domingo, 25 de diciembre de 2011

Morir joven, o llegar a viejo

Por razones históricas y geográficas, la región de Mayagüez siempre fue eje de movimientos separatistas durante el siglo 19 puertorriqueño. De allí surgieron las dos figuras cimeras del movimiento emancipador boricua. Es hora de decir algo en torno al médico Ramón Emeterio Betances y Alacán, y el abogado Segundo Ruiz Belvis.
Conforme a los trabajos en torno al Grito de Lares de los historiadores Olga Jiménez de Wagenheim y Francisco Moscoso, el más renombrado alzamiento libertador de nuestro siglo 19 no fue producto de una incitación espontánea, sino que fue el resultado de largos años de frustraciones y desengaños a manos de una metrópoli española aterrada de perder el remanente de sus posesiones en América. Dentro del vaivén de sus indecisiones, el gobierno español determinó en diciembre de 1865 invitar a Cuba y a Puerto Rico a enviar delegados a la península para discutir la situación colonial.
Ya para aquel entonces, Betances y Ruiz Belvis eran grandes amigos y figuras prominentes dentro de los sectores más progresistas del liderato puertorriqueño de la época. Su visión emancipadora se proyectaba en dos dimensiones: libertad para Puerto Rico en general y para los esclavos en particular. Llegada la hora de elegir los delegados puertorriqueños que partirían hacia España, Betances cedió a Ruiz Belvis su lugar en la papeleta por el Distrito de Mayagüez, resultando electo. Ya en la metrópoli y con Ruis Belvis a la cabeza, Puerto Rico propuso a España, entre otras reformas de corte progresista, la inmediata abolición de la esclavitud, con indemnización a los dueños de esclavos o sin ella.
Fiel a su trayectoria, España se negó en abril de 1867 a conceder las reformas reclamadas. A su regreso a su patria, Ruiz Belvis fue sujeto en Mayagüez de actos de represión y amenaza por los militares. Aprovechando un incidente de insubordinación de las tropas en San Juan en junio de 1867, el gobierno del general José María Marchesi ordenó el exilio de Betances y Ruiz Belvis, entre otros intelectuales liberales de la época, hacia España. En desobediencia a esa directriz, los ya fugitivos marcharon en agosto de 1867 a Santo Domingo y luego a la ciudad de Nueva York. La suerte estaba echada en dirección hacia el primer alzamiento nacional que tendría su génesis en Lares apenas un año más tarde.
Ya en Nueva York, Betances y Ruiz Belvis participaron en la organización del Comité Revolucionario de Puerto Rico. Allí conocieron también al emisario chileno Vicente Vicuña Mackenna, interesado en provocar el alzamiento de Cuba y Puerto Rico contra España, por estar ésta en guerra con Chile en aquellos tiempos. Por considerar fundamental la solidaridad latinoamericana con la causa separatista boricua, el Comité Revolucionario designó a Ruiz Belvis a marchar hacia Chile donde, con la asistencia de Vicuña Mackenna, gestionaría su apoyo a la liberación de Puerto Rico. Mientras tanto, Betances regresaría a Santo Domingo y viajaría a las Antillas menores para organizar el alzamiento boricua.
Encontrándose en estos menesteres, Betances recibió la noticia que le partió el alma; Segundo Ruiz Belvis, su amigo solidario de años y a quien el propio Betances consideraba su superior en la gesta emancipadora, había fallecido apenas días después de arribar a las costas chilenas. Con problemas de salud desde antes de partir hacia la América del Sur, el hasta aquel entonces dirigente principal del movimiento libertador boricua fue encontrado muerto en la habitación de su hotel en Valparaíso, Chile, un 3 de noviembre de 1867. Apenas tenía 37 años.
A pesar de la enorme pérdida para la causa, Betances continuó con los preparativos para el alzamiento desde la isla de Santo Tomás. Las maniobras de inteligencia española, sin embargo, lograron dislocar los planes de Betances de suplir con armas a la proyectada revolución. Las autoridades de Santo Tomás ordenaron la expulsión de Betances. El Grito de Lares de 23 de septiembre de 1868 – y que, curiosamente, pudo haberse registrado en nuestra historia como El Grito de Camuy de 29 de septiembre – fue al fin suprimido por las autoridades coloniales, gracias a desafortunados sucesos como los aquí narrados, entre varios otros cuya mención y detalle escapan a la extensión y propósitos de esta columna en particular.
Betances pudo establecerse finalmente en París, Francia, desde donde continuó laborando en pro de la liberación de Puerto Rico hasta su muerte por causas naturales a los 71 años en septiembre de 1898. Gracias al incipiente desarrollo del sentimiento nacionalista puertorriqueño bajo el sistema colonial estadounidense, los restos de Betances fueron regresados a su terruño en agosto de 1920. Presenciado por miles de compatriotas, el traslado de sus restos culminó con su descanso eterno en Cabo Rojo.
Mientras tanto, la noble osamenta de quien en vida fuera Segundo Ruiz Belvis, yace a miles de kilómetros de distancia de su terruño, olvidada por una clase dirigente que posee los recursos para erigir estatuas a presidentes estadounidenses que nada sacrificaron por – y que en muchas ocasiones sacaron provecho de – el Pueblo de Puerto Rico. No debiera ser mucho pedir el que – independientemente de las distancias temporales e ideológicas – el País pueda recibir y reconocer en su propio suelo a aquellos que sacrificaron vida, felicidad y hacienda en pro de la emancipación colectiva porque, a la hora de ofrecer sus servicios por la redención y soberanía patria, no debemos hacer distinción entre morir joven, o llegar a viejo.

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