martes, 20 de diciembre de 2011

“...tú eres Pedro...” (III)

Su ascenso entre 1932 y 1934 en el escenario político puertorriqueño, no le reportó a Pedro ganancias económicas ni privilegios especiales. Por el contrario, los días que se avecinaban darían paso al inicio de su calvario, el de su familia, y el de sus allegados.
Para 1934, Pedro y su familia vivían en una humilde casita de madera en el barrio Capetillo de Río Piedras. Fue en ese año en que un grupo de trabajadores se le acercó para pedirle que dirigiera la gran huelga de los trabajadores de la caña, ante la desilusión de los obreros con el liderato de su propio sindicato. Pedro así lo hizo, al mismo tiempo que enfrentaba conspiraciones dentro del propio Partido Nacionalista, producto del curso cada vez más agresivo que su liderato predicaba para resolver la situación colonial del País. Pedro logró superar la crisis, resultando reelecto como presidente del Partido Nacionalista.
La dramática década de 1930 vio nacer el Cuerpo de los Cadetes de la República, y el endurecimiento de las políticas de represión estadounidenses para controlar al emergente movimiento nacionalista. La formación de lo que en una columna previa el que suscribe llamó el “charco de sangre”, se inicia con la llamada Masacre de Río Piedras en 1935. En represalia, un comando nacionalista ejecutó en 1936 a Elisha Francis Riggs, jefe de la policía “insular”. Por causa de ello, los jóvenes Hiram Rosado y Elías Beauchamp fueron a su vez ejecutados en pleno cuartel policial. La lucha armada como método de resistencia a los Estados Unidos había comenzado.
Las primeras gotas del charco de sangre dieron lugar al punto de mayor proximidad de Puerto Rico a su independencia política. A causa de la muerte de Riggs, su amigo el senador estadounidense Millard Tydings presentó en 1936 un proyecto de independencia para nuestro País. El liderato político puertorriqueño, desde Antonio R. Barceló y Luis Muñoz Marín hasta Rafael Martínez Nadal, expresó su conformidad. Pedro a su vez propuso la convocación de una asamblea constituyente para acelerar el tránsito hacia la liberación nacional.
Esta atmósfera no duraría mucho, sin embargo. El sistema colonial estadounidense, como la Hydra de Lerna de la mitología griega, es un animal de muchas cabezas y, por ende, con muchas agendas. El mismo año en que la soberanía parecía estar a la vuelta de la esquina, presenció además el primer arresto de Pedro por cometer el delito de utilizar la palabra. Su autor lo sería el fiscal federal estadounidense Cecil Cecil Snyder, cuyos servicios al sostenimiento del régimen colonial fueron años más tarde recompensados por el primer administrador colonial bajo el Estado Libre Asociado, con un nombramiento al Tribunal Supremo.
Utilizando sus discursos y artículos de prensa para acusarlo junto al liderato del Partido Nacionalista, Pedro fue condenado en ese año mágico de 1937 por tres delitos de conspirar contra el gobierno de los Estados Unidos en Puerto Rico. Estando encarcelado es que acontece la masacre del Domingo de Ramos, en Ponce. En junio, se le destierra a la metrópoli a cumplir su condena en la cárcel federal de Atlanta, mientras que el Tribunal Supremo “insular” ordena su desaforo. El hombre que nada tenía, perdía así no sólo su libertad, sino también su profesión, su hogar, su familia. Pero su familia no lo dejó sólo. A principios de 1938, Laura puso sus hijos al cuidado de personas de su confianza, para así salir allende los mares para pedir auxilio para liberar a Pedro y a sus compañeros encarcelados.
Los años tras los fríos barrotes en Atlanta comenzaron a minar la salud de Pedro, pero no sus convicciones. Siendo elegible para salir bajo libertad condicional en noviembre de 1941, la rechaza y cumple su sentencia completa hasta el 3 de junio de 1943. A su salida, tenía $10 en el bolsillo y una oferta de transportación a la ciudad de Nueva York, donde tras su llegada tiene que ser hospitalizado con diversos y serios padecimientos. Desde esa delicada condición, Pedro desafió el acecho del FBI y conoció a una gran mujer, llamada Ruth Reynolds. Le escribe a Laura, y pregunta por sus hijos que no había visto crecer. Recibe invitaciones para pedir asilo político en Cuba y México. Pedro las rechaza. Va a volver a Puerto Rico a continuar la lucha, a costa de todo.
Un 13 de diciembre de 1947, Pedro regresa a la patria. Contrario a su gira por América Latina, esta vez el peregrino recibió un gran recibimiento a su llegada. El hombre que había ya sacrificado una década de su vida por sus convicciones, encontró un Puerto Rico distinto a su regreso. Por un lado, vio con sus propios ojos el engrandecimiento en su propia tierra del Gran Cerbero colonial: la Marina de Guerra de los Estados Unidos. Por el otro, vio con esos mismos ojos el engrandecimiento de Muñoz Marín y su Partido Popular Democrático, rumbo a las elecciones de 1948.
Y es en ese año mágico de 1948 que se trazan los caminos que llevan al Vía Crucis de Pedro. En enero, afirmando que “es la hora de la decisión”, condenó la presencia del Gran Cerbero en Vieques, vaticinando que “lo que ha sucedido en Vieques es lo que va a suceder en todo el territorio nacional de Puerto Rico”. Con un lenguaje más fuerte pero una salud cada vez más precaria, rodeado por las sombras que grababan sus discursos, Pedro arreció su campaña contra la presencia militar estadounidense en el País. Laura regresa en abril a su lado para establecerse con sus hijos en el Viejo San Juan. En mayo, el gobierno “insular” bajo el PPD aprueba las “leyes de la mordaza”, inaugurando la era en que una administración colonial en manos puertorriqueñas asume el papel represor.
Así, con la final aprobación de la Ley 600 de 3 de julio de 1950, y por segunda vez tras media centuria de dominio colonial, un puertorriqueño llamado Pedro convocó un ejército de hombres y mujeres para enfrentar la farsa colonial del Estado Libre Asociado.

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