martes, 20 de diciembre de 2011

“...tú eres Pedro...” (IV)

La insurrección nacionalista del 30 de octubre de 1950 es uno de los acontecimientos más extraordinarios y, a la vez, de los que menos se habla en nuestra Historia. Sólo la presencia entre nosotros de Pedro puede explicar la transfiguración del Cordero.
La inminente creación del Estado Libre Asociado y la política pública implantada por quien sería su primer administrador colonial, sirvieron al endurecimiento de las posiciones a favor y en contra de la de la hegemonía político-militar de los Estados Unidos sobre Puerto Rico. Tras el regreso de Pedro, el Partido Nacionalista comenzó a organizarse en alas civil y militar. Colocó en los hombros de su esposa Laura la misión de viajar a Cuba para buscar apoyo internacional que denunciara la farsa colonial. A su vez, Pedro puso sobre sus hombros la responsabilidad postrera de ordenar un levantamiento armado para el mediodía del 30 de octubre.
Al igual que en Lares un siglo antes, la insurrección nacionalista quedó huérfana del factor sorpresa. El alzamiento comenzó en la madrugada del día 30, con manifestaciones armadas en Ponce, Arecibo, Utuado, Mayagüez, Naranjito, Jayuya, San Juan, Santurce y en Washington, DC. Blanca Canales declaró la república en Jayuya. Un comando nacionalista atacó La Fortaleza. Dos solicitudes del primer administrador colonial para el envío de tropas estadounidenses para sofocar la rebelión, fueron rechazadas por la metrópoli; para eso existía el administrador colonial.
El aplastamiento de la rebelión mediante el uso de la “Guardia Nacional” y el bombardeo aéreo de Jayuya, fue seguido por el arresto masivo de nacionalistas e independentistas el 2 de noviembre. Sitiado por la “policía estatal” en su residencia del Viejo San Juan, Pedro fue apresado inconsciente a causa de los gases lacrimógenos. Acusado de 12 cargos de sedición, el testigo principal contra Pedro lo fue el entonces sargento Astol Calero Toledo. Encontrado culpable, fue condenado a no menos de 12 años de presidio. Esta vez y cónsono con la naturaleza y propósitos del ELA, las penas serían purgadas en la colonia.
Aislado en la cárcel y con su familia dispersa en y fuera de Puerto Rico, la salud de Pedro no tardó en decaer. Acusó a las autoridades de estarlo torturando con rayos electrónicos que quemaban su piel. En respuesta, el gobierno colonial comenzó a preparar informes médicos que, tras descartar la tortura, insinuaban que el prisionero mostraba síntomas de enfermedad mental, mientras su salud física se deterioraba. Dijeron que Pedro estaba loco.
Ya para 1953, el gobierno del primer administrador colonial adoptó como versión oficial la locura de Pedro. El Partido Independentista Puertorriqueño de Gilberto Concepción de Gracia reclamó el indulto de los nacionalistas y denunció las imputaciones de locura. Al amparo de esas acusaciones degradantes, en septiembre de 1953 le anunciaron a Pedro que el primer administrador colonial lo había indultado porque, según había determinado el gobierno, estaba loco.
Los anuncios de locura no impidieron que el gobierno mantuviera sus sombras en vigilancia permanente frente a la residencia de Pedro, ni que éste continuara con su lucha libertadora. Al día siguiente de su liberación, ordenó izar nuevamente la bandera puertorriqueña en su residencia. El 1 de marzo de 1954, los nacionalistas Lolita Lebrón Sotomayor, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores Rodríguez y Andrés Figueroa Cordero efectuaron su manifestación armada en el Congreso de los Estados Unidos. Cinco días más tarde, el primer administrador colonial ordenó la revocación del indulto y el arresto de Pedro, quien fue apresado nuevamente inconsciente tras un duelo a tiros con la “policía estatal”.
Los años finales del Presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico lo vieron languidecer en presidio. Su delicado estado de salud obligó a las autoridades a trasladarlo a una habitación-celda en un hospital, el Jueves Santo de marzo de 1956. La fuerte custodia a su alrededor fue puesta bajo el mando del entonces teniente Astol Calero Toledo. Mientras tanto a Laura, exiliada en México tras ser privada de su ciudadanía, se le denegó una visa para entrar a Puerto Rico a atender a su esposo. El deterioro de su salud arreció el reclamo en y fuera de Puerto Rico para que se indultara a Pedro y se le permitiera reunirse con su familia, gestiones que fueron denegadas una y otra vez. No sería sino hasta noviembre de 1964, ante continuas peticiones tanto nacionales como internacionales, que el primer administrador colonial finalmente cedió a la presión e indultó al prisionero de conciencia.
Pero a Pedro ya le quedaba poco espacio para recuperar el tiempo perdido. Su hija Laura regresó a Puerto Rico junto con sus hijas en diciembre de 1964. Su esposa Laura, quien no veía a Pedro desde 1950, pudo regresar finalmente en abril de 1965, gracias a las gestiones del gobierno de Cuba. Sus días finales transcurrieron entre los cuidados de su familia, amistades y seguidores. Habrá quizás entonces recordado sus días de travesuras infantiles en los campos de Tenerías junto a mamá Juliana; el espacio vacío del padre ausente; sus brillantes ejecutorias en el salón de clases; la emoción de viajar para estudiar en los Estados Unidos; el nacimiento de su conciencia nacionalista dentro de las entrañas del monstruo; su casamiento con Laura; el nacimiento de sus hijos; sus luchas y sacrificios por la Patria.
Y fue así como Pedro, el hijo de la jornalera Juliana Campos y del hacendado Alejandro Albizu, el abogado egresado de Harvard, el presidente del Partido Nacionalista, el padre y esposo, y el hombre más grande que dio Puerto Rico durante la centuria hegemónica estadounidense, cesó de caminar entre nosotros un miércoles 21 de abril de 1965. Sus restos reposan en el Viejo San Juan; su ataúd abrazado por la tierra de su ponceño barrio de Tenerías.
Preservada para el gran cerbero la paz sepulcral llamada Estado Libre Asociado, décadas pasarían antes de que otra piedra se interpusiera en el discurrir de la dominación colonial sobre nuestro País.

No hay comentarios: