domingo, 18 de diciembre de 2011

Puerto Rico: Chernobyl del Caribe

Las explosiones y el infierno desatado contra la planta de almacenamiento de combustible CAPECO me obligaron a posponer el tema de turno, para abordar este asunto.  Se trata de uno de los problemas más importantes que enfrenta el Puerto Rico contemporáneo.  Poseemos un historial peligroso.
Un 26 de abril de 1986, en la entonces región de Ucrania en la hoy extinta Unión Soviética, el reactor número cuatro de la planta nuclear de Chernobyl hizo explosión, provocando un incendio de grandes proporciones.  La contaminación radiactiva generada por el siniestro arropó grandes sectores dentro de la propia Unión Soviética e, incluso, Europa.  Se le considera el desastre de energía nuclear más grande de la Historia.  Su extensión geográfica fue cientos de veces superior a la de la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima.
Aparte de los muertos por la explosión propiamente, la mortífera influencia del accidente en Chernobyl se manifestó en la gran cantidad de terreno que cubrió el polvo nuclear desatado.  Cientos de miles de personas tuvieron que ser desalojadas.  Miles murieron a consecuencia de cánceres provocados por la exposición a la radiactividad.  Los restos radiactivos de la planta yacen sepultados bajo una gran loza de concreto y cerámica que la opinión pública mundial se ha encargado de bautizar, apropiadamente, el Sarcófago.
Aunque afortunadamente no hemos tenido que confrontar una situación de similares proporciones, Puerto Rico ya posee un desafortunado historial de desalojos y evacuaciones provocadas por accidentes e incidentes de súbita y mortífera contaminación ambiental.  Hago la distinción entre “accidentes e incidentes”, en la medida en que, más que meros accidentes provocados sin intervención de la mano humana, nuestras tragedias de contaminación por lo general se han debido a acciones voluntarias o, en el mejor de los casos, a inexcusable negligencia rasante en intencionalidad.  Hagamos un somero repaso.
Para la década de 1970 se denunciaron las prácticas de ciertas compañías agrícolas con base en Israel, debido al uso masivo de insecticidas en las fincas que cultivaban en San Isabel.  Para la misma época y en años posteriores, se denunció el uso de El Yunque para hacer experimentos con el veneno “Agente Naranja” con miras a su uso por el ejército de los Estados Unidos en la guerra en Vietnam.
De ese tiempo al presente, la situación ambiental en nuestro País ha experimentado situaciones de riesgo que han culminado en la evacuación de comunidades enteras.  Allá para el año 1977, un ganado pereció misteriosamente en terrenos adyacentes a la llamada Quebrada Frontera en Humacao.  Ese incidente marcó el inicio del vía crucis para los residentes de una urbanización llamada Ciudad Cristiana, quienes tres años más tarde tuvieron que desalojar ese complejo residencial debido a la contaminación con los llamados metales pesados.
El ejemplo más palpable de desalojo poblacional en nuestra Historia, sin embargo, posiblemente lo siga siendo el legado de contaminación cortesía de la Marina de Guerra de los Estados Unidos en el triángulo bélico compuesto por Ceiba, Culebra y Vieques.  La gran base naval de Roosevelt Roads – así llamada en honor al presidente estadounidense y presunto “amigo de Puerto Rico” que para la década de 1930 nos obsequió con el nombramiento de un gobernador asesino llamada Blanton Winship – contribuyó a la contaminación descontrolada de esos municipios.
Conforme vimos en una columna anterior (“El Plan Drácula”), la Marina de Guerra pretendió que el gobierno colonial de Luis Muñoz Marín desalojara los habitantes de las dos islas municipio – tanto a los vivos como a los difuntos – con miras a usar la totalidad de sus territorios como escenario para sus entrenamientos militares.  Aunque el macabro plan fracasó, tanto Vieques como Culebra fueron por décadas objeto de bombardeos de práctica que dejaron a su paso la contaminación con distintos tipos de materiales, incluso radioactivos.  En el futuro, tal vez en tiempos de nuestros nietos, el País pueda corroborar el uso de Roosevelt Roads para “estacionar” submarinos nucleares.
Conforme a Carl A. Soderberg, director de la División del Caribe de la Agencia Federal de Protección Ambiental de los Estados Unidos, desde al menos la década de 1990 Puerto Rico está contribuyendo marcadamente al problema del calentamiento global.  Nuestro consumo de hidrocarburos es tan agudo, que utilizamos más combustible que siete países centroamericanos juntos, afirmó Soderberg.
El incidente de CAPECO, más allá de las connotaciones criminales y políticas que potencialmente pueda generar, no es sino el ejemplo más reciente de nuestra vulnerabilidad ante desastres ambientales que, por nuestra limitada extensión geográfica, pueden resultar aún más letales.  Contrario a los habitantes de Ucrania, o a los del estado de Pennsylvania tras el incidente de la planta nuclear Three Mile Island en 1979, nuestras opciones de desplazamiento y evacuación son limitadas.  En caso de un accidente nuclear o algo similar, inexistentes.
El País debe asimilar la lección colectiva que el incidente CAPECO brinda, y ponerlo en perspectiva histórica para entender que estamos acumulando un peligroso historial de desastres ambientales que nuestra condición insular convierte en un signo ominoso.  Será entonces y sólo entonces que estaremos en posición de vivir para explicarle a nuestros nietos, en el año 2030, las cándidas admisiones del gobierno estadounidense de haber utilizado la que fuese su más grande base naval en el planeta, localizada en su posesión colonial en el Caribe, para guarecer sus submarinos nucleares.

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