martes, 20 de diciembre de 2011

“...tú eres Pedro...” (II)

El año mágico de 1922 encontró a Pedro, hijo de la trabajadora Juliana Campos y el comerciante Alejandro Albizu, iniciando al mismo tiempo su vida matrimonial y política. Los años por venir le presentarían al joven abogado ponceño grandes retos y obstáculos que forjarían su carácter y centrarían su existencia en torno a dos principios fundamentales: valor y sacrificio.
Valor y sacrificio siempre acompañaron a Pedro,... y a Laura. Su pobreza los llevó a separarse para que ella, aunque no quería, regresara a Harvard a completar sus estudios, mientras él seguía buscando levantar cabeza en Ponce para ofrecerle un hogar digno a su joven esposa. Tras dolorosos meses de separación, Pedro fue a buscarla y juntos regresaron para establecer su hogar en una humilde casa de madera y zinc en la muy ponceña calle Atocha, en 1923. A pesar de los pesares, los hijos comenzaron a llegar. Siempre en precariedad económica, Pedro tuvo que pedir dinero prestado como último recurso para atender situaciones de salud de sus niños.
Aunque todavía estaba afiliado a la Unión de Puerto Rico, Pedro podía observar desde su ventana el paulatino crecimiento del Partido Nacionalista, cuyos núcleos más fuertes se estaban generando en Ponce, precisamente, y en Mayagüez. Mientras tanto, Pedro comenzaba a denunciar desde la Unión la explotación de las masas trabajadoras por las grandes empresas azucareras. Pero la Unión era cada vez menos eso para Pedro. La gota que colmó la copa lo sería la creación de la Alianza entre los unionistas y el anexionista Partido Republicano de José Tous Soto. En mayo de 1924, Pedro ingresó al Partido Nacionalista.
El nuevo integrante encontró rápidamente espacio dentro de la incipiente formación política, la cual lo nominó como candidato a representante a la Cámara en las elecciones de 1924. La Alianza unionista-republicana “barrió” con esos comicios, propinando al partido y al candidato su primera amarga decepción electoral. Pedro no se amilanó. Para septiembre de 1925, su espíritu de lucha le valió la vicepresidencia del Partido Nacionalista. Durante la asamblea celebrada para oficializar su ascenso dentro del partido, el nuevo vicepresidente se ofreció para efectuar una gira por la América Latina para recabar el apoyo de los pueblos hermanos a la independencia boricua.
Ya para aquellos tiempos, Pedro tenía una sombra. Miembros de la entonces policía “insular” comenzaban a seguirlo sin mayor disimulo a todas sus actividades proselitistas. Entre esos figuraba un agente de nombre Astol Calero Toledo, cuyas ejecutorias a favor de la preservación del régimen de sumisión del Pueblo puertorriqueño serían generosamente recompensadas décadas más tarde por el cuarto administrador colonial del Estado Libre Asociado, quien lo nombró Superintendente de la policía, ahora “estatal”.
Esa sombra observó a Pedro en aquel memorable mitin del Partido Nacionalista de julio de 1926. El lugar lo era la Plaza de Armas del Viejo San Juan, y la gesta de Pedro no tenía precedentes. En lugar de rendir homenaje a las banderitas estadounidenses que rodeaban la tarima, Pedro las fue retirando, una por una, mientras denunciaba ese símbolo de libertad transformado en emblema de tiranía.
El Pedro de aquella época todavía conservaba alguna fe en el proceso electoral como camino de libertad. Predicaba el mecanismo de la asamblea constituyente como vehículo para lograr, por la vía pacífica, el reconocimiento de la Segunda República Boricua de Puerto Rico. Fue esa misma fe la que lo llevó a embarcarse en un peregrinaje por la América Latina. Para ello, Pedro tuvo que vender sus escasas pertenencias para sufragar el viaje, mientras enviaba a Laura, con dos hijos y embarazada, a casa de sus padres en Perú, donde él prometió buscarla. El hombre que nada tenía, insistía en darlo todo. Fue así como ese abogado pobre nacido en una posesión colonial estadounidense, inició su viaje para predicar el mensaje de la soberanía y la solidaridad en la República Dominicana, Haití, Cuba, México, Perú y Venezuela, entre 1927 y finales de 1929.
A su regreso a la patria en enero de 1930, con su mujer y tres niños pequeños, el peregrino fue recibido en el muelle por apenas dos personas. A pesar de ello, Pedro recibió visitas de líderes políticos de apellidos Muñoz Marín y Barceló, quienes procuraron tentarlo a formar alianzas políticas; ofertas que Pedro cortésmente declinó. El líder anexionista José Tous Soto recibió una propuesta de tentar a Pedro con un puesto en la universidad, la cual rechazó llevar a cabo, pues Pedro era ya “el único hombre que le queda a Puerto Rico y yo no haré nada para destruirlo”.
Superadas las tentaciones en el desierto, en mayo de 1930 Pedro asumió la presidencia del Partido Nacionalista, proclamando el fin para siempre del “nacionalismo de cartón” que rendía todavía pleitesías al invasor. Ese nuevo partido enfiló sus fuerzas hacia las elecciones a menos de dos años plazo, período durante el cual la alarma estadounidense comenzó a crecer. El grito de “dadme la libertad, o dadme la muerte”, tan popular en la república estadounidense nacida apenas siglo y medio antes, no tenía cabida en el espacio caribeño. Con Pedro a la cabeza, el Partido Nacionalista marchó hacia una nueva y demoledora derrota en las elecciones de 1932, marcadas para siempre por la corrupción y el secuestro de electores en grandes almacenes agrícolas.
En ese año mágico de 1932 en el que afirmó que “la victoria de puertorriqueños sobre puertorriqueños es la derrota de la patria”, y tras tres décadas de hegemonía estadounidense, por vez primera un puertorriqueño llamado Pedro convocó un ejército de hombres y mujeres para hacer frente a la sumisión colonial.

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