martes, 20 de diciembre de 2011

“...tú eres Pedro...” (VII)

Con un ejército de hombres y mujeres; anexionistas, independentistas y autonomistas; religiosos y ateos; todos en desobediencia civil y estacionados en tierras viequenses que la Marina de Guerra reclamaba como suyas, la etapa más dura en la lucha por liberar a Puerto Rico del gran cerbero había comenzado. Utilizando una explosiva mezcla de retórica estadounidense y nacionalismo boricua, Pedro había desatado una de las crisis más graves en quinientos años de historia colonial.

Dentro del complejo militar-industrial que medra en los Estados Unidos, la Marina posee amplios poderes que pueden llevarla incluso a desafiar las órdenes del propio presidente. Sin ser un estado federado, ese cuerpo castrense cuenta con senadores que la representan en el Congreso estadounidense, y medios de prensa a cargo de adelantar sus posiciones, hacerle propaganda y realzar su imagen ante la opinión pública nacional. En su lucha por retener a Vieques y a Puerto Rico, este gran cerbero no dejaría piedra que no intentara remover.

En los meses finales de 1999, una gran batalla se desató en distintos medios informativos que contendían a favor y en contra de la existencia del campo de entrenamiento en Vieques. Los medios de prensa de la Marina afirmaban que ésta era lo mejor que pudo pasarle a la Isla Nena. Se afirmó incluso que la Marina era una víctima que había mantenido limpios sus terrenos en Vieques, mientras que los puertorriqueños habían convertido al resto de Puerto Rico en un basurero. La Marina y sus aliados sostenían que entregar a Vieques era permitir que la Isla Nena se convirtiera en un basurero como el resto de Puerto Rico. Alegaron además que todo lo que había que hacer era darle más dinero a los puertorriqueños para que éstos accedieran a seguir siendo bombardeados.

Desde las playas viequenses, Rubén Berríos Martínez le respondió a los Estados Unidos y al resto del planeta que la presente lucha era una entre nacionalidades que se había originado en 1898. Por su parte, Pedro advirtió desde La Fortaleza que la administración colonial usaría la desobediencia civil para sacar a la Marina de Vieques. Un esfuerzo dirigido desde la propia Casa Blanca estadounidense para persuadir a Pedro a que aceptase el uso de balas vivas fracasó. Pedro respondió con su propia artillería: más desobediencia civil si las prácticas de guerra continuaban.

Para diciembre de 1999, la prensa en los Estados Unidos reportaba un creciente sentimiento anti-estadounidense en Puerto Rico. Mientras tanto, los almirantes insistían en dar a los puertorriqueños sólo dos opciones: o más dinero para que accedieran a las prácticas, o cerrar la base Roosevelt Roads. Los militares estadounidenses proclamaron que Vieques era “la joya de la corona” de su sistema de entrenamiento bélico. Pero Pedro no cedía en su exigencia de garantías de la salida de la Marina, mientras en los estamentos militares de los Estados Unidos empezaba a cundir el temor de que Vieques se convirtiese en un precedente para la remoción de otras bases militares en el mundo.

En enero de 2000, el influyente diario The New York Times reconoció que los puertorriqueños estaban unidos como nunca antes en su historia. Opinó también que un proyecto congresional presentado para el cierre de la base naval de Roosevelt Roads estaba dirigido a herir la economía puertorriqueña. Por último, el Times informó que los desobedientes civiles en Vieques encomiaban la firmeza de Pedro en su enfrentamiento contra la Marina. El Pentágono, por su parte, acudió en auxilio de la Marina, asegurando que si se satisfacían las inquietudes ambientales y monetarias de los viequenses, ellos aceptarían los ejercicios con municiones vivas. En lo que marcaba un rompimiento irreparable, la Marina comenzó a conspirar contra la autoridad de Pedro como administrador colonial, afirmando que eran los viequenses quienes tenían que decidir sobre su presencia en la Isla Nena.

Ante una situación cada vez más confrontacional entre la institución bélica más poderosa del planeta y un administrador colonial de un centenario territorio no incorporado, entre los días 26 y 31 de enero de 2000 se produjeron una serie de todavía misteriosos eventos que desembocaron en lo que se conocerían como las directrices presidenciales del presidente Clinton, y la aceptación de las mismas por Pedro. En otro suceso sin precedentes en la centuria hegemónica estadounidense, el presidente Clinton se dirigió en un mensaje al Pueblo puertorriqueño, solicitando su aceptación del llamado pacto Clinton-Rosselló. La Marina tendría que irse de Vieques tras un período de entrenamiento con municiones inertes y la celebración de una elección especial entre los viequenses. Se afirmó que en 102 años de coloniaje, ningún presidente se había sentado con el liderato puertorriqueño para intentar resolver la situación colonial.

En febrero de 2000, mientras más de 80,000 puertorriqueños marchaban contra la reanudación de las prácticas militares aunque fuese con municiones inertes, los congresistas de la Marina expresaban sus esperanzas de que “una nueva generación de líderes” llegara al poder en Puerto Rico para entonces negociar. En mayo de 2000 y por vez primera tras décadas de complicidad colonial de las autoridades “insulares” y luego “estatales”, agentes del gobierno federal de los Estados Unidos efectuaron ellos mismos el arresto y remoción de los desobedientes civiles.

A pesar de los intentos de la nueva administradora colonial por lograr un acuerdo con la Marina, las fuerzas desatadas por Pedro en desobediencia civil hicieron fracasar esa tentativa. Finalmente el 14 de junio de 2001 y ante una situación cada vez más volátil, el presidente estadounidense George Walker Bush anunció desde Suecia la salida de la Marina para el año 2003. El Pueblo de Puerto Rico había triunfado.

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