martes, 20 de diciembre de 2011

Sobre la importancia de llamarse Pedro


En la serie titulada “...tú eres Pedro...”, exploramos someramente el papel desempeñado por dos puertorriqueños llamados Pedro: uno siendo abogado; el otro, médico. En esta columna de cierre, consideraremos los factores que trazan un puente entre ambos, y que va más allá de compartir el mismo nombre.
La propuesta formulada desde estas páginas parte de la premisa de que los eventos que han marcado la Historia de nuestro País han sido protagonizados por mujeres y hombres que deben ponderarse más allá del estrecho marco conceptual de que unos son buenos y otros son malos; de que unos quieren lo mejor para Puerto Rico mientras que otros quieren destruirlo. Despojados de esas gríngolas que rigen el día a día de las luchas políticas boricuas, podemos evaluar con justicia.
En el principio, existió lo que llamamos la centuria hegemónica estadounidense. Con el objetivo fundamental de negar la existencia de la nación puertorriqueña tras la adquisición de nuestro territorio por la fuerza en 1898, los Estados Unidos experimentaron con varios esquemas de dominación por consentimiento, hasta dar con la fórmula de crear algo “con la naturaleza de un pacto”: el Estado Libre Asociado. Todo lo nuestro era “insular” o, ya bajo el ELA, “estatal”. En ese esquema, la complicidad del gobierno colonial puertorriqueño resultaba esencial para minimizar el impacto de los desafíos al régimen, tanto mediante el uso de la fuerza como por medio de la degradación de tales alzamientos al catalogarlos de meras “revueltas”. Ambos Pedros desafiaron estas nociones.
Utilizando su inteligencia, su oratoria y su disposición al sacrificio, el hijo del ponceño barrio de Tenerías insertó el vocablo nacional dentro de nuestro discurso político y lo utilizó como punta de lanza contra el régimen colonial. Desde su posición de gobernador, Pedro el médico provocó adrede la discusión de la cuestión nacional al negar la existencia de la nación puertorriqueña dentro de un ELA en que tal tema era tabú. Demostraciones tales como “La nación en marcha”, inconcebibles bajo la atmósfera represiva del ELA, tuvieron lugar gracias a Pedro el médico, y no a pesar de él. Los dos identificaron y combatieron a la Marina de Guerra de los Estados Unidos como uno de los principales beneficiaros y pilares del régimen colonial.
En efecto, Pedro el abogado subvirtió al régimen colonial desde afuera con su oratoria y resistencia armada, mientras que Pedro el médico hizo otro tanto desde adentro, con su control sobre el aparato represivo y consecuente promoción de una resistencia pacífica. De no haber sido por el primero, la conciencia nacional e internacional en torno a la situación colonial de Puerto Rico no habría tenido la misma resonancia. De no haber sido por el segundo, muy probablemente la Marina de Guerra estaría practicando hoy en día en playas viequenses. La locura que ambos Pedros comparten es esa obsesión por culminar la obra inconclusa. La misma obsesión que trajo a Román Baldorioty de Castro de su exilio forzoso en España para dirigir el autonomismo boricua; la que llevó a José Martí de regreso a su patria para combatir y morir en la manigua cubana. Ambos Pedros tuvieron que pagar un precio por sus acciones.
Pedro el abogado pudo haber gozado de una existencia envidiable en términos estrictamente materiales dada su condición de profesional. En su lugar optó por seguir un derrotero que le supuso sacrificar un futuro monetariamente promisorio, su libertad, su salud, y hasta su familia. Su lugar en nuestra Historia todavía no alcanza la distinción que amerita, en reconocimiento a su visión y servicios en pro de la soberanía patria. Ese día tal vez llegará al instante en que un Tribunal Supremo post-colonial le devuelva póstumamente su lugar en la abogacía puertorriqueña. Aunque ciertamente no ha tenido que sufrir las mismas vicisitudes, los servicios de Pedro el médico no pueden ser menospreciados. Al igual que a Pedro el abogado, el séptimo gobernador bajo el ELA ha visto cómo se le lacera su imagen y logros en pro de la descolonización de Puerto Rico.
A uno se le cuestionó su salud mental y se le llamó subversivo. Al otro se le cuestionó su salud mental y se le llamó corrupto. Con ello se pretendió ignorar dos realidades fundamentales. La primera, que la subversión armada de Pedro el abogado no es distinta a la que en su momento efectuaron George Washington y Simón Bolivar. La segunda, que la corrupción habida bajo Pedro el médico no es sino la norma, mas bien que la excepción, de todas las administraciones coloniales desde tiempos de España hasta nuestros días. Esas máculas no pueden, sin embargo, minimizar la realidad esencial de que, a la hora de enfrentar y combatir el régimen colonial presente, nada ha sido más decisivo e importante que llamarse Pedro; más decisivo e importante que llamarse Carlos, José, Rafael, Jesús, Gilberto, Aníbal, Roberto, Santiago, Sila, Rubén e incluso, Luis. Claro está, no todo lo que brilla es Pedro. Colmado está nuestro firmamento de falsos profetas que, al amparo de huecas promesas de redención nacional cada cuatro años, medran en nuestro templo colectivo para convertirlo en cueva de ladrones.
Otros años mágicos llegarán y pasarán, dejando su huella en el constante peregrinar del Pueblo puertorriqueño por su redención y soberanía. Cuando ese día llegue, deberemos recordar y reconocer a aquellos que antes que nosotros rindieron sus servicios a la Patria, de manera que podamos colectivamente repetir: “Mas yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

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