domingo, 18 de diciembre de 2011

Ponce: la capital alterna

Para los habitantes del área metropolitana de San Juan, dirigirse en automóvil hacia cualquier punto del País que no sea la capital y su periferia, es ir “a la Isla”. Para los boricuas, los habitantes de Ponce pecan de orgullosos, y causa desagrado la expresión “Ponce es Ponce”.  Demos un vistazo a estas actitudes, originadas en nuestra formación como Pueblo.
En el principio, fue Caparra.  No obstante, ese primer poblado creado en lo que hoy conocemos como Guaynabo, no sobrevivió mucho más allá de la gobernación de Juan Ponce de León.  Eventualmente, sus habitantes lograron autorización para trasladar la capital hacia la isleta donde hoy ubica el Viejo San Juan.  Por eso, los sanjuaneros comenzaron a referirse a ir “a la Isla”, ya que cuando viajaban a otros puntos del País se movían de esa isleta hacia la “Isla Grande”, tal y como lo hacen los residentes de Vieques y Culebra.
Por su parte, los orígenes de Ponce se trazan a un barrio de la entonces conocida como la villa de San Blas de Illescas de Coamo, en el siglo 17.  Al igual que otros poblados de la época, los habitantes de aquel primer Ponce sobrevivían con una agricultura de subsistencia, la ganadería y, sobre todo, el contrabando.  Su lejanía del centro de poder español en San Juan sembró la semilla para el desarrollo físico y cultural que Ponce experimentaría con el correr de los años.
Ya entrado el siglo 19, el Viejo San Juan se había transformado en la ciudad amurallada que hoy conocemos.  El resto del País, pero muy especialmente los pueblos costeros de Ponce y Mayagüez, evolucionaron de manera distinta ante las reformas implantadas por la metrópoli española durante esa centuria.  A raíz de la pérdida de su imperio en América, que le dejó apenas con Cuba y Puerto Rico, las reformas introducidas a partir de la Real Cédula de Gracias de 1815 inician la gran metamorfosis del País.  La Isla dejó atrás su pasado de mera fortaleza militar subsidiada con el ya extinto Situado Mexicano, para dar paso al desarrollo masivo de su potencial agrícola con miras a la transformación de su economía en una de haciendas y plantaciones, para la exportación de productos y el auto-sostenimiento de la plaza militar del Viejo San Juan.
Beneficiada por el nuevo clima económico y el asentamiento de inmigrantes de otros puntos del País y del extranjero, Ponce no tardó en convertirse en el municipio más rico de la Isla.  Conforme a los estudios del destacado profesor e investigador Ángel G. Quintero Rivera, el rápido desarrollo experimentado por Ponce en esa centuria dio paso a nuevos flujos migratorios que aumentaron dramáticamente su población, a la vez que le imprimió a la naciente ciudad un carácter distinto al de San Juan.  Mientras que la ciudad capital permanecía encerrada en sí misma por su naturaleza militar, Ponce se habría a su entorno rural para fomentar su propio desarrollo.  Se convirtió así, en efecto, en la “capital alterna” del País.
El siglo 19 vio a Ponce desarrollar el carácter cultural con el cual se identifican los ponceños aún hoy en día.  Su pujanza económica era superior en promedio a seis municipios.  Junto con el cercano pueblo de Juana Díaz, Ponce aportaba a la economía puertorriqueña el doble de lo que producía San Juan.  Este poderío económico trajo consigo el desarrollo arquitectónico que podemos apreciar en los edificios, la catedral y las residencias ubicadas en el casco urbano ponceño de la época.
Estas transformaciones provocaron además que la clase hacendada ponceña, originalmente aliada con España, pasara paulatinamente a alejarse de la metrópoli para impulsar una nueva fórmula política: el autonomismo.  Esto es lo que explica la fundación del muy importante Partido Autonomista en el Ponce de 1887, cuya “capitalidad”, conforme nos explica el profesor Quintero Rivera, residirá en la ya llamada “Ciudad Señorial”.  Es además en Ponce donde se funda y publica originalmente el periódico La Democracia, el cual pasó a ser el más importante del País.  Fue en ese mismo llamado “año terrible de 1887” que los ponceños verían al gobernador Romualdo Palacio González trasladarse a Aibonito para, desde allí, dirigir la campaña de tortura y represión contra el autonomismo que hoy en día conocemos como el componte.
El cambio de soberanía en 1898 marcó el principio del fin de la hegemonía ponceña como principal foco económico y cultural.  Lenta pero consecuentemente, la también llamada “Perla del Sur” comenzaría a declinar, junto con el resto del País, de la mano de las políticas de acaparamiento de tierras para el monocultivo cañero.  Fue sin embargo en Ponce donde nació Don Pedro Albizu Campos, y fue en Ponce que aconteció la Masacre del Domingo de Ramos de 1937.  No sería sino hasta el inicio del programa “Ponce en marcha” en la década de 1980, propulsado por el ponceño gobernador Rafael Hernández Colón, que la Perla del Sur comenzaría a recuperar al menos parte del lustre de antaño y que conserva hoy en día.
No deja, pues, de ser irónica la historia de altibajos que ha experimentado la Ciudad Señorial.  Durante la invasión estadounidense de 1898, los ponceños no ofrecieron mayor resistencia, quizás ante la expectativa de que la nueva metrópoli fomentaría un clima de libertad y progreso superior al vivido bajo España.  La Historia se encargaría de traicionar esa esperanza.  Sería sin embargo más al interior del País, donde surgiría la resistencia que será objeto de la próxima columna.

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