimiento de una patria boricua ni la correspondiente atribución de paternidad, especialmente a la figura de Ramón Emeterio Betances Alacán.
El problema reside en lo excluyente y sexista del concepto en sí, que parte del supuesto de que sólo puede haber un “progenitor” cuando de la concepción patriótica se trata, y sólo puede ser un varón.  Pero si exploramos la Historia del País, encontraremos mujeres cuyo destaque a través de los siglos las hace merecedoras de ser consideradas como figuras fundacionales, al mismo nivel que sus contrapartes masculinas y, como el uso del plural sugiere, no limitadas a sólo una persona.
Por otro lado, y dependiendo de a qué estudioso de nuestra Historia se le pregunte, el nacimiento de la Patria boricua puede lo mismo trazarse al siglo 19, que a centurias previas.  Ello de por sí nos impide incluir dentro del selecto grupo a mujeres de la estatura de Blanca Canales Torresola, Dolores “Lolita” Lebrón Sotomayor, Sor Isolina Ferré Aguayo y Ángela “Angelita” Lind Saliberas, entre otras, todas ellas grandes protagonistas de nuestro siglo 20.  Busquemos, pues, a nuestras madres de la Patria a partir de los años 1800 y, desde ahí, caminemos hacia atrás.
Mariana Bracetti (1825-1903).  La gran “Brazo de Oro”, pieza fundamental en el primer gran alzamiento nacionalista, el Grito de Lares de 1868.  Nacida en Añasco, formó junto a su esposo y su cuñado la célula revolucionaria que se conocería como “Centro Bravo” durante el Grito de Lares.  Se le atribuye la confección de la primera bandera puertorriqueña.  Fracasada la insurrección, Bracetti fue encarcelada junto a otros revolucionarios.  Liberada más tarde gracias a una amnistía general, Bracetti falleció y fue sepultada en su nativo Añasco.
Bracetti, por su relativa cercanía en el tiempo y su destacado papel en la insurrección de Lares, es obviamente la más conocida de nuestras Madres de la Patria.  Su nombre adorna monumentos, edificios y escuelas.  Las próximas dos que veremos, sin embargo, requieren mayor destaque.
María de las Mercedes Barbudo Coronado (1773-1849).  Considerada la primera mujer independentista, la historia de su fascinante existencia ha sido recogida por la historiadora Raquel Rosario Rivera.  De padre español y madre mulata, Barbudo gozó de un privilegio raro para la época: el de recibir una educación formal, no obstante su condición de mujer.  Aprendió a leer y a escribir, haciéndose comerciante.  Ello le permitió tener contacto con los incipientes movimientos revolucionarios que ya se gestaban en América Latina, promover la independencia del País, y sostener su familia.  Pudo presenciar la invasión británica de 1797, en la cual tanto su padre como su hermano combatieron para defender a Puerto Rico.
Por su educación y convicciones, Barbudo se relacionó con la progresista Sociedad Económica de Amigos del País, al igual que con figuras del extranjero vinculadas con los movimientos independentistas latinoamericanos.  Debido a ello, se le denunció por promover los movimientos insurgentes en el Caribe y en el continente.  A raíz de los alzamientos revolucionarios en Latinoamérica, Barbudo fue arrestada por sospechas de conspirar contra el gobierno español en Puerto Rico.  Se le exilió a Cuba, de donde pasó a Santo Tomás y finalmente a Caracas, Venezuela, donde falleció.  Sus restos yacen sepultados en algún punto de la catedral de Caracas.
Ana Muriel.  De Ana Muriel, muy poco se sabe.  Pero lo que de ella se conoce, es muy significativo.  Debe haber nacido alrededor del año 1700.  De condición mulata, su belleza y juventud sedujo al corsario boricua Miguel Enríquez, el hombre más poderoso de su época y quien fue sujeto de una columna anterior (“¿Quién fue Miguel Enríquez?”).  Conforme a los hallazgos del historiador Ángel López Cantos, Ana Muriel se convirtió en la obsesión del corsario, quien la colmó de obsequios y privilegios.  Lo que distinguió a esta joven mulata de otras amantes que haya podido tener Enríquez es que, gracias a su relación con el corsario, Ana Muriel impuso su presencia por encima del intenso racismo de la sociedad colonial blanca de aquella época.
La fascinante historia descubierta por López Cantos ubica a esta joven boricua ocupando un lugar prominente en la sociedad de entonces, al punto de que la misa dominical no comenzaba hasta que Ana Muriel llegara a la iglesia.  La contribución de Muriel, contrario a la de Bracetti y Barbudo, no es tanto política o revolucionaria, pero sí afirmación de identidad y dignidad.  Ella se dio su puesto.  Ella se dio a respetar.  Ella es parte del llamado “primer piso” de la nacionalidad puertorriqueña que identificó el escritor José Luis González.  Su contribución a la formación de nuestra identidad y al orgullo patrio que aún hoy en día nos caracteriza, no debe pasar desapercibido.
Lo anterior demuestra que, contrario a nuestras progenitoras biológicas, Madres de la Patria hay muchas.

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